De eso damos fe quienes llevamos adelante parte de nuestra tarea en pasillos públicos, incomodando a quienes ostentan algún cargo político. Hemos descubierto que la intolerancia no es exclusiva de un sector político, sino que es una miseria común entre quienes rechazan lo distinto o aquello que les es antipático, y que eso es fruto de falencias propias de quienes la profesan.

Se trata de un vicio histórico de la política argentina, que puede ser resultado de la falta de capacidad, de compromiso, o de conocimiento, todas carencias que afectan y dañan el desempeño de cualquier cargo con responsabilidad pública, desvalorizando la calidad política de toda una gestión de gobierno.

Es un defecto con extremos en ambas veredas de la política vernácula, que se manifiesta y se ha manifestado, en el peor de los casos, con la represión física o económica de quienes osan opinar distinto, y, en el mejor, solo con el retiro del saludo, la cara fea, o la difamación.

Pero, de una u otra manera, la esencia de intolerancia es la misma, y se resume al desprecio por el otro, algo que no es exclusivo de ningún sector político, sino que se comparte en todo el espectro y se ha apreciado, con mucha frecuencia, en todos los funcionariados.

Frente a estas miserias de nuestra política, sueño con que llegue el día en que este vicio o defecto sea excluyente a la hora de acceder a cualquier cargo público, sea cual sea, y que quienes finalmente accedan califiquen para el mismo en toda la dimensión del mérito. Solo así tendremos la calidad política, y administrativa de la cosa pública, que nos permitirá cambiar las cosas y salir de este poso. 

Norman Robson para Gualeguay21