En estos tiempos de segunda ola de pandemia, la sociedad mira impotente y desesperada la realidad, y, con incertidumbre y terror, mira el futuro. La escena me hace acordar a esas situaciones límites de aquella serie cómica mejicana de los 70s donde, en una situación extrema, las víctimas de alguna injusticia se preguntaban: "¿y ahora quien podrá salvarnos?", y aparecía, como del cielo, el Chapulín Colorado y su poderoso súper martillo. Entonces me pregunto qué haría este poderoso chiquitín en esta situación.

En esta disyuntiva entre cerrar todo y morirnos de hambre, o dejar todo abierto y morirnos por el virus, vuelvo a recordar, por enésima vez, el concepto de superpoderoso agente ordenador que podría salvarnos. No un agente que nos ordene a sangre y fuego, pero sí uno que imponga orden con el debido rigor contemplado en el marco de derecho de este sistema republicano bajo el cual, teóricamente, vivimos.

Imagino al Chapulín llegando y respondiéndonos, con su simpleza de costumbre, que la solución estaba en nosotros mismos, ya que no hay otra salida a nuestra situación que no sea por un ordenamiento estricto de nuestra convivencia, por el cual podamos andar sueltos sin contagiarnos. Una libertad en la cual debamos cumplir, estrictamente, con todos los protocolos del caso.

Imagino que el Chapulín nos señalaría que la única forma de poder producir normalmente sin encerrarnos es practicando, responsablemente, todas las actividades, para lo cual es necesario un agente ordenador que acompañe la transformación de las mismas según el marco de seguridad adecuado, y asegure que el nuevo orden se aplique correctamente, de modo de que la nueva normalidad no potencie la propagación del virus.

Por último, imagino a las desconsoladas víctimas de esta situación preguntándole al Chapulín dónde podrían conseguir uno de esos agentes ordenadores que los salven de esa situación, e imagino al Chapulín, más colorado aun por la vergüenza ajena, señalándoles que ya tienen ese agente, que ya lo eligieron, y que, incluso le pagan por ordenar.

Imagino el silencio del momento, y a las dubitativas almas tratando de entender los conceptos del Chapulín, hasta que uno, en voz alta, se preguntó: "¿Y la responsabilidad individual?". Imagino al pobre Chapulín haciendo silencio, encogido de hombros por la impotencia. ¿Cómo decirles que eso es un pretexto del propio Estado para no cumplir con sus deberes...?

Norman Robson para Gualeguay21