Si bien en algún momento la excusa fue un último recurso para superar un aprieto, hoy, es una mala costumbre, o vicio, al que recurrimos, constantemente, para eludir o desconocer la realidad que nos tocó en suerte. Hoy es una justificación de lo injustificable, es una falsa razón que manoteamos para incumplir con algún deber, o para no hacernos cargo de lo que nos toca. 

Lamentablemente, a lo largo de una jornada normal, cualquiera de nosotros acostumbra a esgrimir un sinnúmero escalofriante de excusas para justificar el hacer o no hacer alguna cosa. Excusas tanto para el si como para el no.

Esta versión de la mentira está tan naturalizada en nosotros que, sea cual sea la situación, nos surge como algo tan reflejo como convincente, prueba de nuestra sorprendente capacidad creativa.

Ya de chicos nos iniciamos en esto de la excusa, surgiendo la primera, instintiva y visceral, cuando nos hacemos pis encima. Incapaces de contener esa necesidad, ya entonces nos alientan a la exvusa: "Fue sin querer", o "fue un accidente", nos dicen, encubriendo el descuido. 

De ahí en más, la excusa se fue convirtiendo en una fea costumbre, presente en la escuela, a la hora del examen, o del faltazo, con argumentos que van desde el dolor de panza hasta la repentina muerte de la abuelita.

La excusa también está presente en la cancha, a la hora de no dar un pase, o de errarle al arco, o en la tribuna, a la hora de justificar la derrota en el clásico. A la hora de enfrentar la balanza y el indisimulable exceso de kilos, la excusa aflora convincente, al igual que al entrarle a un plato más, o al clavarnos otra cerveza.

Siempre presta y elocuente, la excusa aparece a la hora de llegar tarde, de no tener plata, o de no poder pagar las deudas, al igual que surge para no hacer la cama, no limpiar, cocinar o planchar.

También surge para evitar un cola en un banco, no pagar los impuestos, pedir un descuento, o ahorrarnos algún gasto. Ni hablar en las relaciones amorosas, donde dominan la escena desde un principio hasta el final, justificando ausencias, olvidos, escapadas, o mermas en el rendimiento. 

En definitiva, somos grandes artistas de la excusa, tan convincentes como inescrupulosos, ya que no dudamos en jurar en vano, o en recurrir a las lágrimas si es necesario.

Tal es la adopción de esta costumbre que, aquellos que mejor logran desarrollar esta extraordinaria capacidad creativa son los políticos, no solo para justificar sus fantásticos atropellos, sino para lograr que sus seguidores, nosotros, adoptemos esas excusas y las hagamos propias.

Tan naturalizado tenemos todo esto que se me hace muy difícil imaginar una Argentina sin excusas.

Norman Robson para Gualeguay21