Hoy escuché varias cosas que me hicieron ruido y, al meditarlas, me dejaron temblando de miedo. "Que culpa tenemos nosotros de lo que pasa del otro lado del mundo", dijo uno. "A mi qué me importa lo que haga la vecina", afirmó otra. "Yo no lo voté", se desentendió un tercero. Así comprendí que ellos, cada uno en su burbuja, nunca se enteraron de que están obligados a compartir la realidad con el resto del mundo. A pesar de eso, elegimos ser individualistas, y, tal vez por eso, rechazamos tanto la política como única forma de organizar todo eso que que no podemos evitar compartir, y solo la utilizamos como medio para enriquecernos.

Chinos, negros y carapálidas de este mundo están obligados a compartir todos los recursos que nos brinda la madre natura, junto con todos los sistemas ideados por el propio individuo para convivir. Todos, absolutamente todos, debemos compartir tanto el suelo, el aire y el agua, como la calle y su orden, el supermercado y sus precios, el gobierno y sus medidas, la economía y su inflación, el banco y sus intereses, la salud y sus bacterias, la educación y la ignorancia, etcétera. Todos, nos guste o no, convivimos en la misma realidad.

Sea cual sea el lugar del mundo en que vivamos, todos compartimos el mismo espacio. Seamos rusos o bolivianos, todos tenemos las mismas necesidades fisiológicas, y compartimos un mismo y único proveedor de recursos: la naturaleza, y, para satisfacernos, creamos los distintos sistemas por los cuales saciamos nuestras necesidades, gustos y caprichos.

A pesar de esta innegable realidad, los individuos seguimos pretendiendo ser únicos e independientes. Tan es así que la última pandemia desnudó la más estúpida de nuestras miserias humanas: el individualismo, y el costo de ser indiferente a lo común, a lo que compartimos, a lo que convivimos. La crisis sanitaria generada por un virus que no distingue niveles económicos u culturales nos advirtió sobre los peligros que el individualismo implica.

Tan es así que no nos salvó la famosa "responsabilidad individual" tan promovida desde el gobierno, y todo aquello que compartimos de forma desordenada nos costó vidas humanas. Por otro lado, la degradación ambiental también exhibe nuestra "irresponsabilidad individual" para con la realidad compartida en la que todos convivimos. Esta es otra prueba de la necedad humana. Pero es la realidad social y económica de cada día la que expone nuestra preocupante inconsciencia comunitaria.

El mundo inteligente aprendió que el desarrollo no se da en lo individual, sino en comunidad, y es bien consciente de ello, mientras que aquellos que no lo aprendimos, sufrimos el costo del desorden, de la corrupción y de la postergación. A la hora del progreso, no pesa ser rico o pobre, capitalista o comunista, culto o ignorante, católico o budista, lindo o feo, solo cuenta el concepto de comunidad que se profese y con el que se esté comprometido. Y, sin lugar a dudas, ésto, por estos lados, no lo entendimos, ni lo entendemos.

Ahora bien, todo este necio individualismo fundamentalista que nos caracteriza debe tener algo que ver con nuestra aversión visceral por la política, esa forma de organización de una sociedad que tiene el individuo. Solo ese exacervado individualismo puede provocar en nosotros tanta necia estupidez, al grado de degradar, pervertir y prostituir la única forma que tenemos para prosperar. Tan así es que concebimos la política como un medio para enriquecernos y no como un dignísimo servicio público.

¿Acaso olvidamos que la política es la forma de organizar todo lo común de una sociedad, que es la que establece los modelos en que conviven la naturaleza y los distintos sistemas ideados por nosotros mismos para ordenarnos, administrarnos y desarrollarnos? ¿ No entendemos que la política es la que decide nuestro presente y futuro, y la que nos dejó el irremediable pasado? Parece que no, pues nosotros elegimos ser antipolíticos, u optamos por utilizarla como medio de vida, con el sueño de enriquecernos. ¡Estúpidos!

Resulta muy difícil aceptar que la necedad, la estupidez, la miseria y la mezquindad que nos distinguen en este mundo que compartimos no tengan nada que ver con nuestro individualismo superlativo y nuestro rechazo compulsivo por cualquier política genuina que nos ordene, la cual dejamos a la deriva en las manos de perversos e inescrupulosos personajes.

Entonces, de todo ésto se concluye que solo cambiaremos esta realidad que compartimos todos cuando hagamos a un lado nuestro individualismo egoísta y adoptemos ese concepto de comunidad tan necesario para construir soluciones reales a todos esos problemas que nos afectan a todos por igual.

Norman Robson para Gualeguay21