Una mañana como hoy, pero de sábado, hace solo tres años atrás, dos chacales humanos abandonaron el cuerpo sin vida de una joven estudiante de 22 años en un descampado rural. Fue un crimen que sacudió a la sociedad, no solo por la angustia vivida durante la semana que duró su búsqueda, sino, también, por las miserias del sistema que quedaron al desnudo.

Micaela era de Concepción del Uruguay, y estaba estudiando educación física en Gualeguay, donde era una reconocida referente. En la noche anterior, habían organizado una fiesta estudiantil en un boliche, del cual salió a las 5:22 horas rumbo a su casa, pero nunca llegó. Tenía el pasaje sacado a su ciudad natal, a ver a su novio y a sus padres, pero nunca se fue.

Primero pareció que era el novio, luego un suicidio, más tarde un secuestro. Después pareció que se había ahogado, que había huido, que estaba escondida, pero todas las versiones se caían al final del día dejando solo desconcierto y más angustia. Mientras tanto, por días la buscaban, policías, gendarmes, prefectos, bomberos, perros, buzos, familiares, compañeros, amigos, militantes. Buscaron allá y acá sin resultados, hasta que las cámaras, un zapato, alguien que escuchó, y otro que vio, coincidieron en apuntar contra un Renault 18 Break.

Rápidamente surgió el nombre de Sebastián Wagner, un violador serial incomprensiblemente en libertad, y, a partir de eso, la indignación se sumó a la angustia, con epicentro en la plaza Constitución, frente a Jefatura y a Tribunales, donde una multitud de jóvenes hacía vigilia por Micaela. Wagner tenía tres violaciones probadas y, con solo cuatro años preso, le dieron la libertad.

La Break fue encontrada en el lavadero donde trabajaba. El patrón, Néstor Pavón, reconoció el vínculo laboral, pero se descubrió que habían cenado juntos la noche del crimen. Dijo que después se fue a dormir. Dijo que no sabía nada de él, pero se descubrió que le facilitó la huida. Dijo mucho y se desdijo otro tanto.

A partir de las declaraciones del patrón salieron a buscarlo. Le pisaron los talones. El marido de la madre lo buscó en Campana y lo llevó a Moreno, y, cuando se supo quién era, lo llevó a Villa Ballester. Asi fueron cayendo presos el patrón, el padrastro y el hijastro. Finalmente, el viernes, fue atrapado en la casa de la madre en Moreno, donde intentó suicidarse. Lo trajeron a Gualeguay.

A la mañana siguiente, a una semana y horas de su desaparición, fue el desenlace. La peor de las hipótesis fue confirmada. Una comisión de rastreo encontró el cuerpo descompuesto a la vera de un camino rural, oculto entre la maleza. Había sido violada, estrangulada, y abandonada una semana antes. Fue a las 10 de la mañana. Aquella escena frente a Jefatura, una vez conocida la noticia, difícilmente pueda borrarse de la memoria de quienes allí estuvimos.

Quienes fuimos testigos, aquella fue una semana de terror en que la angustia se hizo tan tangible que nos perforó el pecho, dejando allí un agujero vacío, y se agarró de nuestra garganta, manteniéndonos atragantados, siempre al borde del llanto, una frontera que solo pasamos en la intimidad.

Lamentablemente, Micaela no fue la primera, ni tampoco fue la última. Hubo juicio, hubo condena, y hubo muchos conmovedores pronunciamientos y emotivos discursos, pero los problemas de fondo enquistados en la sociedad y en el Estado aún hoy sobreviven intactos. Los problemas que confabularon con Wagner para que esto pasara siguen intactos. Su crimen no cambió nada, ni alteró las costumbres juveniles de ningún lado, ni corrigió las falencias del sistema jurídico entrerriano.

Norman Robson para Gualeguay21