El hantavirus es una enfermedad infecciosa que afecta al ser humano a partir de la transmisión por roedores y que, en nuestro ámbito, por sus particularidades sociales, ha cobrado unas cuantas vidas, las cuales podrían haberse evitado con prevención y atención.

Si bien no existe un tratamiento efectivo o cura, y el contagio puede ser mortal, se estima que entre un 30 y un 40 por ciento de las personas contagiadas muere, pero, en ésta región, según lo investigado por Gualeguay21, el índice de muertes es sensiblemente mayor.

Entre muchas historias escuchadas, se pudieron conocer de primera persona los casos de seis víctimas fatales del hanta virus, y todas con una agonía común.

Pablo, de 27 años, marido, padre de dos hijos, trabajador rural en la zona de islas, falleció de hanta virus en enero pasado. Ocho meses antes, en abril de 2018, falleció Luis, de 51 años, marido, padre de tres hijos, y pescador de oficio en la boca del Gualeguay.

En 2016, murió Roque, de 46 años, marido, padre de cinco hijos, y también pescador de oficio, y, en septiembre de 2008, falleció Miguel, de 51 años, marido, padre de tres hijos, y también pescador.

De la misma manera, Martín, de 27 años, marido, con dos hijos, y peón rural en la zona de islas, falleció en octubre de 2006.

De toda la lista de casos, el más viejo es el de Julio, conocido como Pachuchi, un trabajador de la miel de 44 años que dejó una mujer y una niña de un año.

Todos ellos fallecieron a causa del hanta virus, o, por lo menos, así se les dijo a sus viudas. Todos ellos se demoraron en recurrir al hospital San Antonio, y, cuando fueron, fueron rápidamente medicados contra la gripe y enviados a la casa. Todos debieron volver e insistir. En todos los casos, cuando lograron la debida atención, fue tarde, y a los pocos días fallecieron.

De este modo, periódicamente, en coincidencia con las crecientes, el tema del hanta virus se pone sobre la mesa de los entrerrianos del sur, pero, conforme se retiran las aguas, el tema se olvida hasta una nueva creciente y una nueva víctima.

Tal es así que, para el Estado, las víctimas no escapan a la media histórica, y, como los muertos no son muchos, nadie hace nada por reducir la cantidad de muertes.

Por ejemplo, si Pablo, Luis, Roque, Miguel, Martín o Julio hubiesen sabido los peligros del caso, que en tiempos de creciente la muerte se disfraza de gripe, se hubiesen venido antes de la isla y antes habrían ido al hospital.

De igual manera, si los doctores del hospital hubieran seguido un protocolo que los alertara en época de crecidas, y que los obligara, cuando hubiera alerta, a preguntar la procedencia y actividad de pacientes presuntamente engripados para mantenerlos en observación, Pablo, Luis, Roque, Miguel, Martín o Julio, tal vez, habría sobrevivido al hanta virus.

Ahora bien, muchas o pocas, son vidas que ya no están, y que, sean quienes hayan sido, merecían un Estado presente informándolos y cuidándonos.

En estos días comienza el año político, y ya todos se encuentran en sus cargos y funciones. Sería bueno que los "legítimos representantes del pueblo" tomen la iniciativa de impulsar una campaña de prevención del hanta en el sur entrerriano, y de promover la implementación en los centros de salud de un protocolo ante posibles casos de hanta.

De ese modo, seguramente, las estadísticas mejorarían y algunas familias no sufrirían la pérdida de un ser querido, algunos gurises no perderían a sus padres, y todos alcanzarían el tan inaccesible derecho a la salud y a la vida.

Una sola vida que pueda salvarse merece el esfuerzo.

Norman Robson para Gualeguay21