El mundo ve como una bendición la fertilidad de nuestros suelos, la cual permite a la Humanidad alimentarse, y ve a quienes hacen éso realidad como importantes protagonistas del desarrollo de la raza humana. Así piensan en Australia, en Europa, en China, y en Estados Unidos. A pesar de todo eso, en la Argentina, algunos prefieren ver en eso un castigo, una injusticia, un mal, y celebran cualquier factor, político o climático, que signifique una desgracia que lo afecte. La historia explica cómo eso hizo que un país rico esté lleno de pobres manejados por un grupo de ricos.

"La tragedia argentina consiste en haber permitido que se frenara en su desarrollo económico a un país increíblemente dotado de recursos humanos y materiales hasta convertirlo en una factoría empobrecida y menesterosa. Y el milagro argentino consistirá en liberarlo de esa siniestra esclavitud que lo mantuvo frustrado y aletargado, en buena medida como resultado de la orfandad apuntada en materia de ideas y adecuados conocimientos económicos", escribió Walter Beveraggi Allende, un controvertido personaje político del siglo pasado que nadie pudo contradecir.

En occidente, la Revolución Industrial del siglo XVIII desató una nueva organización de la economía mundial, mientras que el desarrollo de la industrialización del siglo XIX definió una nueva división internacional del trabajo. Los centros industrializados comenzaron a demandar materias primas que necesitaban como insumos para sus industrias y alimentos para su población.

En ese contexto, la creciente demanda mundial le dio la oportunidad a la Argentina de convertirse en uno de los mayores abastecedores de maíz del mundo, el principal exportador de lino, de carnes enfriadas, en conserva y congeladas, y de avena. Estos volúmenes hicieron que el planeta conociera a la Argentina como "el Granero del mundo".

Los capitales ingresados a partir de esas exportaciones le permitieron al país emprender el desarrollo de una importante infraestructura en ferrocarriles, en puertos, en bancos, en comunicaciones, etcétera. Al mismo tiempo, también invirtió en educación, convirtiéndose en referente mundial de la educación pública.

De ese modo, desde fines del siglo XIX, los sectores productivos invirtieron tiempo y dinero en innovaciones tecnológicas de todo tipo en las distintas cadenas, valores agregados que fueron permitiendo mejorar la calidad y la cantidad de las producciones, y acelerar y asegurar la distribución de los distintos productos a los diferentes mercados del mundo.

Si bien es cierto que la Argentina no supo aprovechar el contexto generado a partir de las dos guerras mundiales y de la crisis del 30, también es cierto que, lamentablemente, a partir de la mitad del siglo pasado, en el seno de la sociedad argentina se sembró el resentimiento, y se lo cultivó como argumento de división que permitiera el dominio político y social. Una política de Estado que aún sobrevive en nuestras estructuras de poder.

Ese aprovechamiento político del resentimiento social, adoptado desde entonces por todas las ideologías, e incluso por los gobiernos de facto, logró destruir los dos principales factores indispensables de desarrollo: la educación y el trabajo, y, sin uno y sin el otro, pudieron consolidar el sometimiento actual de toda una nación.

Claro está que la mejor estrategia política de dominio se basa en potenciar el resentimiento social, para lo cual es necesario generar cada vez más pobres, más ignorantes, y más improductivos dependientes de subsidios estatales.

De ese modo, al cabo de todo ese proceso histórico de degradación social y económica, hoy, en la Argentina imperan el resentimiento, la deseducación y la improductividad, aspectos que llevan a una parte de la sociedad a ver los digno y lo positivo como un castigo, una injusticia, un mal, y a celebrar cualquier factor, político o climático, que signifique una desgracia para quienes creen en la educación y el trabajo como bases del desarrollo. Mientras tanto, éstos sobreviven como pueden.

Norman Robson para Gualeguay21