Así como no hay economía que resista si todos gastan y nadie produce, no hay convivencia que sobreviva si todos tienen derechos y nadie tiene deberes. Dicho de otra forma, un balance armónico de la convivencia en las comunidades se mantiene gracias a una justo equilibrio entre los derechos a los que acceden los individuos y los deberes que cumplen. Pero hoy parece haber cada vez más derechos y siempre alguno sirve para no cumplir con algún deber, razón por la cual se impone la violencia en la convivencia.

Son muchos los individuos que viven en este mundo, compartiendo espacios, tiempos y roles, por eso, su vida ha sido ordenada, sabiamente, por cada estado (gobierno) dentro de su territorio (jurisdicción). Un ejemplo, exagerado pero válido, es el siguiente: El semáforo de una esquina, con sus luces, arbitra el derecho a seguir y el deber de frenar de quienes por ahí cruzan. Si el Estado promueve los derechos y no exijo los deberes, seguramente, en esa esquina, se le amontonarán los autos chocados. Algo así viene pasando en nuestra sociedad.

A partir de los reiterados procesos represivos sufridos por la sociedad argentina en las décadas de 1960 y 1970, la democracia, en 1983, y la restitución de las libertades vulneradas durante mucho tiempo, trajeron consigo exageradas políticas de promoción y protección de los derechos humanos. En ese contexto de revancha, las reivindicaciones se fueron sucediendo y los derechos se convirtieron en prolíficas banderas políticas con una importante retribución en votos.

De ese modo, cada gobierno, desde entonces a hoy, fue redoblando su apuesta en políticas de derechos, pero sin avanzar sobre los deberes, ya que estos no redundaban en créditos políticos por resultar antipáticos para el electorado. El resultado de todo esto es una sociedad férrea defensora de todos sus derechos, pero conveniente desconocedora de sus deberes, y, cuando algún deber se vuelve inevitable, siempre hay a mano algún derecho que puede interpretarse como excusa para eludirlo.

Así, los hijos en el hogar, los niños en la escuela, los jóvenes en la calle y los grandes en el trabajo, todos van por la vida imponiendo sus derechos indiferentes a sus deberes, en un mundo donde cada vez hay menos verdad, menos justicia, mas impunidad, y la memoria es manipulada a la medida del poder de turno.

Así, los chicos tienen derecho a pasar de grado, pero no tienen el deber a estudiar; las familias tienen derecho a una vivienda digna, pero no tienen el deber de esforzarse para construirla o comprarla; los trabajadores tienen derecho a mejores salarios, pero no tienen el deber de trabajar más para merecerlo; y, de ese modo, la injusticia quiebra la convivencia. De igual manera, al tener todos derecho a todo, y nadie tener el deber de producir para ello, el Estado sale a satisfacer esos derechos "vulnerados" con cargos, subsidios, asistencias y todo tipo de prebendas, y, de ese modo, el balance negativo quiebra la economía. 

En definitiva, hoy son cada vez más los que creen que merecen todo, pero ninguno de ellos está dispuesto a sacrificarse por nada de todo eso que creen merecer, y así se sumen en la insatisfacción, en la frustración, en el resentimiento, y, finalmente, en el rencor, mientras que, del otro lado de la grieta, la injusticia y la impunidad también alimentan la insatisfacción, la frustración, el resentimiento, y el rencor, dando a luz la violencia que hoy sufrimos.

Por último, como si todo esto fuera poco, si alguien sale a la calle a preguntar cómo se arregla todo esto, la respuesta más común encuentra el problema en la democracia y la solución en la dictadura.

Norman Robson para Gualeguay21