La fantasía del hombre ha creado innumerables telenovelas de pobres que se vuelven ricos y de ricos que se vuelven pobres, y, en todas ellas, el mérito de unos y otros siempre fue el protagonista. En la historia de la humanidad, en las extremidades del globo, Japón y Argentina  interpretan dos historias contrapuestas en las que el merito es el único protagonista. Puestas ambas sobre la mesa, surge, inevitable, el desafío que enfrentamos los argentinos.

Una de las culturas milenarias más admirables de la humanidad nació en una isla de piedras enclavada en medio del mar, sin recursos naturales de algún tipo, y creció solo a fuerza de una filosofía moral tan estricta como ejemplar. Gracias a eso, la sociedad nipona pudo sobrevivir a Hiroshima y Nagasaki, y a la posguerra, y, en menos de un siglo, no solo se reconstruyó, sino que se convirtió en una potencia industrial mundial.

Del otro lado del globo, una de las culturas más híbridas de la humanidad se gestó a partir de la colonización de América sobre uno de los territorios más extensos y ricos del mundo, desbordante de recursos naturales de todo tipo. Gracias a eso, y a no haber sufrido guerras o hambrunas de algún tipo, nunca supo administrarse y crecer, y hoy apenas sobrevive de exportar materias primas.

Dicho en otras palabras, mientras que la cultura japonesa se forjó en una austeridad que obligó a los japoneses a exprimir sus rocas, la cultura argentina se forjó en una opulencia que permitió a los argentinos desperdiciar sus frutos, y, el tiempo, por si solo, hizo ricos y envidiables a los nipones, y pobres y ridículos a los argentos.

Del mismo modo, también se puede observar que ni un japonés se vería cómodo en la Argentina, ni un argentino en Japón, precisamente por las distancias culturales, pero el japonés si puede aprender de un argentino qué no se debe hacer, y un argentino de un japonés lo que si se debe hacer.

Esta dura realidad nos enseña, primero, que aquello que distingue a las naciones no es su economía, ni sus armas, ni siquiera sus recursos, sino que es su cultura; segundo, que la cultura está determinada por la conducta de la sociedad; y, tercero, que cada sociedad puede modificar su conducta para adecuarla a una cultura acorde a los tiempos que enfrenta.

Si esto es así, los argentinos deberían preguntarse si deben seguir haciendo lo mismo para obtener lo mismo, o si deben hacer algo distinto para obtener algo distinto, que, seguramente, peor que hasta ahora difícil que le vaya. El ejemplo japonés, capaz, puede inspirarnos en algo, o, sino, reaccionaremos recién cuando nuestras tierras se conviertan en desierto.

Norman Robson para Gualeguay21