El escribano es aquel que da fe de la legalidad de los actos públicos de los ciudadanos, mientras que el Escribano Mayor de Gobierno es aquel que da fe de la legalidad de los actos públicos de un gobierno. Ahora bien, ser Escribano Mayor del gobierno más corrupto de la historia entrerriana, y enfrentarlo, puede costarle la vida a quien se atreva. El Escribano Francisco Gregorio Gastaldi, antes de morir, dio fe de eso. Después de una intachable carrera política y profesional, Pancho y dos de sus hijos, junto a otros, fueron injustamente condenados por una estafa inexistente. A cinco años de su muerte me permito compartir algo de aquello que el propio Pancho supo compartir conmigo.

Fueron muchos los ratos compartidos en la casa de Av. Illia y Epele, donde entre cuentos y anécdotas supe palpar su angustia y su tristeza. No era por el cáncer, ni era por nada de él, sino por sus hijos, afectados injustamente por la inescrupulosa venganza de quien no pudo aprovecharse de su decencia y entereza. Fueron esa angustia y esa tristeza las que terminaron finalmente con él.

A aquel hombre que la partera Agüero recibió en este mundo el 2 de abril de 1943, a aquel tercer hijo del martillero Gastaldi y Doña Agüero, de calle Urquiza, a media cuadra del Correo, de nada le valieron su carrera y su trayectoria frente al mafioso aparato gubernamental, y al desprecio de un pueblo que, a pesar de conocerlo, muy suelto de cuerpo lo condenó y que, a pesar de conocer la verdad de su inocencia, nunca lo reconoció.

La crónica de su muerte comienza en el gobierno de Sergio Urribarri, cuando los intereses políticos dejaron de ser los de Jorge Busti, y las pretensiones respecto del rol del Escribano Mayor de Gobierno no eran las que entendía aquel gualeyo formado en la Chiclana y en la Normal. Pero, para entenderlo, hay que recordar que Pancho de crió en una familia radical de la mano del abuelo Agüero, un caudillo elegido intendente en el 52, pero que los correligionarios de Yrigoyen le robaron las urnas. A partir de aquello, juró que sería “cualquier cosa menos radical”, y, con ese pensar, a los 21 años, viajó a Santa Fe a estudiar abogacía.

Aquel Escribano de Gobierno, durante los ocho años del gobierno de Urribarri, no dudó en no prestarse a muchos de los "negocios" de aquel Sueño Entrerriano, como los casos de las cosechadoras, del Más Cerca, del fideicomiso de Ibicuy, o de la Arrocera del Delta, solo por mencionar algunos. En 2003, el Gobernador Jorge Busti habia invitado a Pancho a volver a la política, ya que necesitaba a alguien de confianza que redimensionara la Escribanía Mayor de Gobierno, para regularizar todos los patrimonios del Estado provincial, y para controlar y legalizar todos los actos públicos del gobierno. El escribano había aceptado y el mandado había sido cumplido al terminar la gestión de Busti, incluso normalizando las tenencias de las islas.

Pancho no había crecido al amparo del Estado en la administración pública, aquel Escribano público había crecido vendiendo cuadros de santos en la secundaria y autos usados una vez recibido, cuando se instaló como procurador en Galarza, donde Don Reichel lo afilió al peronismo. 

Don Pancho estaba preparado para enfrentar cualquier venganza, hasta sabía que llegaría, pues conocía bien el paño. Por eso no lo sorprendió, en 2013, aquella descabellada operación, pergeñada en un estudio jurídico de Paraná y que solo podria haber prosperado en la Justicia gualeya. Lo sorprendió la inclusión de sus hijos en ese vil ataque. Sus hijos Laura y Panchito fueron denunciados con él por estafa, junto a la viuda de Héctor Ascar, un amigo de éste, su sobrino y la señora, en un fideicomiso suscripto en 2007 por Ascar, quien luego falleció en 2011. Una aberración jurídica manipulada con malicia para cargar contra un enemigo de 70 años, y, de paso, quedarse con algún bien en el camino.

Sin dudas, Ascar había recurrido al fideicomiso para dejar fuera de su herencia a herederas que no quería, pero de eso nada de culpa tenían los condenados. Años después quedó demostrado que así había sido, pero no se supo porqué había sido así. Nadie investigó qué intereses había en Paso de Alonso, ni, mucho menos, qué encono había contra el Escribano Gastaldi. Los demás solo fueron daños colaterales de la operación.

Pero Pancho se descuidó, olvidó de que él era, más allá de todo, un hombre de familia, casado en el 70 con Paula Iriarte, primera dietista del Hospital San Antonio, quien le había dado tres hijos: Panchito, Laura y Julieta, y que éstos, a su vez, le habían dado nietos. Él se olvidó que ese era su talón de Aquiles. Él había aprendido mucho de las miserias de la política desde 1973, cuando, con apenas 30 años, y bajo la consigna de "ni yanqui ni marxista", fue concejal de su ciudad, pero sus códigos no lo prepararon para un ataque contra su familia.

Mucho había aprendido Pancho desde 1983, cuando, a contrapelo del mundo, ganó la intendencia al frente del peronismo local, y, a los pocos meses, fundó la Liga de Intendentes Peronistas, la cual, en el 87, erigió gobernador a Busti. Pero cuando, en noviembre de 2015, los titulares anunciaron la condena penal por "ser partícipes necesarios del delito de estafa", y a nadie le importó la justicia, solo valió la noticia sobre el Escribano Mayor, sintió una puñalada en el corazón. Por entonces, ya le habían embargado sus cuentas e ingresos, y, al asumir Gustavo Bordet la gobernación, lo reemplazó arbitrariamente en el cargo, el cual era, por ley, vitalicio.

Para rematarlo, a la operación, desde el principio, se sumaron los medios locales y provinciales, que no escatimaron adjetivos y exageraciones para con Gastaldi y su familia, sin siquiera profundizar en las acusaciones. Olvidaron que Don Pancho había sido, también, Escribano de la Nación nombrado por Carlos Menen para las privatizaciones, y que, por entender que las empresas del Estado debían concesionarse y no venderse, renunció a los tres meses.

La prensa, sedienta de sangre, e interesads más en congraciarse con el poder que en la verdad, olvidó que Pancho, desilucionado por las privatizaciones, y triste por la pérdida de su amigo Neri en plena campaña politica, había dejado la política, en 1991, para dedicarse a su escribanía de Gualeguay, abierta en 1980.

Todo eso facilitó el avance del cáncer en el viejo Pancho, quien, al cabo de casi 50 años de política, solo se le conocían por bienes su casa de siempre sobre Av. Illia, la chacra cerca del autódromo, y su lugar en el mundo: El Maturrango, un campito inundable de 100 hectáreas, a orillas del río Gualeguay, frente a Paso de Alonso, por donde soñaba que volviera a pasar el tren, otro de sus vicios.

En su desesperación, el 24 de noviembre de 2016, Pancho le escribió a Laura Alonso, a cargo de la Oficina de Anticorrupción de la Nación, "a los efectos de denunciar la persecución de la que somos víctimas, tanto mis dos hijos como yo cuando me desempeñaba como Escribano Mayor de Gobierno de la Provincia de Entre Ríos, por resistirme a formar parte del armado corrupto del conocido Sueño Entrerriano del entonces Gobernador de la Provincia de Entre Ríos y candidato a Presidente, Sergio Daniel Urribarri".

"Cabe destacar que tan corrupto es todo el entramado que expongo, que en solo un año pasamos sorprendentemente de indagados a procesados y condenados, en una causa por un delito prescripto, cuyo expediente había sido archivado por falta de mérito, donde la estafa se contradice con el crecimiento del capital fiduciario, y donde ni mi hija ni yo actuamos como escribanos, mientras que la presidente del fideicomiso y la escribana actuante ni siquiera fueron procesados", le contó Pancho a Alonso en esa nota.

Por último, el otrora escribano lamentó "que, durante este proceso, y con toda malicia, cada instancia fue difundida mediáticamente por todo el aparato de prensa funcional al Sueño Entrerriano, damnificándonos social y económicamente, al grado de afectar tanto la salud como las actividades particulares de cada uno".

Pero nada de todo eso sirvió. Siete meses después, el 29 de junio de 2017, Pancho falleció. Unos años después, la Justicia entrerriana los declaró a todos inocentes de culpa y cargo, pero él ya no estaba, y, otros años más tarde, esa misma Justicia afirmó que el ex gobernador Sergio Daniel Urribarri era corrupto. Seguro que, en cada una de estas resoluciones, aquella mueca que Pancho tenía por sonrisa inundó el cielo.

Hoy, la crónica desnuda que, a cinco años de aquella muerte, la provincia de Entre Ríos aún adolece, no solo la ausencia de justicia, sino, también, la manipulación de ésta en favor de los amigos del poder y en contra de sus enemigos. La historia da fe de ello, y de que aquella muerte tuvo más que ver con la política que con el cáncer.

Norman Robson para Gualeguay21