Por estos tiempos, es muy común escuchar a muchos culpar al electorado, o a parte del mismo, por los gobiernos elegidos y sus desastrosas gestiones, al igual que se escucha a otros pedir por el regreso de los militares. Cada vez que escucho ésto me entristezco, y recuerdo aquella oportuna cita burlona: "si no les gusta, que armen un partido y ganen las elecciones". Sin dudas, solo así terminaremos con esta realidad de miserias y postergaciones sin sacrificar la democracia.

En un sistema democrático como el nuestro, la calidad política y la moral de los gobiernos no depende de que el electorado sepa o no elegir, sino de lo que hay para elegir. Ésta oferta depende directa y exclusivamente de lo que ese mismo electorado propone a través de su participación política. Así es como la democracia funciona en todo el mundo, a pesar de que en todo el mundo hay politicos corruptos y electorados ignorantes. Lo que no hay en todo el mundo son boludos que crean que la democracia funciona sola y que la política es mala. 

En democracia, es preciso comprender y aceptar que quienes están en el gobierno lo están gracias a lo que han hecho o no han hecho los gobernados. En otras palabras, ellos están allí porque otros no lo están, porque prefirieron dejarle ese espacio y quedarse en la comodidad de su casa. Para muchos, evidentemente, es mucho mejor no participar y despotricar desde el café, la sobremesa o, ahora, el teclado. Ésta es la esencia de la cultura política criolla, bien aprovechada y explotada por generaciones de políticos que se enriquecieron ellos y llevaron el país a donde está hoy.

Para comprender esto sirve un ejemplo: En nuestro grupo de amigos somos unos diez. Entre todos compramos una traffic y cada fin de semana viajamos a algún lado a ver algún partido de fútbol. Como nadie quiere manejar, en el asado de los viernes hacemos un sorteo para ver a quien le toca. Pero como solo se anotan para el sorteo Cacho y Polo, porque todos nos borramos, siempre, sale sorteado uno o el otro. El problema es que Cacho es ciego y Polo es tuerto.

De ese modo, cada viernes a la noche, todos nos quejamos porque siempre tenemos que elegir entre los mismos, y durante cada viaje, tanto a la ida como a la vuelta, sufrimos como locos y nos culpamos entre nosotros porque elegimos a uno en lugar de elegir al otro. Cada vez que llegamos a casa, nos preguntamos cómo no nos matamos. Igualmente, cada viernes, en el asado, nos volvemos a quejar de que siempre son los mismos los que manejan nuestra traffic.

Si un viernes de estos, alguno de nosotros no deja su zona de confort y se propone como conductor, seguro nos vamos a pegar un palo de aquellos, y, si sobrevivimos, no vamos a tener más un país, ni vamos a poder ir a ver un partido. 

Por lo tanto, traspolando esta conclusión a la situación del país, si un día de estos, algunos de nosotros no dejamos nuestra zona de confort y nos sumamos a alguna institución, no para figurar, sino para incidir en el manejo del país, seguro nos vamos a pegar un palo de aquellos, y, si sobrevivimos, no vamos a tener más un país, y vamos a tener que vivir en un país ajeno. 

En definitiva, solo participando los buenos podremos desplazar a los malos del poder, solo así comenzaremos a terciar en el destino del país, y, solo de esta forma, podremos reivindicar la política y corregir el rumbo del país. Solo queda agregar que ésta transformación nunca logrará prevalecer en el tiempo sino surge desde las bases territoriales, municipios y comunas, y por fuera de las viciadas estructuras partidarias convencionales, ya que éstas nunca consentirán corrección alguna.

"Si no te gusta, ármate un partido y ganá las elecciones", dijo ella, y tenía razón. Tal vez habría que hacerle caso. Cualquier transformación solo la lograremos participando y reemplazando a la casta política actual, desde abajo hacia arriba, desde el barrio hacia la Nación. 

Norman Robson para Gualeguay21