El ex gobernador Urribarri fue condenado, en primera instancia, a 8 años de prisión efectiva por corrupto, y anda de campaña por su provincia. Mientras tanto, la ex presidente Cristina Fernández es juzgada por corrupta con un alevoso caudal de pruebas en su contra. Estos sonados juicios, en lugar de pacificar a nuestra sociedad, profundizan el enfrentamiento, condimentándolo con amenazas de violencia de parte del cristinismo. Esta nueva versión de la grieta denuda una diferencia que de ninguna manera es ideológica, sino profundamente moral.

Para hablar de corrupción, primero, sepamos bien de qué estamos hablando. Corrupción, en una de sus acepciones, es la alteración de algo en su forma o estructura. Por eso también se dice corrupción a la perversión o alteración de un proceso público en favor de determinados intereses particulares. El más común de estas corrupciones es aquella por la cual dinero público, administrado por funcionarios, termina, ilegítimamente, en los bolsillos de éstos. Claro está que existen mil formas de corromper el sistema para que esto pase.

¿Y porqué esta mal ser corrupto? La corrupción de cualquier proceso público en beneficio de intereses particulares significa apropiarse de algo ajeno, robar. Dicho de otra forma, se trata de que alguien, sin mérito legítimo alguno, tome para sí algo de alguien que se esforzó legítimamente en conseguirlo. Es un claro hecho de injusticia penado socialmente desde los albores de la Humanidad. Tal es así que se trata de un precepto moral común a todas las culturas del mundo, las cuales lo han castigado desde el inicio de sus historias. Por ejemplo, en el cristianismo, el séptimo mandamiento ordena "no robarás".

Ahora bien, conscientes de este precepto moral, abordemos esta realidad que nos afecta hoy. Cuando escuchamos los airados discursos de los fanáticos seguidores de Cristina Fernández y Sergio Urribarri, vemos que ninguno de éstos dice que son inocentes. En realidad, ni siquiera los defienden. "El Pato fue el mejor gobernador de la historia", afirman los urribarristas, pero no gritan que es inocente. "Si la tocan a Cristina correrá sangre", amenazan los cristinistas, pero tampoco gritan que es inocente. Es curioso que, si bien en cada caso atacan a la Justicia, la palabra inocente brilla por su ausencia en todos los discursos.

El último que dijo que Cristina era inocente fue Alberto, en abril del año pasado, y esa fue la última vez que se escuchó eso. ¿Y porqué no lo dicen? Seguramente, esos colectivos fundamentalistas que defienden a uno y a otro consideran que señalar la inocencia sería reconocer que existe una culpabilidad, y ninguno ve que algo de lo hecho esté mal. Ese es el problema: muchos de los que defienden a Cristina y a Urribarri NO lo hacen porque creen que no se quedaron con dinero del Estado, lo hacen porque ya están convencidos de que está bien quedarse con dinero público. Ese es el problema. No reflaman su inocencia porque está bien lo que hicieron.

Para esta gente, es una cuestión de oportunidad que tienen quienes llegan a esa posición de poder, a la cual muchos aspiran, y otros tantos solo admiran, mientras algunos solo quieren vincularse y acceder a algún beneficio. Es así como se ha naturalizado la corrupción, el robo, en una porción importante de nuestra sociedad. Una porción que crece con la idea de que quedarse con lo ajeno está bien, y lo hace ante la mirada indiferente de toda la sociedad, sin que a nadie le importe un rábano. Entre esa gente y yo, no hay nada personal, solo un abismo moral.

Norman Robson para Gualeguay21