A casi 15 meses del comienzo de la pandemia, aún impera la incertidumbre, y, quienes hemos tenido la responsabilidad de comunicar, no solo no podemos ser indiferentes a esto, sino que debemos reconocer nuesto fracaso. En todo este tiempo, a pesar de que se nos reconoció como fundamentales en la superación de esta crisis sin precedentes, no hemos podido saciar la desesperada demanda de conocimiento, ni nos hemos atrevido a enfrentar al Estado en sus desatinos.

"La información es una herramienta vital para que las personas adopten las medidas de prevención existentes para protegerse y salvar vidas", afirmaron desde la Organización Panamericana de la Salud en abril del año pasado, y agregaron: "en ese contexto, los medios de comunicación tienen un papel esencial a la hora de informar sobre la COVID-19, con responsabilidad ética ya que las personas probablemente escucharán sus consejos". Hoy, a más de un año de aquello, seguimos en deuda.

Es fácil echarle la culpa a la gente, así como hacen tan hábilmente los políticos, pero yo no puedo. Creo que la culpa es nuestra. Creo que hablamos todo el día de covid, creo que hemos ocupado todo el ancho de la pantalla, del tabloide o de la banda con covid, pero, a la vista está, no hemos generado conocimiento en nuestras audiencias, ya que la incertidumbre es la misma que el primer día.

Creo que la gente ya no nos escucha, que ya no nos cree, y creo que eso es culpa nuestra. Creo que, estúpidamente, nos dejamos embarrar por la política, y permitimos que hoy la gente nos divida entre oficialistas y opositores, vinculando todo lo que informamos con algún interés político. Perdimos nuestra independencia, y, ni siquiera, nos creen libres.

Creo que el rol de ser los que sabemos, y de proceder en consecuencia, nos quedó demasiado grande. Creo que no hemos sabido qué hacer con todo lo que sabemos, o hemos priorizado otros intereses, y, por eso, aún impera la incertidumbre. Creo que no supimos, o no nos interesó, interpretar, menos satisfacer, a una audiencia sumida en la desesperacion

¡Pensar que alguna vez fuimos el cuarto poder que terciaba en la compleja agenda política de nuestros gobiernos! Y ahora, ni siquiera podemos instalar la consciencia de que compartir el mate en juntadas es un suicidio, o que obligar a trabajar a alguien que puede estar contagiado es un delito, así como lo es que los funcionarios estatales no impongan el cumplimiento de las leyes. Tan impotentes somos que, en nuestras propias narices, convencieron a la sociedad de que la pandemia se agrava por culpa de la gente, y no por la ausencia del estado en la protección sanitaria.

Me asusta la necia estupidez colectiva, pero lo que me aterroriza y desvela es el imperio de muchas verdades para esconder las mentiras, y la impotencia de no poder hacer nada, porque este honorable oficio de informar perdió el poder que le confería la credibilidad de la gente, esa responsabilidad que lo jerarquizaba y distinguía.

Norman Robson para Gualeguay21