Días pasados, cuando nos visitó el Senador Nacional Martín Lousteau, se refirió a las urgencias de largo plazo que tiene la Argentina. Con estos términos, contradictorios entre sí, hizo alusión a aquellas decisiones políticas urgentes cuyo impacto recién se verán en el futuro, y que a ningún político le interesa tomar. Al escucharlo recordé las enseñanzas del viejo Eliahú a su amigo Hakím.

Según el cuento de Jorge Bucay, en un oasis escondido entre los más lejanos paisajes del desierto, Hakim, el acaudalado mercader, encontró al viejo Eliahú, de rodillas, a un costado de algunas palmeras, sembrando árboles de dátiles, que recién darían sus frutos más de 50 años después. Definitivamente, el anciano no vería los frutos de su sacrificado esfuerzo.

Lousteau señaló esas urgencias de largo plazo al hablar de educación, pero también podría haberse referido al medio ambiente, a la salud, y a infinitas políticas de estado necesarias cuyo impacto recién se verán en el futuro. Se trata de medidas con un costo político en el presente pero cuyo beneficio recién lo recibirán generaciones futuras. Costos que las generaciones políticas argentinas han eludido siempre, priorizando sus intereses particulares en detrimento del futuro común.

Por eso, Hakím le insiste al viejo Eliahú en dejar esa tarea, ya que difícilmente pueda llegar a cosechar algo de lo que hoy siembra. Fue entonces que el anciano le dio una lección al egoísta mercader: "Mira, Hakím, yo comí los dátiles que otro sembró, otro que tampoco soñó con cosechar de su siembra. Voy a sembrar aunque sea para que otros puedan comer mañana los dátiles que hoy planto. Y aunque sólo fuera en honor de aquel desconocido, vale la pena terminar mi tarea".

Nuestros políticos, a lo largo de nuestra historia inmediata, profesaron el mismo egoísmo de Hakím. Aquella grandeza como la de Eliahú, aquella con la que se construyó este país en el pasado, pensando en el futuro, se agotó ya hace tiempo. Hoy a nadie le interesa el precio que pagaremos por generaciones ignorantes, ni por consecuencias ambientales irremediables, ni por colapsos sanitarios como el que hoy vivimos. Como no pasan, no pasarán, hasta que pasan.

La inversión y la previsión son las respuestas a esas urgencias de largo plazo que señaló Lousteau, son los dátiles que merecen cosechar y disfrutar nuestros hijos y nietos. Invertir y prevenir con políticas de Estado que garanticen un merecido porvenir a quienes nos sucedan. En la Argentina, desde hace décadas, los recursos se han concentrado en la coyuntura, con parches temporales que permitieron "zafar" de las situaciones y "patear" los colapsos para más adelante.

La diferencia entre nuestros políticos y Hakím es que el mercader reconoció su ignorancia y premió al viejo Eliahú con dos bolsas de monedas por su enseñanza, mientras que nuestra dirigencia sigue privilegiándose a sí misma sin importarle un pepino el futuro de los argentinos. ¡A ninguno le importan los dátiles!

Norman Robson para Gualeguay21