Miro la realidad y recuerdo que todavía quedan casi 3 años de gobierno, que nos asola una pandemia sin precedentes, y que, encima, la catástrofe económica es inminente. Entonces miro hacia arriba, hacia el Olimpo, y veo la tibieza de los políticos, a ambos lados de la calle, y qué se yo. Siento como que viven una realidad que no es la que yo veo, como que, tampoco, les interesa mucho ver lo que yo veo, y, en esto, no veo diferencias entre la vieja y la nueva política. Claro está que me preocupa esta última, ya que la otra nunca me inspiró esperanza alguna.

Sin lugar a dudas, gobernar no es fácil, y, definitivamente, en nuestro olimpo político no hay casi nadie preparado para hacerlo, ya que, en este país, nunca fue una condición querer gobernar para acceder al poder, ni, mucho menos, lo fue saber hacerlo. Es más, muchos, en las dos veredas, ni siquiera saben lo que significa gobernar.

Gobernar no es hacer obra pública, ni es tener toda la ciudad limpia y con flores, ni lo es lograr recursos de un gobierno superior. No, gobernar no es eso. Eso es zafar para seguir gobernando. Gobernar es ordenar, administrar y desarrollar el territorio de acuerdo a un proyecto de ciudad que beneficie a todos los vecinos. Vale un dato: desde 1995 para acá, no recuerdo algún intendente de Gualeguay que haya tenido un proyecto de ciudad, sino que todos buscaron siempre la forma de zafar para ser reelectos, o para ir de legislador, o para acomodarse de alguna manera. Ídem a nivel provincial y nacional. Así estamos.

Lamentablemente, esa es la clase política que tenemos, que los argentinos creímos que cambiaría mágicamente cuando votamos por el cambio, y fue más de lo mismo: Las mismas miserias de siempre.

Cabe recordar que en la historia política inmediata de este país siempre lucraron, y con creces, tanto oficialistas como opositores, sin distinción de color político. Esto pareció cambiar en 2015, con la llegada de una nueva política compuesta por referentes de la sociedad ajenos al pasado político. Pero en 2019 la respuesta del pueblo fue contundente: habían fracasado, y volvimos al pasado. Los pocos sobrevivientes apenas fueron una excepción a la regla.

Pasó que esta nueva casta era apenas una minoría embebida en agua bendita pero absolutamente ignorante en cuestiones políticas, mientras que sus propios compañeros de frente eran de la vieja política, más afectos a la oposición que a ser titulares. Claro está que esta convivencia no resultó, y sigue sin resultar, ya que el agua, bendita o no, no se mezcla con el aceite.

Conforme pasaron los años, pareciera que esa agua bendita se fue enturbiando de incompetencia e ignorancia, y debieron disimularla con soberbia, olvidando que en la vieja política, adentro y afuera, había doctorados en la cuestión con una gran ventaja a favor: la experiencia, gente que dedicó su vida a prepararse para vivir de la política llevándose por encima al Estado, y los nuevos políticos se creyeron, y todavía creen, que solo porque tienen moral, y escrúpulos, y son los buenos, pueden llevarse a la vieja política por encima. ¡Necios ilusos! ¡Cuán equivocados están!

Ahora bien, todo esto se agrava aún más en el marco de una crisis sanitaria y económica global donde la capacidad de gobierno es de vital importancia para salir lo menos dañados posible. Gobernar esto, y sin la caja de siempre, es un desafío que les queda demasiado grande a los dioses de nuestro olimpo.

Frente a esta situación, los gobiernos, sin distinción alguna, en lugar de tomar el toro por las astas y salir a la arena pública sumando el consenso popular, y alineando a la sociedad detrás de los objetivos tan necesarios, prefieren encerrarse en sí mismos, y, lo que es peor, deslindan su responsabilidad de gobernar en el individuo. El invento de la "responsabilidad individual", para lavarse las manos, es una clara señal de esto.

Pero lo más grave que veo está en los gobiernos otrora del cambio, en su futuro, tanto gobernando como lidiando con sus luchas internas. Estos preocupan porque aún son depositarios de la poca esperanza de cambiar toda esta realidad. Estos, autoconvecidos de que ser los buenos les alcanza y sobra para conquistar el futuro, desprecian la política, olvidando que, también, es necesario parecer, mientras que los otros, propios y ajenos, son simuladores profesionales especialistas en la materia.

Esa necia tibieza, tan irreverente como irresponsable, le falta el respeto al voto en ellos depositado, a quienes en ellos confiaron. Eso preocupa, y asusta, y, de a ratos, indigna. Es que todos sabemos, y la historia inmediata así nos lo demuestra, que, en política, "ser" nunca alcanzó, y que siempre triunfó el "parecer", así como nos demuestra que la tibieza nunca fue una buena opción frente a los problemas.

Insisto. Miro la realidad y recuerdo que todavía quedan casi 3 años de gobierno, que nos asola una pandemia sin precedentes, y que, encima, la catástrofe económica es inminente. Entonces miro hacia arriba, hacia el Olimpo político, y un escalofrío recorre mi espalda. Miro a los dioses del cambio y se me hace un nudo en la garganta. Ni siquiera sabemos quiénes llegaremos vivos al final de este gobierno y ellos, indiferentes, indolentes, ni siquiera defienden lo poco que nos queda. ¡Tibios y necios!

Aunque ellos, allá arriba, no lo crean, el pueblo, acá abajo, los observa. Ese pueblo que "no sabe votar" busca algo en ellos: respeto y esperanza. Y cuando no se la dan vota a los otros. Ojalá pudieran darse cuenta. Ojalá les interesara.

Norman Robson para Gualeguay21