A partir de esta crisis sanitaria del coronavirus, el mundo cambió, y, con él, deberán cambiar nuestras costumbres. En ese cambio, la estrella será el protocolo, esas normas y procedimientos que establecerán las nuevas costumbres. El protocolo será lo que nos permitirá una adaptación segura al nuevo mundo.

En otras palabras, el protocolo es lo que determina que una actividad que antes no estaba normada ahora lo esté para garantizar la salud de todos los involucrados en ella, sea esta un acto comercial, un servicio, un proceso manufacturero, o una prestación. Esa garantía, claro está, debe originarse en un criterio técnico sanitario legítimamente aprobado.

Por ejemplo, en cualquier actividad comercial dentro de un territorio, se debe protocolizar toda la cadena, tanto en la etapa mayorista como en la minorista: un protocolo para el ingreso de la mercadería al territorio, otro para la descarga en los locales, otro para su manipulación dentro del negocio, y otro para la venta y entrega al cliente.

Se debe tener en cuenta que de nada sirven el delivery o el take-away si los que intervienen, y los propios productos, no están actuando bajo un protocolo que proteja a unos y otros de un posible contagio.

En este ejemplo, vale destacar que el objeto final de los protocolos es que quienes trabajen en un local comercial cumplan con la venta, quienes lo visiten cumplan con la compra, y, aunque tomen contacto con los productos, se retiren o terminen su trabajo sin alterar su estado de salud.

O sea, si están sanos, que terminen sanos, y que si están enfermos, que terminen sin contagiar a nadie.

Del mismo modo se debe proceder a lo largo de la cadena de un proceso manufacturero, donde los protocolos deben cubrir desde el ingreso de las materias primas e insumos, hasta la salida de los productos elaborados.

Aunque el objetores el mismo, diferente es el caso de los servicios, sean de profesionales o de oficios, sean in situ o a domicilio, ya que cada protocolo deberá contemplar la especificidad de la tarea a realizar y adecuarla a las nuevas restricciones sanitarias.

Por último, al igual que en los servicios, en las prestaciones, especialmente en las del tipo turístico o de esparcimiento, los protocolos deben diseñarse a cada caso en particular.

De este modo, el protocolo es lo que adecua una actividad al nuevo orden post pandemia. Ahora bien, este protocolo no basta si nadie lo aplica, si nadie exige y controla su aplicación, o si nadie exige y controla su cumplimiento. Es preciso que las autoridades del territorio ordenen esta práctica, lideren su aplicación, e impongan su cumplimiento.

Esta protocolización de nuestras costumbres debe darse para todas las relaciones humanas, ya que, indefectiblemente, llegarán a las escuelas, a los clubes, a los espacios públicos, etcétera, y, para cada uno, se deberá desarrollar un protocolo específico.

Lo expuesto sintetiza la importancia de los protocolos en la readaptación de las comunidades a las nuevas exigencias del nuevo mundo post pandemia, a la vez que plantea al protocolo como un factor distintivo y competitivo, ya que a los factores de precio y atención se suma el sanitario.

Dicho de otra forma, el consumidor, a la hora de una compra o contratación, ponderará no solo el precio, la forma de pago, la calidad, etcétera, sino que, también, las garantías sanitarias de la oferta.

Por lo tanto, el nuevo mundo de las relaciones humanas no solo se dará a partir de protocolos que nos garanticen la sanidad, sino que, al mismo tiempo, el propio mercado, frente al impacto de la pandemia, irá exigiéndolo, primando lo sanitario por sobre los otros atributos.

Así será hasta que adoptemos los protocolos, los naturalicemos, y los incorporemos a nuestras costumbres.

Norman Robson para Gualeguay21