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Se trata de ese alejado sector de la ciudad de Gualeguay donde conviven un centenar de familias, de las cuales, una gran mayoría, viven de la pesca. Luego de un pasado de aislamiento y desprecio político, con el tan ansiado acceso asfaltado, su gente soñó que, finalmente, iban a existir. Pero, hoy, Puerto Ruíz sigue igual y ve amenazado su único trabajo y, por ende, su cultura, mientras el turismo no la considera para nada y los políticos cultivan la indiferencia de siempre. Eso coloca a la gente del Puerto entre la frustración y el exilio.

Los porteños de Puerto Ruíz, hoy, sufren las mismas penurias de antes. Aunque, después de décadas, están conectados con el resto de la ciudad por un buen camino, siguen sin fuentes de trabajo, ni transporte público para tomar un empleo en el centro. La pesca deportiva, en particular, y el poco turismo, en general, en el Puerto son negocios para unos pocos y del centro, mientras que la pesca tradicional, lo único que les queda a los del lucar, es cada día más perseguida.

Por ahora, esos tan ansiados 9 kilómetros de asfalto solo sirven para que los pescadores y sus lanchas lleguen más cómodos, y que los pocos negocios, todos de gente de afuera, hagan más plata. En otras palabras, la gente de Puerto Ruíz ve comprometidos el sustento y la idiosincrasia, no solo actual, sino, también, el de sus futuras generaciones.

Esto comienza a visibilizarce a partir de las fricciones entre los empresarios y cultores de la pesca deportiva, y los moradores originales del Puerto, en la disputa del río. Pasa que el frigorífico de pescados solo llega a Puerto Ruíz una vez por semana, los lunes, obligando a los pescadores a cumplir con su mejor faena el fin de semana, justo cuando tiene lugar el pico turístico, con docenas y docenas de lanchas saliendo a pescar.

A este roce se suman la consciencia ambientalista y la cultura preservacionista,  las cuales, fundamentalismos hoy muy de moda que no consideran la realidad en toda su dimensión, y olvidan que hay familias que viven de la actividad.

En esta confrontación del negocio de la pesca deportiva contra la supervivencia de una pequeña e insignificante comunidad costera, los porteños son los perdedores. Los primeros son amigos del poder y los segundos cargan una historia de inexistencia que ya ven que difícilmente cambie.

Tienen pruebas de eso. En el pasado inmediato surgieron dos proyectos: uno de energías renovables y otro de un frigorífico de pescados, que esperanzaron a los porteños. Pero poco duró la alegría. Estas propuestas, absolutamente viables y legítimamente sustentables, tanto en lo económico y social como en lo ambiental, fueron frustradas por la dirigencia gualeya, sin argumento valedero alguno. Con esas arbitrariedades, consentidas por los políticos, Puerto Ruíz confirmó que nada había cambiado.

Como siempre, a los porteños solo les seguía quedando el río, y esa sensación de abandono que sintieron tanto tiempo antes de que llegara el asfalto, y, con éste, las nuevas falsas esperanzas. Hoy solo tienen el río, más alguna artesanía, o alguna changa. Mientras tanto, miran de reojo los galpones dedicados al turismo y no a la producción. Y cuando cierran los ojos, los asalta la pesadilla de su río sin canoas, solo con lanchas yendo y viniendo.

Hasta recibieron al propio Presidente de la Nación, pero eso solo fue para las fotos.

Lo cierto es que la ausencia del Estado facilita solo el desarrollo del más fuerte, y siempre los más fuertes son los de afuera. El modelo de negocio turístico de Puerto Ruíz no es transversal, y no vuelca nada en esa comunidad. Entonces, los porteños se han convertido en meros espectadores de ese "desarrollo" que tanto esperaban pero que les es ajeno, e indiferente. Solo la ven pasar.

Encima deben tolerar el saludo hipócrita de la clase política, esa de las tantas promesas incumplidas, esa que es amiga de la pesca deportiva y es enemiga de la creación de puestos de trabajo genuinos. Nadie olvida las mentiras de Jodor y Erro, pero tampoco olvidan las de Bogdan. "Claro", recuerdan con la cabeza gacha, inmersos en la vergüenza y la impotencia, y agregan: "como no se van a burlar de nosotros si somos apenas 400 votos". Sienten que su vida se reduce a una urna electoral, y nadie puede decirles que se equivocan.

En las últimas semanas, el Senador por Gualeguay, Francisco Morchio, su Senador, impulsó un proyecto proteccionista que todos, menos los porteños, celebraron. Esa ley, aunque los tenga en cuenta en un artículo, igual los aterroriza, tanto como los últimos operativos sobre el río secuestrando tramayos (redes). No es para menos, su único recurso económico está siendo amenazado por el propio poder político, ese que juro protegerlo.

Basta imaginar que cada red cuesta unos 20 mil pesos, y que es la herramienta de trabajo de esa gente, para comprender su terror. Es lo único que les queda para llevar el sustento a sus familias, y, si se las sacan, no saben que van a hacer. "El río siempre nos salvó", confiesan, y agregan: "y ahora ni eso nos quieren dejar".

En realidad, sienten que a nadie les importan, y parece que no se equivocan. A nadie se le ocurre algún proyecto como los tantos que se aplicaron con éxito en las costas del Paraná y del Uruguay reconvirtiendo comunidades. O uno de pesca responsable y sostenible. A nadie le importa, Puerto Ruíz apenas llena una urna. Esa es la demagogia selectiva de corto plazo que caracteriza a nuestra clase politica, la cual, como siempre, hace por unos y no por todos, para la foto de hoy sin importar la de mañana.

Esta situación es la que sufren hoy los porteños de Puerto Ruíz, obligados a elegir entre un arraigo de pobreza y un exilio de incertidumbre. "¿Dónde terminaremos?", se preguntan, sumidos en la angustia. Pobre Juanele si viera a sus amigos hoy, entre la espada y la pared.

Norman Robson para Gualeguay21