Nací hace 60 años en Rosario, y aún recuerdo a mis abuelas sentadas en la vereda en los atardeceres de verano. Recuerdo a Rosario como un gran barrio, de siesta sagrada y gurises en libertad. Hace 30 años, llegué a Gualeguay, y siempre me hizo acordar a aquel Rosario. Por eso, frente a la silenciosa escalada de la droga, y sus consecuencias inmediatas, en nuestra ciudad, creo que deberíamos ver qué le pasó a Rosario y no cometer los mismos errores. Después va a ser tarde. El ataque contra el jefe de Toxicología es una señal que advierte claramente sobre el avance del negocio de la droga en la ciudad, a la vez que cuestiona las políticas actuales de lucha contra su consumo.

Nadie quiere ser como Rosario, pero el problema es que no querer no alcanza si no se lo acompaña de compromiso y acción. Mucho se habla de la millonaria inversión en la lucha contra el narcotráfico y, en lo local, contra el narcomenudeo, pero nadie dice, ni reclama, que la estamos perdiendo. Mientras tipos como este jefe de Tóxicos de Gualeguay ponen su vida en riesgo, durante 7 años, para cerrar cuanto kiosco pudo, por cada uno que cerró, le abrieron dos al otro día.

Dicho de otro modo, mientras el Estado, a través de su Policía, deja lo poco que tiene en la lucha por reducir la oferta local de drogas, ese mismo Estado, con su ausencia en las problemáticas sociales, alienta la demanda, el consumo, ya que cada día son más los consumidores, cada vez iniciados a menor edad. ¿Qué sentido tiene mandar al frente de batalla a tipos como éste si no hacen lo que hay que hacer del otro lado del negocio?

Las excusas pueden ser muchas, todas convenientes para quien no hace lo que debe hacer, pero basta mirar la realidad rosarina para reflexionar sobre qué está pasando y concluir que algo se puede hacer. A la sociedad le impusieron la resignación, pues "se trata de un problema mundial", pero en el resto del mundo se lucha en los dos frentes: enfrentando la oferta, el comercio, y enfrentando la demanda, el consumo.

Tal es la irresponsabilidad de nuestro Estado, y tan contradictorio su proceder, que la mayoría de las víctimas entrerrianas de la droga no tienen solución a su enfermedad, sino que deben salir a buscarla a otras provincias. Acá no tienen salida, y, así, crecen los consumos, crecen los delitos, y crecen, también, las muertes. Días pasados nos rasgamos las vestiduras por una burda amenaza de muerte a un jefe de tóxicos, mañana veremos en un video como, por una calle de Gualeguay, pasa una moto y, desde ella, un sicario de 15 años ejecuta de 20 balazos a un funcionario policial, o a un fiscal, o a una madre que salió por la tele señalando a los tranzas.

Esta es la señal de alerta que encierra esa cortada de cubierta y la nota en el parabrisas. Nadie quiere ser como Rosario, pero el problema es que no querer no alcanza si no se lo acompaña de compromiso y acción, tanto desde el Estado, como de parte de cada uno de nosotros con lo que esté a su alcance. Son necesarias y urgentes más políticas efectivas contra el consumo y menos discurso de lucha contra el narcotráfico. Mientras no se combatan las adicciones, todo será pura hipocresía y las vidas perdidas en la lucha contra el negocio serán vidas perdidas en vano.

Norman Robson para Gualeguay21