Es lo único que el hombre, a pesar de su ciencia, no puede impedir que lo condicione, o que lo limite. Es el único recurso que nadie puede comprar, ni robar, y, lo peor, es que nadie tiene la menor idea de cuánto tiene, aunque de él depende la vida. Sin embargo, nadie lo valora, ni lo defiende, y, casi siempre, lo termina perdiendo. Solo alcanzan a reconocer esto quienes perciben que se les está acabando. Sin lugar a dudas, es lo más valioso que tiene el hombre en su paso por este mundo.

Tan es así que el hombre ha plasmado la fantasía de controlar este recurso en novelas y películas de ciencia ficción, pero, en el mundo real, eso sigue siendo una ilusión. Más allá de esto, lo traumático para la sociedad no es no poder controlarlo, sino que el hombre no toma consciencia sobre la importancia de este bien, ni lo respeta, ni, mucho menos,  hace un buen uso del mismo.

Se trata del tiempo, aquello que pauta nuestra vida de infinitas maneras: el tiempo de vida, que significa la oportunidad de vivir; el de trabajo, la oportunidad de progresar; el de familia, la oportunidad de cumplir nuestra misión natural; el de amar, la oportunidad de satisfacer nuestros afectos; el que tardamos en alcanzar una meta, la oportunidad del éxito. A la vista está que todo tiempo encierra una oportunidad, y cada oportunidad es un derecho para los hombres. 

Ese tiempo, tan incierto como insuficiente, es nuestro recurso más valioso, a partir del cual tenemos la oportunidad de construir una vida y, más que nada, un legado para nuestros hijos, para la posteridad. Ese es el derecho supremo de todo hombre o mujer en este mundo, el derecho a la oportunidad, sin perjuicio de lo que disponga el destino. De este se desprenden el derecho a la vida, a la salud, al trabajo, etcétera. Quien nos mata, nos roba la vida, quien nos quita tiempo, nos roba un pedacito de vida.

Ahora bien, cada individuo puede hacer el mejor uso de su tiempo, pero, al vivir en comunidad, ese tiempo siempre dependerá de aspectos comunes compartidos con el resto de los individuos, y esos aspectos comunes son siempre regidos por una autoridad superior llamada gobierno, quien tiene el deber de garantizar que esos aspectos no atenten contra los tiempos particulares de los individuos.

Dicho de otra manera, el Estado es el responsable de asegurarle a los individuos la oportunidad de lograr un óptimo aprovechamiento del tiempo disponible. Si los individuos no pueden hacer lo que sea que querían hacer, deberá ser por su propia incompetencia o impotencia, y no por desidia del Estado.

Lamentablemente, un político difícilmente conciba todo esto, ya que no vive de sí mismo, sino del trabajo de los otros, y, eso a la vista está en la historia de nuestro país. Pero esto quedó aún más al desnudo a la hora de tomar las medidas contra la pandemia, cuando a ningún político le importó, de manera alguna, el tiempo de la gente. Los políticos, hipócritamente, dijeron poner nuestra vida por sobre todo lo demás, pero, sin darnos cuenta, hoy ya nos robaron mucho tiempo, tiempo de vida, pedacitos de vida, a la vez que, también, nos robaron vidas completas. Lo peor es que los individuos aún no se dan cuenta de estos robos.

Norman Robson para Gualeguay21