Muchos creen que se trata de una elección ideológica, que cada uno puede creer que el Estado debe hacer o no esto o aquello, y, de ese modo, aprovechan para hacer lo que quieren. No es así, o, por lo menos, no debe ser así. En realidad, el Estado tiene roles que no están sujetos a ideología alguna. La Humanidad, en su afán de vivir y crecer en paz, creó la figura del Estado  para que, desde allí, los gobiernos gobernaran ordenando su convivencia, administrando los recursos comunes, compartidos por todos, y propiciando su desarrollo adecuando para ello todo lo común. Pero, con el tiempo, los gobiernos pervirtieron el Estado manipulándolo de acuerdo a sus propios intereses 

En los albores de la Humanidad, las primeras tribus crearon sus normas, las que establecían qué podían hacer, qué no, qué tenían que hacer y qué no, a la vez que nombraron jefes y concejos para que obligaran a cumplir esas normas y castigaran a quienes no lo hacían. Estas autoridades también imponían medidas estratégicas que los protegieran y los hicieran mejorar.

Hasta los bárbaros tuvieron un gobierno que los ordenara según cómo debían vivir, que estableciera cómo distribuir lo que producieran, y que decidiera a quienes proteger y a quienes atacar. Claro, no era una democracia republicana, era el gobierno de Atila al frente del pueblo bárbaro y haciendo lo que se le ocurría.

Salvando las distancias civiles y culturales, lo mismo pasaba con los zulues bajo el reinado de Chaka, los sioux con Toro Sentado, los aztecas con Moctezuma, los egipcios con Cleopatra, los macedónicos con Alejandro Magno, los romanos con Calígula, los mapuches con Calfucurá, y los griegos con Agamenón. Nadie puede discutir que los gobiernos de aquellos pueblos gobernaban con autoridad, y los planes de sus líderes se cumplían al pié de la letra.

Pero la civilización continuó su proceso evolutivo y, desde las antiguas Grecia y Roma, idearon conceptos más modernos, los cuales se fueron perfeccionando conforme pasaron los siglos. Desde entonces, todas las concepciones entendieron al Estado como ese aparato de recursos humanos, materiales y legales, el gobernar al arbitraje sobre todo lo común, sobre todo lo compartido por los individuos: el orden de la convivencia, la administración de todo aquello que fuera de todos, y la articulación de todo el aparato en pos de proteger la comunidad y facilitar su desarrollo integral.

Así nacieron los sistemas republicanos y democráticos, y, también, las dictaduras totalitarias, los regímenes comunistas, socialistas y populistas, etcétera. Con todos éstos, llegaron las distintas conquistas sociales, y con éstas los derechos humanos, colocando a los individuos en el centro de los objetivos, propiciando un desarrollo más íntegro y digno del mismo.

De ese modo, con un Estado y un sistema de gobierno ordenando la vida de los individuos entre sí en los ámbitos comunes, administrando todos los recursos compartidos, y protegiendo y propiciando su seguridad y desarrollo, llegaron los políticos para hacerse cargo del poder que todo eso concentra.

En la Argentina se adoptó un sistema republicano y democrático que gobierna a los argentinos desde el siglo XIX.

El deber indelegable del Estado

Más allá de cualquier ideología, cabe apuntar que gobernar sigue siendo, tal cual era en los orígenes de la Humanidad, un deber indelegable del Estado, y, para ello, como ya dijimos, debe cumplir con tres tareas fundamentales: ordenar la convivencia, administrar los recursos y proteger y desarrollar los ámbitos comunes. Eso es lo primario. Después sí se puede discutir sobre ideología, sobre si el Estado debe o no educar, curar y proteger, si debe o no repartir subsidios, si debe o no administrar los recursos naturales, el transporte de bandera, o los servicios públicos, o si debe o no condicionar las actividades económicas, o cuanto impuesto debe o no cobrar. Eso sí responde a alguna forma de pensar.

Ahora bien, conforme fueron creciendo las sociedades, y con ellas sus demandas, fueron creciendo, también, las poblaciones a ordenar, las economías a administrar, y las necesidades a atender. Por la propia naturaleza de los individuos, con esos crecimientos, los gobiernos de los Estados fueron corrompiéndose y pervirtiéndose en su rol original.

Como ordenar siempre fue lo más traumático, ya que implica establecerle límites a los individuos, con la antipatía que eso genera y la inconveniencia política que de ello resulta; administrar los recursos siempre fue lo más interesante, pues implica el manejo y distribución de las riquezas, con todo lo conveniente que eso puede ser; y proteger y desarrollar los ámbitos comunes siempre fue aprovechado según los beneficios que ello pudiera significar y no como parte de una estrategia, los gobiernos fueron concentrándose más en la administración, eludiendo el orden y mintiendo sobre protección y desarrollo.

Esta corrupción del Estado, de los gobiernos, y de toda la sociedad puede haber sido posible gracias a que los políticos supieron aprovechar los recursos públicos para manipular los escenarios con propaganda, alentando el consumismo y el individualismo, y alimentando los fundamentalismos, logrando, así, ese revuelto del cual supo sacar su rédito y gracias al cual pudo perpetuarse en el poder. 

De ese modo, o de otro, lograron potenciar las miserias humanas de la sociedad e imponerlas por sobre sus grandezas, y llevarla a ésta situación actual de sálvese quien pueda, donde nadie sabe qué debe hacer el Estado, o qué no debe hacer, y los gobiernos se aprovechan bien de eso.

Norman Robson para Gualeguay21