Me resultan curiosos los debates entre padres, docentes y políticos sobre si las clases deben ser presenciales o no, siendo que nadie ha demostrado nunca interés alguno en la educación misma. Ahora se muestran todos preocupados por el medio en que se transmiten los contenidos, y no sobre éstos mismos, siendo que, desde hace décadas, no estamos educando. Prueba de esto es que más de la mitad de nuestros gurises no sabe interpretar textos, ni resolver problemas matemáticos. No hagamos que nuestra hipocresía traicione a Sarmiento.

Hoy es domingo y en la mayoría de las casas del país hay una reunión familiar alrededor de la mesa. No importa la casa o como sea la mesa, no importa cuál será el plato que se sirva, lo único que importa es estar juntos, la charla en sí misma. ¡Nada más argentino que la mesa del domingo!

Hace muchos meses que sabíamos que la cantidad de contagiados era bastante mayor a la informada oficialmente, al igual que sabíamos que eso no era casual, o sin querer, sino que, por evidente, tenía que obedecer a alguna política de ocultamiento de datos. Ahora bien, frente a un inocultable crecimiento de casos, aquello que podría haber sido conveniente puede que haya dejado de serlo, generando la necesidad de blanquear la situación, y, después de una sugestiva conferencia de prensa, hoy, luego de más de una semana de encierro, nos informan que se triplicaron o cuadruplicaron los casos. 

Ser oposición en tiempos de pandemia, tal como lo demuestran el militontaje mediático pro-radical en las redes, y alguno de sus elocuentes caciques en los medios, que no se diferencian de los oficialistas, es fácil, pero hacer oposición es otra cosa. En el ámbito local, la pasividad de los paladines del cambio que no fue, acompañados por el grueso de la dirigencia civil, es absolutamente funcional al régimen nacional. Tanto que la gente ya perdió de vista las diferencias entre unos y otros, y todo marcha según las pretensiones del populismo.

Según se supo en una reciente conferencia de prensa, la Provincia y la Municipalidad, indiferentes al hecho de que las restricciones no han servido para detener el virus, y sin tener la menor idea de cómo se está propagando, insisten en prohibir y cerrar actividades, en lugar de evaluar el problema con información cierta y trabajar en medidas que apunten a reducir efectivamente los contagios, la ocupación de camas y las muertes.

Haber nacido dentro de un frigorífico, heredero de medio siglo de oficio, haberle dedicado media vida propia al palo, y ver cómo, otra vez, hacen lo mismo, despierta viejas pesadillas que creía haber olvidado. Nuevamente, la carne, uno de los iconos más representativos de la Argentina en el mundo, sufre la ignorancia, el resentimiento, y la incompetencia política. Como victima entonces, y como testigo hoy, no puedo evitar compartir mi parecer. A esta película ya la vi en el 2008.

En todos los ámbitos de la vida, para lograr buenos resultados, es condición "sine qua non" conocer profundamente la situación sobre la cual se va a actuar. Por desgracia, en nuestro país, se ha naturalizado la improvisación o la simulación, tanto en lo público como en lo privado, ya que eso permitía zafar a los actores. Pero esto se torna particularmente crítico cuando se trata de capear una pandemia, y contar con un buen observatorio se convierte en una cuestión de vida o muerte.

En los albores de la civilización, los energúmenos apedreaban, linchaban y/o colgaban a quienes eran considerados autores de algún crimen. Desde entonces, y en todo el mundo, la Justicia ha luchado contra estas prácticas, pero, con la globalización y las nuevas tecnologías, la tan nefasta práctica renació como escrache, y se puede realizar desde el celular, o en la calle, con total impunidad gracias a la indiferencia de la Justicia.

Cuántas veces habré escuchado a mi abuela decir eso, y cómo la recuerdo estos días con todo lo que sucede. Es que, en menos de un año y pico, explotó la pandemia en el mundo, y se desató en la Argentina una aguda crisis sanitaria, la cual no tardó en desencadenar una gravísima crisis económica, y, entre ambas, están disparando una crisis política sin precedentes. Ésto último podría ser lo bueno de todo esto, ya que desnuda ante todos los argentinos la madre de todos nuestros males: nuestra política.

Un 20 de abril, pero de 1811, la Junta Grande, presidida por Cornelio Saavedra, estableció la libertad de prensa, por entonces llamada libertad de imprenta. No fue una idea propia, ya que había antecedentes en Suecia, en 1766, y en la famosa Primera Enmienda de la constitución de los Estados Unidos de América, en 1791, pero, al igual que en muchos otros aspectos, al nacer, la Patria innovó en sintonía con el mundo moderno de entonces. A pesar de eso...

Al observar esta nueva realidad que nos impone el destino en el mundo, creo descubrir que el rol de la política adquiere una mayor relevancia y exige, por lo menos en estos pagos, una sustancial mejora en la calidad de gobierno, ya que, de seguir como venimos, el futuro está comprometido. Esto demanda una clase dirigente capaz de cambiar según este nuevo contexto, en especial en la oposicion, donde se necesita, urgente, el imperio de una prepotencia bien entendida, ejercida con la autoridad conferida por el conocimiento y la trayectoria, para reemplazar su improvisación y tibieza.

Llegó la segunda ola, con ella los picos de contagios, y el Estado, nuevamente, elige las restricciones a la vida social, ignorando, o encubriendo, con alevosía, el real origen del problema: su incompetencia para gobernar la nueva realidad que nos toca vivir. De este modo, termina de sepultar a un enorme sector económico, del que viven miles y miles de familias, como si esto fuera a solucionar el problema epidemológico, ya que el virus se seguirá propagando tal como lo ha venido haciendo ante la indiferente mirada del Gobierno desde marzo del 2020.

En estos tiempos de segunda ola de pandemia, la sociedad mira impotente y desesperada la realidad, y, con incertidumbre y terror, mira el futuro. La escena me hace acordar a esas situaciones límites de aquella serie cómica mejicana de los 70s donde, en una situación extrema, las víctimas de alguna injusticia se preguntaban: "¿y ahora quien podrá salvarnos?", y aparecía, como del cielo, el Chapulín Colorado y su poderoso súper martillo. Entonces me pregunto qué haría este poderoso chiquitín en esta situación.

En el transcurso de la tarde de hoy, sendos colectivos llenos de turistas, en excursión hacia algún destino turístico por la Semana Santa, sorprendieron al personal de la estación de servicio YPF de la rotonda inundando su local, el cual manteniene un estricto cumplimiento de los protocolos de cuidado. Entre las desesperadas necesidades del turismo, la segunda ola, y el peligro de las nuevas cepas, nadie se molestó en poner la pelota contra el piso para ordenar la cancha.

Miro la realidad y recuerdo que todavía quedan casi 3 años de gobierno, que nos asola una pandemia sin precedentes, y que, encima, la catástrofe económica es inminente. Entonces miro hacia arriba, hacia el Olimpo, y veo la tibieza de los políticos, a ambos lados de la calle, y qué se yo. Siento como que viven una realidad que no es la que yo veo, como que, tampoco, les interesa mucho ver lo que yo veo, y, en esto, no veo diferencias entre la vieja y la nueva política. Claro está que me preocupa esta última, ya que la otra nunca me inspiró esperanza alguna.

Por estos días es muy común ver y escuchar como se recuerda, en honor a la memoria, a la verdad y a la justicia, a las víctimas del terrorismo de estado que sufrió el país entre 1976 y 1983, como si nuestra historia de violencia e injusticia se limitara a aquellos pocos años. ¡Cuanta perversión encierra todo esto! La historia del terrorismo de estado en la Argentina nació junto al país, como herramienta de dominio político, y aun sobrevive en la actualidad.

 

Si bien en algún momento la excusa fue un último recurso para superar un aprieto, hoy, es una mala costumbre, o vicio, al que recurrimos, constantemente, para eludir o desconocer la realidad que nos tocó en suerte. Hoy es una justificación de lo injustificable, es una falsa razón que manoteamos para incumplir con algún deber, o para no hacernos cargo de lo que nos toca. 

Buenos Aires, calle Diagonal Sur, 1935. Los tranvías van y vienen por el flamante empedrado, mintras multitudes de porteños se abocan a sus tareas. Una cuadrilla de operarios municipales está por ejecutar la demolición de una vieja pensión. Uno de los que allí viven, un viejo vendedor ambulante, habla con el capataz y le pide unos días para que los que allí viven puedan irse a algún otro lugar. El municipal ordena la retirada hasta nuevo aviso.

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