Si bien muchas son las versiones al respecto, esta frase fue dicha por el dirigente radical Ricardo Balbín algún día de noviembre de 1972, luego de abrazarse con Juan Domingo Perón, recién regresado al país luego de su exilio, en el marco de la campaña de las elecciones presidenciales que ya se presentaban como una colosal derrota para el radicalismo. Curiosamente, la década siguiente sería una de las más sangrientas de la historia argentina, y aquello no fue más que un utópico deseo. ¿Qué pasó con aquel concepto político?

El 17 de noviembre de 1972, el General Perón regresó al país tras 17 años de exilio y, a poco de llegar, expresó su voluntad de encontrarse con Balbín, lo cual se concretó días después. En aquella reunión, conociéndose ya una irreversible tendencia a favor del peronismo, y siendo necesario, para los líderes de las dos fuerzas políticas mayoritarias, un apoyo mutuo, el dirigente radical lanzó la frase que expresa que los intereses de la patria están por arriba del de los partidos, y, ni hablar, del de los hombres. Dijo: "El que gana gobierna, y el que pierde ayuda".

Aquellos dirigentes, más allá de todo lo que se dijo después, tenían bien en claro que, a la hora de gobernar, las responsabilidades del Estado y los derechos de los ciudadanos no cambiaban por lo que pensaran los gobernantes, sino que solo importaban el país y su gente. Pero algo pasó. Muertos Perón y Balbín, murió esta consigna política y murieron con ella los intereses de la patria y los de los propios ciudadanos argentinos.

Así fue que en marzo de 1973, la fórmula peronista compuesta por Héctor Cámpora y Vicente Solano Lima ganó cómodamente las elecciones por casi el 50 porciento de los votos, después asumió Perón, y, por último, a su muerte, al año siguiente, se hizo cargo del país Isabelita. A partir de entonces, creció entre nosotros la violencia, primero a sangre y fuego, y, despues de 1983, gracias a la pobreza y la grieta.

Desde aquel entonces, los que ganaron nunca gobernaron, sino que, unos tras otros, todos, sin distinción de colores, se acomodaron para salvarse, y los que perdieron nunca ayudaron, sino que los seudo peronistas siempre buscaron desestabilizar el país para volver, y los radicales y demás siempre hicieron la plancha a cuenta del Estado.

De ese modo, aquella utopía mítica y mística de que el que gana gobierna y el que pierde ayuda pasó a ser una tragicómica anécdota de nuestro pasado político, ya que solo interesa a cualquier político de nuestro presente su porvenir personal y particular, luego el del partido o grupo político de pertenencia, y, finalmente, si no hay otra cosa, el porvenir del país y su gente.

Norman Robson para Gualeguay21