Cuenta la historia que cuando los romanos, al mando del procónsul Lúculo, invadían el reino de Armenia, allá por el siglo I, un mensajero llegó a la capital, Tigranocerta, a avisarle al Rey Tigranes lo que estaba pasando, y éste, enojado por la mala noticia, lo degolló de inmediato él mismo. A partir de ello, nadie más le avisó nada a ese rey, y solo se enteró cuando los romanos entraron triunfales en su palacio, y su reino desapareció del mapa. Dos mil años pasaron de aquello, y todavía hay estúpidos con poder que matan a los mensajeros porque no les gustan sus mensajes. En plena era del conocimiento, aún no aprendieron el valor de la información, ni el de los informadores.

En el presente argentino en que la injusticia y la impunidad son moneda corriente, así como un iracundo empresario pudo agredir a una periodista porque no le gustó una pregunta, ahora, un dirigente energúmeno puede embestir contra un equipo de periodistas porque no le gusta lo que pasa, y todo puede quedar en la nada. Es una lamentable vergüenza.

Todos estamos en nuestro derecho de simpatizar o no con una forma de informar, de gustarnos o no la cara del informador, y, por eso, podemos elegirla o descartarla, pero, bajo ninguna circunstancia, alguien puede atacar gratuitamente a alguien que está haciendo su labor de comunicador. Mucho menos puede fundar su ataque en viles mentiras, mucho menos puede recurrir a los empujones, y mucho menos puede hacerlo un dirigente, ya que representa a su entidad.

De existir distorsiones, falsedades o meras mentiras en lo que algún comunicador informa, cualquier persona, y, en especial, una institución, puede solicitar la posibilidad de aclarar y, si se le negara, se puede exigir el derecho a réplica a través de la Justicia, el cual es concedido con celeridad. No hay excusas para la violencia.

Con el conocimiento no se jode

En la modernidad que nos toca vivir, el conocimiento es una herramienta indispensable para vivir o sobrevivir, y determinante en cuanto a crecer o no. Si bien todo parece confabular para que nada se sepa, o, lo que es lo mismo, que todo sea puesto en duda, saber puede significar, sin exagerar, la diferencia entre la vida y la muerte, entre el bienestar y la vulnerabilidad. Si aquel rey Tigranes no hubiese degollado a su mensajero, tal vez se habría enterado de cómo venía la invasión romana, y habría podido tomar medidas que redujeran las víctimas y protegiera algo más la ciudad.

Hoy en día, en este mundo hipercomunicado y archiconectado, atacar la información, o al informador, es atacar directamente al conocimiento, y sumergir a todos en la ignorancia, la incertidumbre, y el desconcierto. No tener conocimiento, no saber, hoy tiene consecuencias de nefastas dimensiones. Cuando las personas no conocen la realidad, no saben lo que pasa, no saben lo que hay, no pueden elegir bien, no saben a donde ir, no pueden prever nada, no pueden tomar las decisiones adecuadas, y, en esa ignorancia o incertidumbre, son fácilmente dominadas.

De este modo, ningún individuo, ni, mucho menos, algún dirigente, debe permitir que nadie anule o desacredite las fuentes de conocimiento, sino que debe protegerlas, preservarlas, y con ellas a sus trabajadores. Si no lo hicieren, serían, liza y llanamente, cómplices del suicidio de su propia sociedad, tal cual pasó con Tigranocerta, 20 siglos atrás.

Por todo lo expresado, reitero mi solidaridad con todos los trabajadores de prensa, en general, y, en especial, con los colegas deportivos de Canal 2, de cuya apasionada dedicación puedo dar plena fe, a la vez que invito a toda la sociedad civil a reflexionar sobre lo expuesto, y a tomar las medidas necesarias que eviten estos incidentes.

Norman Robson para Gualeguay21