Desde hace mucho tiempo mucho se discute sobre el potencial turístico de Gualeguay. Desde tiempos de Jaime, la dirigencia política y el pequeño empresariado turístico entretienen a la sociedad gualeya con el cuento del turismo, pero, desde entonces, no solo que nunca se hizo nada, sino que se dejaron degradar los recursos, perdiendo valiosas oportunidades. Hoy el cuento se llama parque acuático, así como antes fueron las termas y el autódromo. Lo cierto es que, a pesar del enorme potencial que tenemos en naturaleza y cultura, envidia de cualquier ciudad, a ningún gobierno le interesó nunca el turismo, y al poco turismo existente nunca le interesó exigir que lo haga, porque le va bien así.

Hoy dicen que Gualeguay te espera. Puede esperar gente con los carnavales, apenas dos meses al año. Puede esperar algo de gente con algún festival, con algún encuentro. Puede esperar algún avesado pescador, o algún citadino estresado, clientes exclusivos de algún prestador. Pero Gualeguay no espera turismo en serio, pues, lisa y llanamente, no tiene cómo ni con qué. A pesar del enorme potencial que tiene en sus patrimonios natural y cultural, y en su conveniente ubicación geográfica, Gualeguay no tiene un volumen de propuestas, ni tiene un calendario de eventos que alcancen para seducir una demanda concreta, ni, mucho menos, para atenderla.

Para que haya turismo en un lugar tiene que haber un Estado comprometido con la actividad disponiendo el escenario propicio para que surjan las ofertas, se desarrollen, y se hagan exitosas. Pero, para eso, también tiene que haber un sector interesado en que lo haya y presione en tal sentido. Todos sabemos que al poder político hay que obligarlo a trabajar, salvo algún vuelto, y que los prestadores turísticos, si están cómodos en su nicho, no van a obligar al poder a hacer algo que pueda incomodarlos. Nadie va a salir de su estado de confort si no hay una necesidad, y menos si puede ser una amenaza.

En Gualeguay, los gobiernos de las últimas décadas no solo no se interesaron en desarrollar turisticamente la ciudad, sino que dejaron que se pierda lo poco que había, mientras que los pocos prestadores, con su silencio, solo fueron espectadores indiferentes de lo que ocurría. Unos y otros sobrevivieron cómodos en la suya. En ese contexto, a la ciudad se le fueron degradando sus ofertas, hasta llegar a la realidad actual. Hoy, apenas hay carnaval y una improvisada agenda de eventos, todo organizado por el Estado sin contribuir en nada al desarrollo turístico. Nada que haga que hay quede al alcance del turismo. Sino observemos que pasó con las ofertas natural, cultural y de comercio y servicios.

Hablando con nombre y apellido, en este tiempo, Puerto Viejo, El Aguara y El Faro, por nombrar algunos, se convirtieron en ejemplos de emprendimientos exitosos, mientras que el balneario desapareció, los puentes se caen, y, de aquellos que invirtieron en cabañas, muchos ya hace años que las cerraron o las alquilan como vivienda. Todo esto se puede comprobar observando en detalle como evolucionaron en Gualeguay las ofertas naturales, culturales y de servicios.

La oferta natural

Gualeguay tiene 32,4 kilómetros de costa ribereña dentro de su ejido, atributo natural que la hace única en el país, y que la hace una ciudad con río. Con mucho río. A pesar se eso, hoy ya no tiene balnearios, y aquel municipal que otrora fuera popular hoy está abandonado sin razón alguna. Incluso, la ciudad tiene tres valiosísimas reservas naturales públicas a las cuales no se puede acceder, y sus puentes Paso de Alonso y Viejo Pellegrini, íconos de su glorioso pasado, colapsaron por falta de cuidado. Es más, a pesar de no existir ningún análisis que lo afirme, desde hace tiempo el río está condenado socialmente como contaminado.

Como si fuera poco, al final de toda esa riquísima costa, rivera que, desde La Toma, pasa por el Boquerón, la desembocadura del Peralta y Los Tres Palos, la ciudad de Gualeguay tiene Puerto Ruíz, el puerto más antiguo de la provincia, y la única puerta de acceso a uno de los paraísos pesqueros más ricos de la región, y más a mano de la demanda nacional de esa práctica deportiva. Algunos emprendimientos particulares y el éxito de las dos fiestas anuales de pesca que se realizan así lo demuestran, pero su gente sigue sobreviviendo de la depredación, y solo viven del turismo un par de emprendedores para unos pocos turistas. 

Del mismo modo, el ejido gualeyo tiene, aparte de algunas importantes extensiones rurales, más de 1500 hectáreas semiurbanizadas de chacras, con encantadores argumentos naturales, un escenario apto para el desarrollo de diversas propuestas turísticas, combinando viejos almacenes, plantaciones de pecanes, producciones minifundistas y espacios residenciales, todos conviviendo con la fauna y la flora del lugar.

En definitiva, cualquier turista que visite Gualeguay difícilmente pueda acceder al enorme patrimonio natural que ella tiene tanto en su costa como en el interior de sus chacras, y disfrutarlo en toda su dimensión. A pesar de la creciente demanda, un visitante difícilmente acceda a propuestas de cabalgatas, o paseos en bote o lancha, o en bici, en los que pueda apreciar nuestros lugares paradisíacos, con toda la naturaleza a su alcance. Ni hablar de cabalgatas, fotosafaris, o avistaje de aves. Hasta cuesta comprar carnada para pescar. ¡Insólito!

En uno y otro caso, nunca hubo acciones desde el gobierno que pongan el amplio espectro de ofertas al alcance de algún turista, mucho menos que las convierta en argumento de seducción.

La oferta cultural

Por otro lado, Gualeguay es una ciudad que en marzo próximo cumplirá 239 años, y que, desde su fundación, y hasta el siglo pasado, se caracterizó por su hegemonía económica, social y cultural en la región. Toda esta historia ha dotado a la ciudad de un grueso contenido cultural, tanto en el arte como en las costumbres. Artes cultivadas todavía por una enorme generación de artistas locales de todas las disciplinas, y costumbres profesadas por una populosa casta tradicionalista. Ambos bastiones de nuestra cultura que luchan por políticas que, aunque sea, los defiendan. El legado construido por tantos reconocidos cultores gualeyos le valió a la ciudad que la reconocieran como Capital Provincial de la Cultura, un recurso netamente turístico.

Pero, a pesar de este enorme bagaje de valiosos argumentos, para los sucesivos gobiernos la cultura fue siempre un incómodo costo, y sus cultores molestos vecinos. Nunca se entendio, ni asumió, la responsabilidad pública de desarrollar la cultura como argumento de identidad, ni se entendió, a pesar de la demanda, la oportunidad de explotarla como recurso turístico.

Tan es así que toda la historia gualeya que fue registrada en un libro por Humberto Vico desapareció. Difícilmente alguien pueda acceder a esa historia, mucho menos un turista, ya que la única edición se agotó hace casi 4 décadas, y nadie nunca se interesó en reeditarlo. Ni siquiera para que las nuevas generaciones supieran su historia. Ni hablar de otros libros y libritos, hechos por otros gualeyos, que podrían ser de interés para un turista. Difícilmente un gualeyo medio pueda contarle a algún visitante quien fue Juanele, Amaro Villanueva, o Emma Barrandegui, o pueda relatarle las vicisitudes del corso Garibaldi por estos pagos. Historias y personajes por demás encantadores para cualquiera que nos visite.

De la misma manera, difícil que alguien pueda acceder a la exquisita producción plástica gualeya, reconocida por todo el mundo, ya que no hay un museo donde se la pueda encontrar. Aunque más no sea, algo de todo eso. Así como es difícil poder escuchar a alguno de los magníficos músicos que tiene la ciudad, muchos reconocidos en el país y en el mundo. Me pregunto cuántos gualeyos conocen el prestigio de Nardo González, Hugo Mena, Juan Martín Caraballo, Valentín Cosso, o Juampi Francisconi. Tres pájaros de un tiro. Tal es la desidia de la política gualeya que hizo desaparecer, de una, a Cari Pico, a la Orquestarra y a Guitarras del Mundo. Una pérdida irreparable.

No es distinta la situación de los tradicionalistas, con sus pilchas, sus caballos, y sus costumbres. Ellos no solo rescatan, preservan y honran nuestra identidad, sino que podrían componer un recurso turístico de gran demanda. Al igual que podrían hacerlo nuestras comidas criollas, intervenidas por los inmigrantes, con nuestra galleta erigida como un símbolo distintivo de nuestra identidad. Algo que se supo instalar pero se abandonó con el tiempo.

Pero todo eso boya a la deriva, abandonado a la buena de Dios, sin que ni siquiera los propios gualeyos puedan acceder a disfrutarlos. Nunca, ningún gobierno hizo algo que ponga en valor todos estos recursos, les de forma y los ponga al alcance del público local y visitante. 

La oferta de servicios

Toda actividad turística no sólo exige una adecuada oferta de alojamiento y gastronomía, sino, también, una oferta comercial y de servicios básica a la altura de la demanda: farmacias, talleres, comestibles, combustibles, transporte, etcétera. Pero, en Gualeguay, ni la oferta de camas ni la de cubiertos está a la altura de una ciudad turística, sino que apenas conforman la demanda doméstica. Ni siquiera lo está la oferta de pan, o carne, o bebidas, ya que cualquier afluencia extraordinaria provoca que todo se colapse. Ni hablar de los cajeros automáticos. A pesar de esto, ambas ofertas se redujeron en las últimas décadas, y más aún con la pandemia.

En lo que se refiere al alojamiento, la escasa oferta de Gualeguay solo se ve superada, ocasionalmente, algunos fines de semana al año, en algunas fechas de carnaval y algún finde largo. El resto del año, apenas alcanza un 50 porciento de ocupación promedio. Como resultado de eso, en 2010, luego de que explotara la construcción de cabañas para el turismo, y proliferaran varios emprendimientos, las mismas, ante la ausencia de demanda, terminaron alquiladas como viviendas en contratos convencionales. Similar es el caso de la oferta de camping, la cual alguna vez fue importante, con el camping municipal y otros privados, pero que hoy se reduce a nada.

En cuanto a la gastronomía, la historia no ha sido distinta, plena de apariciones y desapariciones, cambios de manos que solo le han quitado estabilidad y calidad a la oferta. Ejemplos de esto son los casos de Tijuana, una estructura levantada como confitería pero que hoy es un gimnasio, y la parrilla Don Hilario, también construida como tal que no termina de consolidarse, mientras un viejo y majestuoso banco en una esquina céntrica trata de convertirse en confitería.

En todas estas décadas, nadie se preocupó, y menos se ocupó, de que la oferta de camas y cubiertos esté a la altura de una demanda turística, principalmente porque nunca la hubo, y los gualeyos siguen rehenes de la situación. Por ejemplo, si alguien, local o turista, pretende un taxi o remise, tiene que ser en los horarios que la oferta quiere trabajar, sino no encontrará ningún servicio, pues el mismo no está controlado por la Municipalidad, como en cualquier lugar del mundo.

Conclusión

Está claro que este artículo no apunta a conquistar amigos, pero cada cosa planteada fácilmente puede comprobarse en la calle, o simulando ser un turista. Desde el gobierno, y desde algún prestador exitoso, siempre surgirán creativas excusas y oportunas culpas, pero la realidad está allí, a la vista de todos, imposible de encubrir o disimular, por más que improvisen o inventen nuevos  negocios solo para ilusionar a la sociedad, o para tener algún otro beneficio.

Gualeguay, por las calidades y cualidades de sus patrimonios, merece un turismo cierto y de verdad, y algún día lo tendrá, sea por iniciativa de la política de Estado, o sea por la sola prepotencia de esos mismos patrimonios que alguien sabrá aprovechar. Del mismo modo, Gualegusy también merece gobiernos de calidad, y, capaz, algún día los tendrá. Lo que si debemos tener en claro es que ningún proyecto, por si solo, genera turismo, ni, mucho menos, hace a una ciudad turística. Solo generan turismo el compromiso público y privado a través de políticas públicas. El resto es humo, es cháchara, es cuento.

Norman Robson para Gualeguay21