Por estos días es muy común ver y escuchar como se recuerda, en honor a la memoria, a la verdad y a la justicia, a las víctimas del terrorismo de estado que sufrió el país entre 1976 y 1983, como si nuestra historia de violencia e injusticia se limitara a aquellos pocos años. ¡Cuanta perversión encierra todo esto! La historia del terrorismo de estado en la Argentina nació junto al país, como herramienta de dominio político, y aun sobrevive en la actualidad.

El terrorismo de estado es un recurso del gobierno de turno para someter y dominar a la ciudadanía con el fin de concentrar y perpetuar su poder. Así ha sido siempre, y, para ello, ha explotado múltiples recursos y ha aplicado múltiples estrategias, sin piedad o escrúpulo alguno. Así como nos dominaron antes imponiendo el terror con muerte, hoy nos dominan imponiendo el terror con pobreza, ignorancia e injusticia. Hoy solo cambiaron las estrategias y los recursos, ante la mirada hipócrita de las organizaciones de derechos humanos y todos sus paladines.

 

Foto: La Mazorca, 1829 - 1852

En este país, mientras los relatos se enfrentan en una patética puja politizada desprovista de cualquier rigor histórico, la memoria se ha vuelto selectiva, la verdad solo es la versión conveniente, y la justicia es un mero cuento de terror. La historia documentada, esa que es la más cercana a la verdad, demuestra que el terrorismo de estado, en este país, nació poco después de 1810. Lo practicaron Rosas, y lo perfeccionaron las nefastas dictaduras entre 1955 y 1983.

Pero, en esta bendita democracia, el concepto de dominación cambió y la violencia se puso guantes blancos. El dominio dejó de ser en base a una violencia de sangre y fuego, para convertirse en un dominio de las voluntades fundado en la violencia económica de la exclusión.

Foto: La Patagonia trágica, 1920 - 1921

Hagamos un poco de memoria

Consolidada la Revolución de Mayo, en la primera mitad del siglo XIX, La Mazorca fue la primera organización terrorista del Estado, utilizada por Juan Manuel de Rosas como herramienta de dominio durante su gobierno. Estas milicias clandestinas asesinaron tanto a opositores como a todo aquel que fuera incómodo para El Restaurador.

Actuación similar fue la de la Liga Patriótica en tiempos de Yrigoyen, cuyo desempeño más conocido fue la represión de los trabajadores en la Patagonia. Historia que fue rescatada por Osvaldo Bayer y fielmente descrita en la película "La Patagonia rebelde", donde la oligarquía terrateniente y el poder político se asociaron para reprimir a los obreros sublevados en Santa Cruz. Cientos de trabajadores muertos fue el saldo real de aquella represión.

Foto: La Triple A, 1973 - 1976

Un par de décadas más tarde, durante la época de Juan Domingo Perón, las cosas tampoco fueron diferentes, y fueron parte de distintas organizaciones represivas los sindicatos asociados con las fuerzas de seguridad. Tan es así que , en su último mandato, entre 1973 y 1976, terminado por Isabelita luego de la muerte de Perón, operó la Alianza Anticomunista Argentina, conocida como Triple A, creada por el sindicalismo, la Policía Federal y las Fuerzas Armadas. En ese entonces, la Triple A asesinó a artistas, religiosos, intelectuales, políticos de izquierda, estudiantes, historiadores y sindicalistas.

Por último, para terminar con aquella época de terror, el pueblo, desesperado, recurrió, nuevamente a pesar de las experiencias anteriores, a los militares, en busca de paz y orden. Lamentablemente, fueron años de exagerada y sistemática represión en una sociedad que contaba con cuadros subversivos armados e instruidos en la guerra de guerrillas. Todo esto resultó en miles de víctimas de uno u otro lado.

Foto: El Proceso, 1976 - 1983

Como podemos ver, la memoria, la verdad y la justicia no deben circunscribirse a unos pocos años, sino a toda una historia. Solo de 1955 a 1983, el terrorismo de estado dejó un reguero de sangre de activistas argentinos a ambos lados del conflicto, y en el medio cientos de inocentes.

El nuevo terrorismo de estado

Ahora bien, si bien vivimos en democracia desde hace 37 años, el terrorismo de estado en favor del dominio político y la perpetuación de sus referentes sigue tan vigente como entonces. Hoy se impuso otra forma de dominio, tan violento como los otros: el terror de la exclusión y las grietas resultantes, el cual, tal vez, no provoque la muerte cruel y sangrienta de aquellos tiempos, pero sí la muerte por hambre, por drogas, por inseguridad, por negligencia, por ausencia sistemática del estado.

El fomento de la pobreza, la promoción de la ignorancia y el imperio de la injusticia, popularizando la exclusión, masificando la vulnerabilidad y profundizando las grietas, responden, indiscutiblemente, a estrategias políticas propias de un renovado y modernizado terrorismo de estado. Un dominio solapado de guantes blancos que, desde hace décadas, gracias a las crecientes pobreza, ignorancia e injusticia, somete a los individuos manipulando sus necesidades más básicas, para pervertirles su moral y degradarles su dignidad, y, así, poder aprovecharse de sus voluntades.

Foto: Flagelos argentinos, 2020

No son casuales la pérdida de valores, los indices de pobreza, la degradación de la familia, la desinstitucionalización de la sociedad, el fracaso educativo, la extinción de la cultura del trabajo, la condena a la meritocracia, la dimensión del gasto público, la propagación de las adicciones, la inseguridad, los desastres económicos, la corrupción general, la proliferación de fundamentalismos minoritarios, etcétera, etcétera. Nada de todo esto puede ser casual en uno de los países más ricos del mundo en términos de recursos y patrimonios.

¿Cómo puede ser que la salida más exitosa de progreso para nuestra juventud sea alistarse en algún movimiento político...?

Todo esto pasa ante los ojos de una sociedad abúlica, cansada, defraudada, sola y abandonada por instituciones que ya no están comprometidas con ella, sino que son serviles a este terrorismo de estado, como las de algunos sindicatos, las de los derechos humanos, las organizaciones sociales, y algunas otras minorías.

Este terrorismo de estado tal vez no degüelle como La Mazorca, tal vez no fusile como la Liga Patriótica, tal vez no ponga bombas como la Triple A, y tal vez no desaparezca gente como el Proceso de Reorganización Nacional, pero si mata de una forma tan bárbara e impiadosa como aquellas, a la vez que compromete nuestro futuro inutilizando las nuevas generaciones.

Desafortunadamente, toda esta manipulación inescrupulosa de las voluntades del pueblo no sería tan grave si hubiera algún tipo de resistencia, pero las estrategias aplicadas han sabido neutralizar cualquier reacción naturalizando la pobreza, la ignorancia y la injusticia... y la corrupción, la droga, la inseguridad, los divorcios, el irrespeto, el caos, etcétera. Ya no hay resistencia y la sociedad está entregada, cada día más obediente, a este moderno terrorismo de estado.

Nota del autor: Tal vez, al leerlo, algunos rechacen la visión expuesta, pero la pregunta es si la rechazarán quienes la lean dentro de 50 años.

Norman Robson para Gualeguay21