El caos es el grado absoluto de desorden y confusión, el cual, en una sociedad, puede ser producto de un fenómeno puntual, o de una degradación cultural como consecuencia de la liberación o irresolución de sus conflictos. El problema surge cuando éstos conflictos son naturalizados por la sociedad y el caos se convierte en una costumbre, propiciando así una cultura del desorden y la confusión. Hoy, aunque no nos demos cuenta, nos ha pasado esto, y convivimos todos confundidos y desordenados, cada uno haciendo lo que quiere y nadie lo que debe, sumidos todos, en silencio, en el más absoluto caos. Solo reconocer ésto, y su orden genealógico, nos permitirá avizorar alguna solución.

Para reconocer el camino por el cual llegamos a este caos debemos, primero, reconocer nuestros conflictos, y, luego, aceptar que nos hemos resignado a soportarlos y adaptarnos. Sería suficiente para esto aceptar que vivimos frustrados, o, por lo menos, impotentes, frente a la mala calidad política, a la ausencia del Estado, a la injusticia en todas sus formas, a no poder esto o lo otro, a la crisis de valores, y al irrespeto crónico por el otro, entre tantos aspectos que han ido degradando nuestro sistema de convivencia. Todo esto en un marco de extrema desolación, provocado por la desaparición de figuras ejemplares y rectoras como el maestro, el policía de la esquina o el cura, líderes que, de algún modo, orientaban las conductas convivientes. 

Si reconocemos esta realidad, debemos reconocer también que cunden el rencor, el resentimiento, la envidia y la ambición desmedida, propiciando la violencia, la corrupción y la injusticia, síntomas claros de que se ha impuesto entre nosotros el egoísmo, la intolerancia y la indiferencia. Todo esto, en un escenario sin orden, ni justicia, ni certeza, sin lugar a dudas, desencadena el caos que vivimos hoy, al cual ya no nos resistimos, ni nos quejamos, y ni siquiera reclamamos.

Ahora bien, la pregunta del millón es cómo, o porqué, crecen entre nosotros, y se consolidan, el rencor, el resentimiento, la envidia, la ambición desmedida, la violencia, la corrupción, la injusticia, el egoísmo, la intolerancia y la indiferencia. O sea, porqué prosperan esos males. Para esto solo puede haber una razón: una ignorancia tal que desate el miedo, el terror y la desesperación. No saber nos lleva a recurrir a nuestros más básicos instintos incivilizados. No saber nos despierta el egoísmo extremo, la impiedad, nos permite corrompernos y justificar la violencia. No saber alienta las culpas y alimenta los odios, y, a partir de estos, se naturaliza la inconvivencia.

Entonces, de esto se desprende que, a la cabeza del árbol genealógico del caos, están la ignoracia y el desconocimiento, quienes, inevitablemente, propician la desesperación y todos los miedos. Éstos engendran el egoísmo, a quien se le suman la intolerancia y la indiferencia, quienes, en conjunto, desatan la violencia, la corrupción, y la injusticia, promoviendo una profunda amoralidad. Y ésta  sin lugar a dudas, alimenta el rencor, el resentimiento, la envidia, y la ambición desmedida, creando todo ese universo de conflictos con los que hoy convivimos.

Estos conflictos recalientan la convivencia, la cual nunca pudimos resolver, al punto de que hoy, en lugar de resistirnos, preferimos acomodarnos de la mejor forma posible, cultivando el individualismo, el facilismo y el comodismo, naturalizando la  resignación, y fundando la cultura del caos en favor de unos pocos.

A partir de lo expuesto, cualquier pretensión de solución debe partir de alentar el saber y el conocimiento para pacificar y tranquilizar a la sociedad, y promover en ella una sana y ordenada convivencia. Y esto solo es posible desde el poder de la política.

Norman Robson para Gualeguay21