Solo, confinado por ley a la intimidad de mi hogar, en el marco de un operativo estatal de  aislamiento masivo para evitar que nos contagiemos de un moderno y agresivo virus, me pongo a revisar la situación que atravesamos.

Parece mentira que ya dentro del siglo XXI, en plena era del conocimiento, la información sea un cuco a temer y no un recurso a administrar de forma digna y conveniente. Así resulta de observar el comportamiento de instituciones públicas y privadas a la hora de tener que comunicar, y el rol de las redes sociales cuando éstas no informan en tiempo y forma.

Siempre nos dijeron que el poder corrompe, pero siempre preferí creer que el poder corrompía solo a quienes se dejaban corromper. A la luz de la decepción provocada por los últimos gobiernos, los argentinos empezamos a descubrir que, lamentablemente, la corrupción es una cuestión cultural, tan naturalizada, que ya la consideramos inevitablemente nuestra.

Este cartelito despertó una catarata de expresiones que, a la luz de nuestra real esencia, solo producen asco. Entre la aporofobia genérica de muchos, y la hipocresía demagógica de otros tantos, en ambas veredas de la calle, solo queda lugar para las nauseas.

Uno de los signos de vitalidad es no estancarse. Cuando tenemos propósitos que cumplir, metas por alcanzar, encontramos sentido para el esfuerzo. Más allá de si esas metas son laborales, académicas, de salud, salir de la quietud es sano. Y si se trata de realizar sueños el empuje es mayor.

En estos días de tarjetas alimentarias, mujeres con hijos chicos, y sin trabajo formal, fueron foco de todo tipo de desprecios solo por necesitar ayuda y recibirla. Muchos pierden de vista que son las gallinas del último palo de un gallinero que compartimos y que nunca nos molestamos en corregir, sino que solo buscamos ubicarnos en un palo mejor.

O de piedad. Lo cierto es que, a lo largo de la historia argentina, la pobreza ha sido un capital político especialmente cultivado,  celosamente custodiado e íntegramente aprovechado por todos y cada uno de los políticos que ostentaron poder en este país. Esta es solo otra prueba de la pobreza de escrúpulos y piedad de la clase política.

La vida es así. Un día de un lado, al otro, del otro. Un día llorás, y, al otro, te lloran. Así es la vida. Siempre fui observador de nuestro carnaval, pero las últimas noches me tocó ser un espectador más que llega al corsódromo en busca de diversión. El ojo crítico se tomó franco y solo quedó el alma entregada a la fiesta. ¡Y que fiesta!

En mayo de 2019, Bogdan firmó con Frigerio un acta acuerdo para la construcción de la Planta Potabilizadora en Gualeguay; a principios de este mes, Rubattino reforzó ese pedido ante el jefe de Gabinete de Alberto Fernández; y, la semana pasada, Bogdan volvió con el tema en el ENHOSA. A pesar de esto, por la millonaria inversión que significa, y las distancias políticas existentes, difícilmente pase de promesa.

El Papa acostumbra abrirnos su corazón y enseñarnos así a sumarnos en el camino de la alegría del Amor, del Evangelio. Cuando hablamos de sueños la mayoría de las veces nos referimos a anhelos casi imposibles de cumplir. Situaciones futuras tan deseables como “inalcanzables”.

Todo hace parecer que, en la actualidad, los crímenes se resuelven en facebook. Alguien publica los detalles del caso, unos publican en nombre de las víctimas y los testigos, otros abonan con conceptos sobre justicia, algún tercero aporta pruebas irrefutables, y, finalmente, cientos de jurados dictan condena. Pero esto nada tiene que ver con la justicia, donde somos inocentes hasta que se demuestre lo contrario.

Desde hace un buen tiempo se ha instalado en la sociedad la idea de que todos los medios, y los periodistas, tienen una pertenencia política. Esto ha sido bien aprovechado para desacreditar la información circulante, ahuyentarles anunciantes, así debilitarlos, y sumir a la sociedad en la desinformación.

Es Gualeguay, sur de la provincia de Entre Ríos. Es noche de sábado, noche cálida de verano. El pueblo apura los trámites, a las diez comienza la fiesta. El Corso de Gualeguay es, en esta época, el punto de encuentro para propios y extraños. Un carnaval que fusiona fiesta y show, glamour y espuma.

Mientras son tendencia en el mundo las ciudades accesibles, como signo de real inclusión, Gualeguay, aunque destacada por sus políticas en discapacidad, aún está lejos de ser una ciudad inclusiva y accesible.

La modernidad, la globalización y las nuevas tecnologías pusieron en valor las imágenes y su tratamiento. Razonable, su impacto supera el de mil palabras. Pero, más allá de eso, el Estado no debe confundir los roles, ni olvidar el carácter público de sus actos y eventos. Cada uno de los actores debe cumplir su rol.

Solemos decir, y con verdad, que cada día es el día de la madre o del padre, aunque los conmemoremos de manera especial un domingo al año. De ese modo reconocemos su importancia permanente en nuestra vida, la familia, la sociedad. Mediante canciones, poemas, saludos, expresamos la gratitud ante la maravilla del amor que nos brindan en el origen de la vida y en el cuidado que reparten durante toda la existencia.

Estos días de violencia ovalada y lluvia etílica recordé mucho, y con una sonrisa, que, cuando éramos chicos, los grandes renegaban con nosotros, y se acordaban siempre de sus padres y su crianza. "Mirá si yo le iba a decir eso a mi padre", escuchabamos, y nos remarcaban: "a rebencazos nos sacaban". Es indiscutible que los tiempos cambian, el secreto es hacernos cargo de esos cambios y de que sean para mejor.

En esta actualidad de hogares monoparentales o ausentes por trabajo, de intromisión mediática, y de derechos a la marchanta, la conducta de los hijos dejó de estar en las manos de sus padres, y estos vagan a la deriva, en escalofriante soledad, y a merced de la suerte, mientras que el Estado, quien debe actuar en estos casos, mira para otro lado.

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