En estos tiempos que corren, veo cómo crece en la sociedad un escalofriante grado de desconocimiento sobre el sistema republicano en que vivimos, donde la ley y el orden deberían ser las que rigen nuestra convivencia, al igual que crece el nivel de individualismo, con una aguda indiferencia a cualquier concepto colectivo propio de una comunidad. Detecto una suerte de barbarie moderna que crece por sobre la civilización amenazando con cada vez más intolerancia, más caos y más violencia. ¿Qué futuro le espera a nuestra sociedad?

Las sociedades occidentales, y sus comunidades, viven y se desarrollan según sistemas republicanos que ordenan la convivencia de los individuos a través de derechos y obligaciones establecidos por leyes, ordenanzas y decretos según un régimen natural de méritos y libertades. Dicho de otra forma, la vida occidental está definida por su respeto a la ley y al orden, sobre el cual se funda toda la protección de la integridad y del desarrollo de sus individuos, garantizando sus libertades y obligando sus deberes.

Si bien este sistema asegura a sus individuos poder vivir y crecer en paz y con justicia, desde hace un buen tiempo a esta parte, detecto un preocupante crecimiento del irrespeto por las autoridades y por las normas de convivencia, acompañado por una rígida pero arbitraria intolerancia, los cuales promueven cada vez más desorden, más caos, y más violencia.

¿Qué pasa?

Con la excusa de que el sistema no funciona, y sin ningún interés por hacerlo funcionar, en nombre de sus derechos, y olvidando sus obligaciones, cada vez más gente cree que puede hacer lo que quiere y elige hacerlo sin contemplaciones de ningún tipo. Esto se puede apreciar a la hora de respetar el semáforo de la esquina, la autoridad de una institución, o la decisión de la justicia.

Sin lugar a dudas, la pandemia desnudó aún más este problema, alcanzando toda su dimensión, así en el incumplimiento de los protocolos, como en la organización de las fiestas clandestinas. Pero esta conducta social no tiene límites, ya que se la detecta tanto en la calle como en las redes sociales, atentando contra cualquier tipo de norma de convivencia o precepto moral.

Lo cierto es que, de la mano de innumerables y variadas excusas, crece la cantidad de gente convencida de que es su derecho desconocer las leyes y hacer lo que se le da la gana, sin ningún tipo de respeto o consideración por nadie o por nada. Esto promueve un desorden, un caos y una violencia de impredecibles dimensiones, tanto que muchos ya validan desde el insulto hasta el linchamiento y el escrache, absolutamente indiferentes a la verdad y a la justicia.

Tal es asi que a la "justicia por mano propia" siempre algo lo justifica. Aquellos linchamientos del lejano oeste americano se ven aggiornados por energúmenos digitales que, desde el sofá de su casa, lideran o acompañan escraches virtuales que pueden terminar con la vida de los sospechados, indiferentes a que la civilización occidental, en sus constituciones, afirma que todos somos inocentes hasta que se demuestra que somos culpables.

Del mismo modo, al "sálvese quien pueda" también lo justifica cualquier cosa, y los intereses particulares siempre están "legítimados" por la intolerancia, por arriba de cualquier interés colectivo.

¿Porqué pasa?

Sin lugar a dudas, la sociedad viene sufriendo un proceso por el cual se le ha instalado la incertidumbre, y ésto, sumado a una educación deficiente, ha profundizado su ignorancia. A partir de este proceso, la sociedad, gracias a un intenso bombardeo de "verdades", perdió de vista la verdad real, y, gracias a una baja profunda en la incorporación de conocimientos, comenzó a desconocer la realidad en toda su dimensión, perdiendo de vista tanto su origen como sus consecuencias.

Al mismo tiempo, en esta misma sociedad, se han promovido los derechos y no las obligaciones, lo que llevó a un desmoronamiento del sistema de méritos, o meritocracia, instalando garantías en exceso que causan el inevitable colapso del nuevo estado de derecho. Dicho de otra forma, el relato de los derechos se enfrentó con la realidad de que un sistema de solo derechos es impracticable.

De este modo, el miedo propio del desconocimiento, sumado al empoderamiento frustrado, obliga a cada uno ocuparse solo de lo propio, e instala un ánimo recalentado de impotencia e intolerancia donde cualquier excusa sirve para detonar explosiones de una furia visceral que no reconoce verdades o justicias. Como que no saben qué hacer, ni qué va a pasar, y eso los frustra de tal manera que embisten enojados contra lo primero que se les presenta, sin mirar cómo, ni dónde.

¿Para qué pasa?

Personalmente, no creo en casualidades, ni en un bigbang de necia estupidez, sino que estoy convencido de que todo esto obedece a estrategias políticas intencionales que apuntaron, y están logrando, destruir el conocimiento y la certeza, bases fundamentales de la ley y el orden y cuya ausencia alienta el caos.

Medio siglo de políticas educativas obsoletas, las cuales deseducaron a las últimas generaciones, no pueden ser casuales, así como tampoco lo puede ser la política de las mil verdades, por la cual todos tenemos nuestra verdad particular y perdemos de vista la verdadera verdad, ni puede ser casual la exagerada política de derechos a discreción, ni aquella que promueve la destrucción de la meritocracia.

No puede ser casualidad que todo apunte a la destrucción de la República y de la Democracia en las formas adoptadas por la Nación argentina, sino que todo apunta al sometimiento de la sociedad al poder político.

¿Cuál es el peligro?

La proliferación de esta forma de pensar y actuar en las últimas generaciones hace que crezca exponencialmente su proporción dentro de la sociedad, y que alcance, en el corto o mediano plazo, la clase dirigente, contaminando, así, toda la realidad social, económica y cultural del país.

De permitir esto, estaríamos frente a un apocalipsis, donde la barbarie dominaría toda la sociedad, y esta se encontraría en un punto de difícil retorno, sin generaciones preparadas intelectual o emocionalmente para recuperar el rumbo de la civilización.

¿Cuál sería la salida?

En honor a la verdad, no se me ocurren muchas, pero un buen intento podría ser convocar a las fuerzas políticas que no son cómplices de este proceso, si queda alguna, y a la sociedad civil con ganas de hacer algo, si hubiera, y abordar seriamente el tema, para, si da, trazar estrategias de acción y concientización que apunten a revertir la tendencia actual.

Norman Robson para Gualeguay21