En lo que va de la crisis sanitaria,  una gran cantidad de presos fueron enviados a cumplir su condena en la comodidad de sus hogares, hecho que enfureció a la sociedad, casi tanto como aquella vez que se enteraron que a Micaela García la había matado un preso liberado. Pero, a pesar del enojo, seguimos sin reconocer los verdaderos vicios del sistema judicial y penal.

Más allá de los ridículos debates sobre si el tapabocas o barbijo es bueno o malo, o si sirve o no tomar la fiebre al ingreso a la ciudad, lo cierto es que la medida llega tarde, en respuesta a presiones sociales, y solo será efectiva si deciden acompañarla por una adecuada instrucción y el correspondiente control en el marco de los necesarios protocolos.

En la ciudad de Gualeguay viven unas 40 mil personas, y, a pesar de haber tenido los primeros contagios de la provincia, hoy, a 33 días de aislamiento, vivimos todos al filo del desastre sanitario. Si bien existe un Comité de Crisis, éste lo es solo para la pantalla mediática, ya que nadie impone el cumplimiento del DNU presidencial, ni hace nada concreto por evitar los contagios.

La famosa frase de Alsogaray en aquella crisis económica de 1959 hoy resulta más vigente que nunca cuando se revisan los aspectos salientes del virus que actualmente sacude al mundo. Un repaso que sirve para comprender lo que ocurre por acá y lo que vemos en la tele.

En nuestra sociedad, el orden en la convivencia se establece por leyes, las cuales deben ser cumplidas por sus ciudadanos y deben ser impuestas por las autoridades. Cuando las leyes no se cumplen, y la convivencia se desordena, es solo culpa de las autoridades, nunca de los vecinos.

En el pasado, no hace mucho, mirábamos a las naciones y las valorábamos según su PBI. Según el caso, después de ponderar su enriquecimiento económica, considerábamos su potencial militar, su extracción de hidrocarburos o su producción de comodities. Pero, contra un virus, de nada sirven la riqueza, las armas, el petróleo, o el alimento. ¿Entonces?

Mientras todos nos preocupamos por saber hasta cuándo se extenderá el aislamiento social, preventivo y obligatorio, perdemos de vista lo esencial de la cuestión. En realidad, no importa tanto el "hasta cuando", el cual se proyecta hasta terminado el invierno, sino el "cómo" será ese período. Por eso es preciso que pisemos la pelota y, antes de seguir jugando, miremos dónde estamos jugando.

-¿Por qué eligió ser periodista?- Esa fue la pregunta que me hizo, unos días antes de la cuarentena, una estudiante de Comunicación que me llamó para hacerme una entrevista para un trabajo práctico de la Facultad. Respondí lo mismo de siempre aunque, después, esa pregunta me quedó dando vueltas en la cabeza.

 

Los árboles de olivo están más tupidos que de costumbre a esta altura del año. Las manos no agitan las ramas, ni solicitan su bendición. Las calles están vacías y no hay cantos ni alabanzas. El otoño recién iniciado vuelve aún más tristes a nuestras plazas vacías.

Me preguntan porqué me emociono. Solo encojo mis hombros. Me preguntan si fui. Niego con la cabeza. Fruncen el ceño. No comprenden. Me preguntan si algún amigo fue y no volvió. Vuelvo a negar con la cabeza. Me miran en silencio. Hasta que alguien se anima. "¿Y porqué llorás?", me pregunta. Sonrío. No hay modo de que entiendan.

Hoy sigo creyendo que Alberto Fernández es un político perverso e hipócrita que se asoció a los corruptos para acceder a la Presidencia de la Nación. Ahora bien, debo reconocer que, como Presidente, capitaneando un país quebrado a través de una crisis sanitaria sin precedentes, nos ha sorprendido gratamente a todos. Quién lo hubiera dicho.

Hoy existe una gran variedad de entretenimientos para pasar esta crisis sanitaria que obliga a los muchos afortunados a confinarse en sus hogares. Desde los viejos juegos de mesa hasta las nuevas apps de los celulares. Hay para elegir. Por favor elijan cualquier entretenimiento, menos jugar al periodismo.

Un día como hoy, pero de 1977, salió de su casa, pasó al lado de varios buzones, y, en cada uno, depositó una copia de una carta que sería historia. A los pocos pasos, un grupo de tareas lo acribilló, lo cargó y nunca más se lo vio. Justo era el Día de los Trabajadores de Prensa.

Nada más adecuado para definir y sintetizar el desafío que enfrentará el mundo post-corona que el concepto de resiliencia, esa capacidad del ser humano de superar circunstancias traumáticas y de capitalizarlas positivamente.

Necedad, egoísmo, negligencia, capricho, impiedad, vanidad, irresponsabilidad, oportunismo, incompetencia, estupidez, soberbia, impericia, hipocresía e imprudencia. Solo por mencionar algunas de las miserias que desnudó la pandemia. Miserias nuestras, bien nuestras. Miserias que me hacen temerle menos al virus y más a nosotros mismos.

Solo, confinado por ley a la intimidad de mi hogar, en el marco de un operativo estatal de  aislamiento masivo para evitar que nos contagiemos de un moderno y agresivo virus, me pongo a revisar la situación que atravesamos.

Parece mentira que ya dentro del siglo XXI, en plena era del conocimiento, la información sea un cuco a temer y no un recurso a administrar de forma digna y conveniente. Así resulta de observar el comportamiento de instituciones públicas y privadas a la hora de tener que comunicar, y el rol de las redes sociales cuando éstas no informan en tiempo y forma.

Siempre nos dijeron que el poder corrompe, pero siempre preferí creer que el poder corrompía solo a quienes se dejaban corromper. A la luz de la decepción provocada por los últimos gobiernos, los argentinos empezamos a descubrir que, lamentablemente, la corrupción es una cuestión cultural, tan naturalizada, que ya la consideramos inevitablemente nuestra.

Página 3 de 89