Un trabajo periodístico sobre las tensiones sufre, como nunca antes, el oficio periodístico en un escenario político polarizado, en el que se cruzan acusaciones, escraches y hasta agresiones.

El trabajo, una compilación de visiones sobre una película que viene sumando escenas crispadas: los afiches callejeros con acusaciones contra conocidos periodistas exponiendo sus fotos, los "juicios" públicos desarrollados en la Plaza de Mayo el año pasado, los compilados de audio de distintos periodistas acusándolos de procesistas, la placa "La tienen adentro" puesta al aire por el oficialista canal CN23 después de la victoria de Cristina Fernández de Kirchner; las declaraciones del presidente de Télam que comparaba a los periodistas independientes con prostitutas, etcétera, etcétera.

 

 

De este modo, el trabajo trata las diferencias planteadas entre la categoría de "periodismo militante" y la de los "periodistas profesionales", que tanto pueden trabajar en medios públicos como privados, compartan o no sus líneas editoriales pero que son acusados por sus colegas de ejercer "militancia corporativa".

En este sentido, el trabajo periodístico rescata algunos puntos de vista sobre la cuestión.

Ernesto Tenenbaum se pregunta quién reveló el acuerdo entre Ingenio Ledesma, el gobierno nacional y el Frente para la Victoria en Jujuy para desalojar gente que ocupa terrenos y asesinar personas, quién descubrió el caso Shocklender, quién hace las preguntas sobre los funcionarios responsables de darle a este hombre 800 millones de pesos, y sostiene que todo eso lo hizo la prensa privada.

Jorge Oviedo denuncia que existen listas negras con periodistas en observación y prohibidos para recibir información, algo que hasta ahora no ha sido desmentido por las autoridades.

Santoro asegura que la ausencia de repudios de parte del Gobierno a lo que está sucediendo muestra que se rompió con una importante línea roja de la política argentina respetada hasta el 2003: los funcionarios y el resto de los ciudadanos tienen derecho a criticar el contenido de las notas pero no a incurrir en ataques personales.

Mario Wainfeld va más allá cuando añade que tampoco debería haber juicios civiles y dice que el histórico debate sobre el poder de los medios y las prácticas periodísticas ahora ha sufrido una escalada de violencia que pone en jaque a la convivencia democrática y eso en sí mismo debe motivar atención y solidaridad de todos, y ningún comentario adicional sobre si estaba bien o mal lo que decían.

Tenenbaum afirma que los casos económicos y políticos más importantes han sido investigados y denunciados por la prensa privada y no por una prensa pública que calla y obedece.

Tenenbaum acepta discutir qué es el periodismo pero asegura que el periodismo no es decir que todo lo que hace un gobierno está bien y decir que todo lo que dicen los críticos de un gobierno está mal.

Sandra Russo, de 6,7,8, niega que a los periodistas militantes les digan lo que tienen que decir y afirma creer que las corporaciones mediáticas con intereses económicos que no son los periodísticos son una amenaza para la democracia y los periodistas saben que muchas de las notas que hacen están orientadas a preservar los negocios de esas corporaciones.

Para Russo, Página 12, Tiempo Argentino y 6,7,8 visibilizan una manera de entender la realidad antes obturada en los medios privados.

Russo reconoce que este es un momento incómodo para ellos ya que dicen que son mercenarios y esbirros y esto lleva a estas reacciones.

Magdalena Ruiz Guiñazú confiesa estar preocupada por el hecho de que se haya instalado en el país algo así como “el que no piensa como yo es un enemigo” y se preguntó por qué un gobierno elegido democráticamente no se manifiesta contra todo tipo de violencia hacia los medios de prensa que pueden no gustarle.

Ruiz Guiñazu asegura que siempre pensó que informar y tener opinión propia eran la base de su profesión, y que por ese derecho todos los periodistas vivirían en democracia una realidad en la que el disenso pudiera expresarse sin violencia.

Para Hernán Brienza, de Tiempo Argentino, el debate más atractivo es sobre cómo ejercer el periodismo y cuántas formas hay de ejercerlo ya que cree en el debate de ideas y no de personas.

Brienza entiende que hablar de periodismo profesional es una tiranía así como hablar de periodismo militante es una forma de desdeñar el trabajo de otros.

Respecto del interior del país, el trabajo dice que las situaciones y las posturas son tan parecidas como diferentes a las de la capital federal, y algunos sostienen que hay una posición claramente persecutoria del Gobierno a los periodistas y a los medios que no se convierten en sus propagandistas, divididos de forma maniquea, entre amigos y enemigos.

Sergio Suppo, de La Voz del Interior, coincidió con Verbitsky sobre que el periodismo es investigar al poder y el resto es propaganda, y se manifiesta convencido de que el periodismo es un servicio público destinado a la formación de ciudadanía y a la creación de las mejores condiciones para el ejercicio democrático, y eso supone, no sólo en la Argentina sino en todas las sociedades libres, fricciones con todos los poderes de turno.

Alicia Miller, del diario Río Negro, reclama una ley que regule el uso de la pauta oficial para evitar el disciplinamiento y el control de contenidos mientras que denuncia que la multiplicidad de voces diciendo el mismo discurso oficial no es multiplicidad de voces sino un aparato de prensa y de propaganda rentada, y en todas las provincias se advierte esta fuerte presencia de la pauta oficial.

Julio Rutman, de Radio Nacional Mendoza, cree que se viven tiempos de madurez y saludables sinceramientos, donde es una novedad que algunos de los colegas tomen explícitamente una posición política que es bueno que la opinión pública conozca.

Rutman acepta que el periodista debe estar contra el poder o ser una mosca zumbona en los oídos del poder, pero asegura que ese poder no lo tiene el gobierno.

Todavía convulsionado por el cambio de eje y aún con los ánimos encendidos, el periodismo parece buscar un punto de equilibrio. Se escuchan voces distintas que, a pesar de sus discrepancias, rechazan el camino de la agresión y coinciden en que el oficio se debe, a casi treinta años de la recuperación democrática, un debate serio, honesto y responsable sobre la práctica del oficio. Quizás, una asignatura pendiente e impostergable que exige a unos y a otros, un esfuerzo mayor.

Astrid Pikielny para La Nación