El crimen perpetrado aquella madrugada del 1° de abril de 2017, y la angustiosa semana atravesada hasta encontrar su cuerpo, componen una historia real que aún nos conmueve, nos desvela, nos pesa en nuestra consciencia social, por lo menos en aquellos que la tenemos. Desde aquel grito, "Sueltenme, hijos de puta", cuando fue tomada por la fuerza en plena calle, hasta ser brutalmente violada, luego asesinada, y, finalmente, abandonada, la sociedad a la que pertenecemos no ha logrado hacer justicia en el crimen de Micaela García, uno de sus más crueles y horrendos crímenes, ya que, de los dos autores, uno solo está procesado y condenado. Esta justicia a medias es lo que nos asola.

"Sueltenme, hijos de puta", dijo haber escuchado una mujer, pero, cuando se asomó, ya era tarde. La investigación, casi puerta a puerta, según el recorrido de la joven mostrado por las cámaras, fue arrojando testimonios, los cuales, junto a otros aportes, permitieron reconstruir los hechos. Un camionero aseguró que, al pasar por ahí, vio el Renault 18 Break y dos piernas femeninas asomadas por la puerta del acompañante. Sobre el asfalto, como único saldo del rapto, había quedado su sandalia. Sin dudas se la habían llevado, por la fuerza, y no había sido uno solo.

"Sueltenme, hijos de puta", seguro que repitió cuantas veces pudo, pero no pudo evitar que los dos animales, de la peor calaña, la llevarán hasta una calle pública, al norte de la ciudad, abandonada y cerrada por las chilcas, y, allí, consumaran el más horrendo de los crímenes: El abuso sexual y muerte por estrangulación de una inocente joven de 22 años. Una víctima casual de dos depredadores de cacería en la noche gualeya. Dos energúmenos, potenciados por la droga, en busca de una presa con la cual saciar sus más repulsivos instintos.

"Sueltenme, hijos de puta", habría seguido gritando, si hubiera podido, mientras llevaban su cuerpo, ya sin vida, desde aquella calle cerrada hasta el camino a Calderón, donde, finalmente, le hicieron caso, y la soltaron entre otras chilcas. Allí, en ese monte nativo que crece sobre la vía abandonada, la tiraron y la cubrieron con algo más de maleza. De regreso, una mujer los cruzó, pero, por el sol de frente, no pudo reconocerlos. Sí vio que eran dos.

"Sueltenme, hijos de puta", debe haber gritado su espíritu atrapado entre las malezas, queriendo huir del abandono, mientras la investigación descubría que la Break era de Sebastián Wagner, un violador serial de Concepción del Uruguay dejado en libertad gracias a la desidia serial de funcionarios de la Justicia, y que, aquella noche, había estado cenando con su jefe, Néstor Pavón. Así debe haber rogado mientras la policía iba tras los pasos de Wagner hasta Moreno, en la provincia de Buenos Aires, y acusaba de encubrimiento a Pavón y a otros. Así debe haber rogado hasta que, una semana después, capturaron a Wagner y pudieron encontrar el cuerpo, degradado, casi irreconocible, sin posibilidad forense de encontrar pruebas.

El hecho fue a juicio, como siempre, con lo que había, y la Justicia hizo justicia a medias, algo más que otras veces. Sí pudo demostrar que fueron dos los depredadores que cometieron el crimen, y que, gracias a su confesión, uno, Wagner, fue identificado, condenado y encarcelado, tal vez con la esperanza de que algún otro funcionario judicial lo vuelva a liberar. A Pavón no pudieron probarle el encubrimiento, mucho menos el crimen, y, finalmente, lo dejaron libre para que le hagan un nuevo juicio. Pero, sin lugar a dudas, fueron dos los criminales que la secuestraron, violaron y asesinaron, sin perjuicio de cual de ellos haya hecho una, otra o las dos cosas.

"Hagan justicia, hijos de puta", debe gritarnos ella desde el cielo, y, sin dudas, tiene razón. 

Norman Robson para Gualeguay21