Lamentablemente, la política tiñe todo y nos hace perder de vista lo importante, lo trascendente. Ni hablar a la hora de comparar y valorar gestiones de gobierno. En este terreno, la administración que lleva adelante Horacio Rodríguez Larreta en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires es un ejemplo exitoso que nos demuestra que es posible administrar con eficiencia y sin corrupción la cosa pública, y que, por ello, debería ser tenido en cuenta a lo largo y a lo ancho del país. Frente a esto, las comparaciones son inevitables, ya que desnudan realidades incómodas.

Pero nada de esa gestión política es casual, ya que viene desde el 2007, con Mauricio Macri como Jefe de Gobierno los primeros dos periodos, cuando el propio Rodríguez Larreta era Jefe de Gabinete. Período éste a lo largo del cual todas las medidas de gobierno respondieron a estrategias políticas planificadas en base a información cierta, y ejecutadas con el compromiso de toda la gestión.

Dicho de otra forma, el modelo de gestión aplicado en la CABA no es muy distinto a cualquier otro de cualquier empresa privada grande, donde se practica una planificación constante en base a información de cada momento, y se cumple esa planificación a rajatablas gracias al compromiso y profesionalismo de todos los cuadros.

Traducido esto al plano público estatal, quiere decir que se trata de una planificación política ejecutada por funcionarios comprometidos con la gestión, con un conocimiento acabado de la realidad. Esa es la clave del éxito.

En el caso de CABA, el extensionismo político, practicado según un amplio entramado de comunas, le permite a la gestión interactuar constantemente con éstas de modo que lo nutran con demandas, las cuales son evaluadas e incorporadas a la planificación para ser respondidas, en tiempo y forma, con realidades concretas.

En otras palabras, el modelo aplicado en CABA le permite a la gestión saber todo lo que ocurre dentro de los 200 kilómetros cuadrados de su jurisdicción, a la vez que todo lo que se hace responde estrictamente a un plan o proyecto elaborado en función de los intereses de los 3 millones de porteños que allí viven.

No hay dispersión de energía en intereses políticos, ni, mucho menos, particulares, sino que todo se concentra en la gestión pública, y, de ese modo, cada ciudadano, sea de la comuna que sea, percibe de forma concreta la presencia del estado, en cualquiera de sus responsabilidades.

Muy distinto es en Entre Ríos, donde gobierna Gustavo Bordet, y donde conviven 1,4 millones de habitantes desparramados en casi 79 mil kilómetros cuadrados, lo que significa 17 habitantes por km2, casi nada comparado con los 15 mil porteños que conviven en la misma superficie.

Pero lo curioso es que, a pesar de esas diferencias, los presupuestos anuales para el 2021 de ambas jurisdicciones no son tan diferentes al dividirlos por su población. De esto se desprende que se presupuestaron 200 mil pesos del presupuesto 2021 por cada porteño, mientras que, por cada entrerriano, para el mismo año, se presupuestaron unos 180 mil pesos. Esta diferencia es despreciable al observar la calidad de gobierno en uno y otro estado.

Claro está que gobernar la convivencia de 15 mil porteños por kilómetro cuadrado es sustancialmente más difícil que ordenar la vida de solo 17 entrerrianos en similar dimensión, argumento que pondría en ventaja a estos últimos respecto de los primeros, ya que, políticamente, la organización no es tan diferente: 15 comunas en CABA y 17 departamentos en Entre Ríos.

De esta comparación surge que la diferencia entre ambos modelos de gestion está en que, en CABA, la planificación, el flujo de información desde y hacia todo el territorio, y, por supuesto, el compromiso de su gente con los resultados, permiten una presencia concreta y efectiva del estado en todo el territorio, mientras que, en Entre Ríos, no hay planificación alguna, ni interés en conocer la realidad, ni, mucho menos, compromiso alguno con la realidad entrerriana.

En el caso porteño, todo eso redunda en un inmejorable aprovechamiento del presupuesto en beneficio de sus gobernados, lo cual es bien percibido por éstos, mientras que en esta provincia ocurre todo lo contrario.

Por ejemplo, esa percepción de la presencia del estado provincial en una ciudad como Gualeguay apenas se siente en la educación, en la inseguridad y en la justicia, mientras que la coparticipación apenas le permite a la ciudad alcanzar un presupuesto anual de 1.215 millones de pesos para el 2021. Con ese monto, la gestión local de Verónica Berisso debe gobernar un municipio de 90 kilómetros cuadrados donde conviven apenas 45 mil habitantes.

Esto significa que en esta ciudad, donde conviven unos 500 gualeyos por kilómetro cuadrado, mucho más que la densidad provincial y mucho menos que la porteña, el gobierno local gasta por cada gualeyo apenas 27 mil pesos anuales, una cifra imposible de convertir en beneficrecidos a los que reciben los porteños.

En definitiva, las comparaciones son ciertamente odiosas, especialmente si exponen el costo de un modelo donde la prioridad no es gobernar en favor de una sociedad sino acomodarse uno mismo y a su círculo.

Norman Robson para Gualeguay21