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Mucho se habla estos días sobre la realidad política en América Latina en general y en Argentina en particular. Muchas preguntas y ninguna respuesta sobre cuales serían las causas de tanta convulsión política y social, de una grieta fundada en argumentos ya inexistentes, y del resurgimiento de propuestas populares que nunca lo fueron.

A pesar de que la Guerra Fría terminó hace tres décadas, de que el comunismo fracasó en todo el mundo, y de que ya no existen ni la derecha ni la izquierda, hoy Latinoamérica sigue siendo el campo de batalla de enfrentamientos entre éstas agotadas ideologías, rompiendo con toda lógica y coherencia.

Para pretender comprender esta realidad actual, debemos remontarnos en la historia, hacia mediados del siglo XX, cuando el comunismo desembarcó por primera vez en América Latina. Aquel alimentó las guerrillas, luego reaccionaron las dictaduras militares, después siguieron las democracias, a éstas el neoliberalismo, y, finalmente, llegó el populismo, el cual, al agotarse, dio lugar a gobiernos que apuntaron a restaurar el orden perdido.

El desembarco del comunismo

Eran tiempos de Fidel, el Che y Cienfuegos contra el capitalismo occidental. Era la Revolución Cubana. En aquel entonces, otras revoluciones tuvieron lugar en América Latina, todas de la mano del comunismo revolucionario y en respuesta a la demanda social de la clases postergadas.

Ya entonces, sumidos en la pobreza y la ignorancia, los pueblos de la región reclamaban una más justa distribución de la riqueza. La Argentina fue la única diferente, ya que la justicia social vino democráticamente por el fascismo, de la mano del General Juan Domingo Perón, quien lo había adoptado en Italia, del propio Mussolini.

Igualmente, pasaron los años, y el único gobierno revolucionario que había sobrevivido era el cubano, mientras que Perón había sido derrocado por una revolución conservadora. Por supuesto que la distribución de la riqueza no había mejorado, y tanto la pobreza como la ignorancia seguían en los mismos niveles.

Prende la revolución

En ese contexto llegaron a la región los ecos del Mayo Francés, desde la lejana Europa. Fue en 1968. Eco que en la Argentina, aunque ya con conquistas sociales efectivas obtenidas por el peronismo, dio lugar al Cordobazo, donde trabajadores y estudiantes insistieron en una mejor distribución de la riqueza. Tiempos de genuina convulsión ideológica en contra del capitalismo.

Todo esto, más tarde o más temprano, repercutió en todo el continente sudamericano recalentando la convivencia social. Así es que, en los setentas, el comunismo aprovechó esa oportunidad que le dio la postergación social de la región y avanzó amenazante, enquistándose en la clase media intelectual latinoamericana, y alistando referentes que rápidamente pasaron a formar los distintos movimientos subversivos: ERP, Sendero Luminoso, Tupamaros, Montoneros, etcétera.

Nada de esto resultó de un capricho fortuito, mucho menos de algo espontáneo, o de una genuina reacción social, sino que fue producto de la estrategia implementada por el comunismo soviético, y sus interlocutores cubanos, en el marco de la Guerra Fría contra Estados Unidos.

El malestar social común en toda la región hizo que el territorio fuera fértil y permeable, ideal para sembrar la discordia y conquistar socios contra el capitalismo norteamericano.

Esto lo llevaron a cabo entrenando y financiando las distintas guerrillas, las cuales rápidamente comenzaron a sembrar el terror en la región, atentando contra gobiernos democráticos o dictaduras de facto. Por entonces, el discurso revolucionario seguía enarbolando una justa distribución de la riqueza para paliar la pobreza y la ignorancia.

El carácter revolucionario de aquellas guerrillas era netamente ideológico en sus bases, cuadros realmente comprometidos con la causa, pero las dirigencias rápidamente se fueron corrompiendo, especialmente a partir del dinero que entraba como parte del negocio del terror. Vale recordar, como ejemplo, que el rescate pagado por los hermanos Born en la Argentina, solo, alcanzó los 60 millones de dólares.

De ese modo, en nombre de los trabajadores y de los pobres, las sociedades latinoamericanas se vieron bañadas en sangre. En la Argentina, entre la segunda mitad de la década del sesenta y la primera del setenta, el terror arrasó con muchas vidas.

La reacción de la derecha

En respuesta a esta avanzada comunista, Estados Unidos, de la mano de Henry Kissinger, y aprovechando la demanda de orden y paz, delineó su estrategia para neutralizarla, primero ayudando a las Fuerzas Armadas de los países comprometidos, y, luego, instando a éstas a tomar el poder.

Pero en Sudamérica ninguno de los procesos militares fueron menos violentos, ni más justos, que los subversivos, sino que extendieron el baño de sangre hasta la década del ochenta. Tal el caso de Pinochet en Chile y el de la junta de Videla y compañía en Argentina. Los desaparecidos en este período fueron miles y miles, pero nada cambió en la sociedad en cuanto a sus condiciones.

Si bien las economías de la región tendieron a estabilizarse, las políticas de las dictaduras no llevaron justicia social a ningún lado, y se mantuvieron los niveles de pobreza e ignorancia, mientras que en el poder se impuso la corrupción pública.

La retirada de la revolución y la democracia

Así fue que las dictaduras o gobiernos de facto de los militares detuvieron, a sangre y fuego, la incursión del comunismo, y se consolidó, en la región, un rumbo alineado con el Norte, con Occidente.

Esto provocó que los cuadros de la izquierda revolucionaria, muchos aún con dinero de la guerrilla, se replegaran hacia el anonimato y el perfil bajo, muchos en el exterior.

Llegó el momento de la tan difícil transición hacia la democracia. Delicada, frágil. Los distintos gobiernos democráticos que la tuvieron a su cargo debieron lidear con presiones a ambos lados de la calle.

Pero, como en Argentina, las dictaduras cargaron con la culpa, mientras que la guerrilla, aquella que inició el terror, quedó libre de todo cargo, y los exiliados pudieron volver, libres, a la región.

Pero la economía seguía iresuelto, igual que la postergación social. Solo Chile y Brasil parecieron encontrarle la vuelta al desarrollo, pero sus entramados sociales, complejos, no fueron nunca satisfechos.

De esta manera, la supuesta revolución izquierdista seguía latente, con sus consignas tan vigentes como siempre, ya que ningún gobierno había resuelto la desigual distribución de la riqueza, y la injusticia social seguía imperando en la región.

La reagrupación de la revolución

Así fue que, al año siguiente de caído el Muro de Berlín, en 1990, se pergeñó el Foro de Sao Paulo, una agrupación internacional de partidos y grupos de izquierda revolucionaria que, la cual, tras la fachada de una discusión ideológica sobre la realidad política después de la caída del Muro de Berlin, pretendía recuperar el poder que tanto se les había negado.

Del seno de aquel grupo, en 1998, Hugo Chávez fue el primero en llegar al poder, en Venezuela, y lo siguieron Lula Da Silva en Brasil, Néstor Kirchner en Argentina, Tabaré Vázquez en Uruguay, Evo Morales en Bolivia, Michelle Bachelet en Chile, Rafael Correa en Ecuador, Daniel Ortega en Nicaragua, y Fernando Lugo en Paraguay, entre otros. El argumento que los justificó fue común a todos: una redistribución de la riqueza en beneficio de los más pobres, con la restauración de sus derechos.

Aunque ya sin el apoyo del comunismo soviético, pero sí con la misma fantasía ideológica, ya que la dicotomía izquierda derecha ya había desaparecido, los distintos referentes encontraron en el populismo la herramienta ideal para ejecutar sus planes, y muy bien les fue. Los pueblos latinoamericanos compraron el cuento sin dudar.

La famosa "Decada Ganada", gracias a un contexto internacional favorable, se replicó con éxito en todos los países, pero eso no se vio reflejado en los niveles de pobreza e ignorancia, menos en la distribución de la riqueza. La ganancia de aquella década se licuó entre las oligarquias que ostentaron el poder, verdaderas asociaciones ilícitas de políticos, empresarios y gremialistas.

Por eso el relato no resultó sustentable y, finalmente, en todos lados terminó cayéndose. La gente se cansó de esperar la inclusión, los derechos y la riqueza, para terminar descubriendo el engaño: todo era para enriquecerse ellos, esta vez no con la violencia y los secuestros, sino con la grieta y la corrupción.

El pueblo hartado

De ese modo, la estafa social le abrió, por si misma, la puerta a una alternativa independiente, más comprometida pero demasiado improvisada, y vinculada con la supuesta derecha. Y todo empezó a darse vuelta a partir de la asunción de Donald Trump en Estados Unidos.

Jair Bolsonaro, en Brasil, Sebastián Piñera en Chile, y Mauricio Macri, en Argentina, llegaron a traer el cambio a sus sociedades, pero se encontraron con que, a pesar de las décadas transcurridas, y las promesas esgrimidas, la demanda social seguía siendo la misma en todas partes, y que ningún gobierno, democrático o de facto, de uno u otro color, había hecho nada por resolverla.

Eso tampoco fue casualidad, sino que respondió a una estrategia propia de la clase política sudamericana: concebir a las clases bajas como su patrimonio político, razón por la cual, cuanto mayor fueran la pobreza y la ignorancia, mayor sería su patrimonio.

De ese modo, todos, sistemáticamente, mantuvieron al pueblo pobre e ignorante para tenerlo cautivo de su clientelismo y, con éste, sostenerse en el poder.

Por esto, a pesar de la nueva ola política que se impuso en Latinoamérica, de sus buenas intenciones, y de la supuesta honorabilidad de sus referentes, parece ser que ninguno pudo o puede, quiso o quiere, resolver el problema social.

De esta manera, los supuestos revolucionarios supieron, en su exilio interno, mantenerse latentes, e, incluso, fogonear el ambiente sudamericano con esporádicas y violentas manifestaciones "populares". En Argentina, la incompetencia política oficial no pudo contrarrestar la presión desestabilizadora de la oposición, la cual, asociada a poderes económicos, insistió en mellar y anular cualquier pretensión de recuperación social.

El problema se hace cultural

Así fue que, de tanto persistir, la histórica problemática social y económica se fue convirtiendo en un problema cultural, con una importante proporción de la sociedad que, a su pobreza y a su ignorancia, ahora le han sumado la idea de que su solución llegará sin esfuerzo, solo por derecho.

En Argentina, el pueblo quizo buscar su desarrollo integral, y eligió un cambio, pero la inestabilidad económica y social desnudó su intolerancia, propia de su egoísmo, el cual surge de la pobreza y la ignorancia a la cual lo condenó su historia política.

En ese contexto, apretados por la situación económica, desconcertados ante una realidad que nadie les explicó, retrocedieron hacia una propuesta que insiste en prometer lo que nunca cumplió: la redistribución de la riqueza.

El recalentamiento social

Hoy, América Latina se encuentra nuevamente recalentada alentando el regreso de los revolucionarios de siempre, con focos ígneos a diestra y siniestra, o triunfando como ya lo hizo en la Argentina.

O sea, la trampa sigue siendo la misma de siempre, la misma del comunismo, del populismo, y del de ahora, vaya a saber cómo se llamará. Es la desgastada promesa de una justa recomposición de la realidad social, solo por derecho, sin cumplir deberes, sin esfuerzo.

Los pueblos vuelven a comprar el derecho universal a una buena calidad de vida, a la educación, a la salud, a la vivienda, y a la energía, todo en un ambiente sustentable, pero sin sacrificios, sin trabajar. Una ecuación que nunca cerró, y, es imposible que alguna vez cierre. Hasta Perón reconocía que todo argentino debía producir, por lo menos, lo que consumía.

Lo grave de esta actualidad es que la bonanza que en aquel entonces financió el relato ya no existe. Muy por el contrario, el contexto global hoy es adverso, mientras que el aparato revolucionario siempre demanda recursos, y, al no obtenerlos, nunca reaccionó pacíficamente.

Pero lo más tragicómico de toda esta historia es que Latinoamérica olvida que, cuando se cayó el Muro, se terminó el comunismo, y, con ello, la discusión de derecha e izquierda. De la mano de la globalización, del inmediatismo y del consumismo, hoy ya nada se trata de la derecha neoliberal y capitalista contra la izquierda comunista, sino que todo lleva a un único camino, el de un desarrollismo progresista. No hay dualidades. Se agotaron.

Así es como pasó lo que pasó para que estemos como estamos, mientras que la pregunta del millón es cómo salir de esta trampa cultural, sin derramamientos de sangre, y encaminar la región hacia un desarrollo económico y social a partir de una más justa distribución de la riqueza que disminuya la pobreza y aliente la educación.

La pregunta sería, también, como corregir la incongruencia latinoamericana de insistir en el viejo debate de la izquierda y la derecha sobre como repartir la torta, sin darse cuenta de que hoy ya no hay torta, ni hay nadie que quiera trabajar para hacerla. Así, ésto, augura un futuro incierto donde el fantasma de la violencia social se potencia día a día.

Norman Robson para Gualeguay21