En el siglo XIX, la Argentina era el líder mundial en educación, imitada por los países que hoy son del primer mundo, a la vez que, por su producción de alimentos, era considerada el granero del mundo. Tan es así que, en 1910, la Enciclopedia Británica decía que la Argentina estaba llamada a "rivalizar" con los Estados Unidos "por la riqueza y extensión de su suelo, como por la actividad de sus habitantes, y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible". Pero hoy, de aquello nada queda. ¿Qué pasó?

A principios del siglo pasado, a pesar de los 70 años de guerras civiles, y de otros tantos años de corrupción, que había sufrido una de ellas, una comparación entre las dos naciones gigantes de América era posible. Éstas eran los Estados Unidos, en el norte, y, en el sur, la Argentina, ya que Brasil solo era selva y playas. Yankies y criollos se perfilaban como potencias en un mundo que recién enfrentaría la primera de las grandes guerras.

Desde aquellos días, los norteamericanos, a pesar de la crisis del 30, de las guerras mundiales, de Vietnam, y de la Guerra Fría, pusieron un pie en la luna, y con su dolar colonizaron gran parte del mundo. Desde aquellos días, los argentinos, no solo no hicimos nada, sino que dejamos de ser el granero del mundo, dejamos de ser educadores ejemplares, y nos entretuvimos en ridículas dicotomías: conservadores y anarquistas, peronistas y antiperonistas, zurdos y capitalistas, fachos y oligarcas, kirchneristas y antikirchneristas.

En el gigante del norte también hubo y hay diferencias, pero son genuinas, y se circunscriben al ámbito donde deben resolverse, ya que no permiten que se interpongan con su progreso, mientras que, por acá, las diferencias, si no las hay, las inventamos, y han sido por siglos la excusa ideal para no hacer lo que se debe hacer. Después, consumidas las consecuencias, las culpas siempre fueron,  son y serán, ajenas.

Una vez, le expliqué esto a un amigo con una hipótesis sobre nuestras vidas. Le dije que imaginara que, cuando teníamos 18 años, los dos éramos hijos de un trabajador ferroviario y de una madre ama de casa. Que los dos habíamos ido a la misma escuela, donde éramos compañeros de banco, y nos habíamos recibido el mismo año con promedios parecidos. Y que hoy, después de 50 años, uno era un magnate de la industria de hacer pirulos, lider en el mercado local, exportando a todo el mundo, con una facturación millonaria, y el otro era un changarín que comía salteado, no tenía obra social, ni nunca había aportado a su jubilación, ni, tampoco, nunca había pagado algún impuesto.

Me miró boquiabierto. Entonces, aproveché, y le pregunté: ¿esa diferencia seria culpa de la suerte, de Dios, de las mujeres de uno y otro, del exitoso, o del fracasado?

Hoy, las distancias entre la Argentina y Estados Unidos son inmensas en cualquier aspecto que nos detengamos. En un siglo, aquella paridad competitiva se esfumó. Uno se convirtió en una de las potencias mundiales, y, el otro, devino en el hazmereir populista del mundo. Sí, se ríen, porque no pueden creer que seamos tan pobres siendo tan ricos. 

Pero sería necio, o estúpido, pensar que esto obedeció a la suerte, a alguna mística deidad, o a una casualidad. Sencillamente, los argentinos trabajamos arduamente para llegar hasta acá. A fuerza de deudas externas, gobiernos de facto, y mucha corrupción, en apenas un siglo despilfarramos los recursos de la Patria. Mucho del usufructo de ese despilfarro está hoy en cuentas suizas, uruguayas o de las Caimán. Preguntemos en esos paraísos cuanta plata americana tienen.

Pero todo esto no fue culpa de Perón, Onganía, De La Rúa, Videla o Néstor, ni de todos ellos juntos, ni del peronismo, o del radicalismo, o del populismo. Esto es producto exclusivo de los argentinos. De todos, sin excusas. Los argentinos, en nuestro patético afán de comodidad facilista, embebidos en una soberbia mundialmente reconocida, cada uno con sus excusas, echando culpas a diestra y siniestra, construimos este hermoso presente que hoy nos distingue. Lo hicimos pensando que la riqueza nos iba a durar para toda la vida, y así la desperdiciamos.

Definitivamente, los norteamericanos fueron más vivos. Ellos se dieron cuenta de que, si no gobernaban haciendo un buen uso de sus recursos, de modo de generar desarrollo y progreso, se volverían pobres. No hacía falta ser un genio para darse cuenta. Y así fue que hicieron para llegar a ser lo que son. Por.nuestra parte, nosotros nunca gobernamos, porque no lo necesitábamos. Para qué, si nos sobraba la plata. Así fue que nos la gastamos toda en cargos públicos, acomodos, prebendas, coimas, enriquecimientos ilícitos y demás corrupciones. No nos preocupamos porque nos iba bien.

Para medir la evolución de esta diferencia nos basta comparar los ceros que debimos quitarle a nuestro Peso para que no se note la diferencia con su Dólar desde aquella época de competitiva semejanza. Si eso no nos alcanzara, podemos espiar su Justicia, su Democracia, su Institucionalidad, todas sagradas para ellos, mientras que por aquí ya están pervertidas en favor del poder.

Pero la principal diferencia que nos distancia de Estados Unidos, y del resto de las naciones modernas, es el Gobierno. Para los políticos del primer mundo, el Gobierno es una institución en la que los políticos tienen el honor de administrar y desarrollar una nación en favor del común, mientras que, para los argentinos, es una oportunidad en la que los seudopolíticos aprovechan para enriquecerse y perpetuarse en el enriquecimiento, a lo sumo, en favor de algún sector conveniente.

Por eso hubo una vez dos potencias, de las cuales una se equivocó y, mientras no reconozca su error, se haga cargo, y deje de echarle culpas al universo, no subsanará su error, ni recuperará aquel rumbo de grandeza.

Norman Robson para Gualeguay21