Por fin se han puesto de acuerdo. Los dos coinciden en que, en estas próximas elecciones, se trata de dos modelos de país en pugna, y, sin lugar a dudas, eso es totalmente cierto. El tema es que, para cada uno, su modelo es el paraíso, y seguro así lo sea, pero para ellos, no para todos. Entonces, la cuestión, el desafío, es saber cómo es cada modelo, qué tiene de bueno, o de malo, y qué de peligroso, para quienes no somos parte de ese negocio llamado política, y cuáles son los peligros de cada uno.

Más allá de las mentiras que puedan esgrimir uno y otro, las cuales cada uno elegirá cuáles creer y cuáles no, y evitando esa estéril discusión sobre izquierda o derecha, hay realidades técnicas y domésticas que obedecen a los intereses propios de cada propuesta, y que no dejan dudas sobre su esencia. Llamémoslos populismo y república, ya que, técnicamente, eso son, y veamos, primero, las realidades técnicas, esas que nos atañen de modo indirecto, y, luego, las domésticas, esas que nos afectan, de forma directa, en nuestro día a día.

Al populismo, hoy en el gobierno, se lo califica como tal por entenderse a sí mismo como la reencarnación de la voluntad popular y el exclusivo intérprete de sus necesidades. En su discurso, siempre antepone a su pueblo a cualquier otro interés, mientras ataca y neutraliza cualquier institución que se le quiera interponer. Por el otro lado, a la oposición de hoy se la califica como república, por creer que tanto las minorías como las mayorías deben ser respetadas y atendidas por igual, y todo debe ser resultado de acuerdo al consenso previsto por el sistema participativo vigente.

Esta diferencia entre uno y otro se puede apreciar en la relación entre los tres poderes, donde el Poder Ejecutivo actual pretende dominar al Legislativo y al Judicial, y la oposición brega por la independencia de poderes que manda el sistema vigente. De este modo, podemos apuntar, sin temor a equivocarnos, que el populismo es autoritario, y que, la república, es democrática.

Cabe recordar que el sistema constitucional elegido por los argentinos también es republicano y democrático, éste modelo debería asegurarnos que todos los intereses de todos estén representados en el gobierno, ya que se basa en elecciones libres y se sostiene, en la práctica, en la independencia de los tres poderes, y el respeto por todas las instituciones. De acuerdo a esto, las pretensiones y propuestas del oficialismo populista van en contra de la Constitución Nacional, no así las de la oposición.

¿En qué nos afecta uno y otro modelo a los ciudadanos comunes? Si se hicieran las cosas bien para bien del pueblo, en nada. Si lo que se debe hacer se hace, no lo cambia que sea hecho por imposición o por consenso, pero el tema es qué pasa cuando no es así, y lo que se hace es en el interés particular o sectorial, y en contra del bien del pueblo. En este caso, el modelo de la república democrática le abre las puertas a todos los intereses, disientan o no, mientras que el populismo autoritario solo las abre a quienes lo consienten o les conviene.

Ahora bien, traduzcamos todo esto a lo doméstico, a nuestra vida diaria, a nuestro bienestar cotidiano. En este sentido, el populismo impone un modelo socieconómico donde, supuestamente, el Estado debe garantizar el bienestar de todos los individuos, mientras que la oposición sostiene que el Estado debe garantizar el acceso al bienestar, y que son los individuos quienes deben, a través de su esfuerzo y sacrificio, acceder al bienestar.

A pesar de que, en estos tiempos de facilismo y comodismo, la propuesta populista, que otorga derechos sin obligaciones, se ha arraigado en la sociedad, ésta ha olvidado que no hay sistema que aguante si solo se gasta y no se produce. De hacerlo así, tarde o temprano, llegará la quiebra. "Todos deben producir, por lo menos, lo que consumen", decía Perón, y nada más cierto que eso. Si gastamos y no trabajamos, sin ninguna duda, cada vez vamos a ser más pobres, tal como nos está pasando.

Por otro lado, el populismo autoritario, al adoptar los intereses de una sola parte de la sociedad, y despreciar la otra, ha instalado la famosa grieta, la cual alimenta continuamente con su discurso segregacionista o separatista. Esto nos mantiene a todos en constante ebullición, enfrentados, y cada día más violentos, facilitando así el dominio del poder imponiendo sus pretensiones. "Divide y reinarás", o "a río revuelto, ganancia de pescador", dicen los viejos. Por su parte, la república democrática propone un orden de convivencia pacífico a partir de la ley y del respeto, tal cual lo establece la Constitución Nacional.

En otras palabras, se trata de un modelo de postergación, sin progreso, repartiendo el bienestar que va quedando entre quienes con él simpaticen, y condenando a quienes no, contrapuesto con un modelo de crecimiento, alentando el trabajo y la educación en un marco de respeto por la ley y la justicia. Dicho de otra forma, un modelo donde el negocio es la política y sus cargos, y otro modelo donde el negocio es invertir, trabajar y crecer.

Por último, otra diferencia es la sustentabilidad de cada modelo. Como vimos, gastar sin producir nos asegura que, más a la corta que a la larga, el modelo colapsará económicamente sin ningún saldo de capitalización social. A la vista están no solo los índices económicos, sino, también, los de pobreza y deseducación, los cuales, definitivamente, comprometen cualquier escenario que proyectemos a futuro.

De este modo, vimos las cualidades técnicas y domésticas de cada uno de los modelos, lo cual nos permite valorar lo que proponen de aquí para adelante, ese "modelo de país" que hoy está en pugna. Quienes votamos solo tenemos una ventaja: lo expuesto sobre el modelo del populismo autoritario, ya viene siendo demostrado, mientras que lo expuesto sobre la república democrática, aunque haya fracasado en su intento, es  respetuosa de aquello que nuestra Constitución Nacional nos dice.

Por lo tanto, todo lo vertido puede sintetizarse diciendo que en estas elecciones se enfrentan dos modelos de país, uno que atenta contra nuestra Constitución Nacional, y otro que sintoniza con ella. Cada uno de nosotros sabrá elegir qué país quiere para sí y para su hijos y nietos. Lo que sea que pase, no será culpa de los que estén en el poder, sino de todos los que los dejamos llegar allí.

Norman Robson para Gualeguay21