Cuando, en el afán de ser, y el de que sea, se olvidan costumbres y respetos, surge la resistencia y ésta impone lo correcto, pero sin que eso signifique lo conveniente. Con el diario del lunes se puede apreciar que la candidatura de Dora Bogdan a Diputada Nacional fue un capricho arbitrario y unilateral que casi nos hace perder la oportunidad de tener un gualeyo o gualeya en el Congreso, y que desnudó, de este lado, miserias y mezquindades propias del otro lado.

La semana pasada, con bombos y platillos, anunciaron la noticia de que la actual Secretaría de Desarrollo Humano, por Evolución, y de la mano de Martín Lousteau, secundaría a Rogelio Frigerio es su lista para disputar las próximas PASO contra otra propuesta puramente radical. De ese modo, Gualeguay, sin dudarlo, celebró la oportunidad de volver a tener a alguien de la ciudad en el Congreso Nacional. Lo que la gente no sabía en ese entonces es que se trataba de una operación para imponerla a Dorita como candidata, y que, al mismo tiempo que todos, se enteraban de la candidatura tanto el propio Frigerio como el mismo Lousteau.

La idea de que Dorita fuera segunda en la lista se barajaba desde antes de la bajada a Gualeguay de Lousteau, es cierto, pero aún había tiempo para decidir bien, ya que faltaba una semana para el cierre de listas. La razón que justificaba su candidatura era simple: Primero, Gualeguay es uno de los principales bastiones electorales de Cambiemos, segundo, la segunda banca era para Evolución, y, tercero, por cuestiones de cupo, tenía que ser una mujer. Pero nada estaba definido todavía, principalmente por respeto a la cantidad de dirigentes mujeres que hay en Entre Ríos con prestigio y trayectoria dentro del radicalismo.

Pero nadie reparó en todo esto, y, de buenas a primeras, los medios locales anunciaron la candidatura de Dorita. Como era de esperarse, los medios provinciales se hicieron eco de la noticia, y la iracunda reacción del radicalismo entrerriano no tardó en hacerse oír. En toda la provincia se preguntaban quién era Dora Bogdan, y, aunque la relacionaban con su fallecido hermano por el apellido, también se preguntaban si era radical. Al enterarse que ni siquiera había habido una ficha de afiliación entre gallos y media noche, los celulares se pusieron al rojo vivo.

Era lógica la reacción de los radicales, tanto de sus dirigentes como de la propia militancia, ya que contando con mujeres de la talla de Marialé Viola, Gracia Jaroslasky y tantas otras, con una trayectoria dentro del partido, preguntaban qué necesidad había de incorporar a alguien ajeno, mientras imperaba la curiosidad por saber cuáles eran los extraordinarios atributos políticos de la gualeya que podrían justificarla.

De este modo, ante la falta de argumentos genuinos y legítimos que justificaran la nominación de Dorita, la ilusión que apareció un día, fue desapareciendo rápidamente al otro, y el propio Atilio Benedetti se vio obligado a bajarle el pulgar. Afortunadamente, esa desprolijidad no fue suficiente para que Gualeguay perdiera la oportunidad de tener una banca en el Congreso, pues para la estrategia de Frigerio este distrito es más importante que cualquiera de los otros.

Así fue que salieron a buscar, en un ámbito que no abundan mujeres políticamente comprometidas, una que fuera dirigente radical de Evolución. Así apareció Marcela Ántola, tan desconocida en la provincia como la Bogdan, pero con un pasado radical que la respalda y seis años de concejal por Cambiemos. El nombre de Ántola fue impuesto por un par de intendentes, por un lado, una para que fuera alguien de Gualeguay, y, por el otro, otro para que no fuera otra figura femenina del radicalismo, incómoda para muchos.

Ahora bien, toda esta corta telenovela de la Operación Dorita pone en evidencia no solo el irrespeto por la pertenencia partidaria y por las estructuras políticas que impera en Gualeguay, creyendo que todo es posible solo porque así se lo desea, sino, también, desnuda una injustificable inexperiencia política al cabo de 6 años en el gobierno.

Igualmente, más allá de esto, la Operación Dorita prueba que los paladines entrerrianos del cambio profesan la misma avidez por el progreso individual que sus opuestos kirchneristas, ya que, a la hora de elegir a un legítimo representante del pueblo, no lo hacen según mecanismos vinculados a la calidad y a los méritos de las alternativas, sino según pactos fundados en intereses puramente electorales. O sea que, del lado del cambio, se aprecian mejores modales, pero prevalecen las mismas miserias.

Sea como sea, quienes lleguen al Congreso de la Nación serán beneficiados con una dieta anual millonaria por no hacer nada más que obedecer a la conveniencia de su partido de cara al 2023. Es que, en realidad, no hay mucho por hacer desde cualquier legislatura, ya que, en este país, no faltan leyes, sino cumplirlas y hacerlas cumplir.

Por último, cabe remarcar que esta Operación Dorita, la cual terminó como una frustrada jugarreta política, por la forma en que se sucedieron los hechos, hace prever  que se resienta con culpas y rencores la ya complicada convivencia dentro del espacio al frente de la Municipalidad local, donde radicales, pros y vecinalistas se enfrentan por protagonismos e intereses particulares, afectando el desempeño del gobierno.

Norman Robson para Gualeguay21