El impacto de la inevitable cancelación de los Corsos 2021 confirmada hoy desde la Municipalidad de Gualeguay significa mucho más que el sacrificio de la fiesta popular más importante de la ciudad. Esta lamentable ausencia, entre otras cosas, golpea el alma y el bolsillo de esa casta apasionada de "trabajadores del carnaval", y la ya debilitada economía de los clubes, entre otros tantos satélites de la fiesta.

La próxima temporada, debido a la crisis sanitaria provocada por la pandemia, va a ser la primera vez, en más de medio siglo de carnavales, que los gualeyos no tendrán ese tradicional punto de encuentro tan caro a sus costumbres. Desde los tiempos de la Batucada de Pajarito Mori, de la Sunsún de Nichea, y de la de Betty Córdoba, que en los 60s desfilaban por la San Antonio, y hasta el año pasado, en el Corsódromo, cada año, sin interrupciones, los gualeyos tuvieron su fiesta. Pero, esta vez, no.

Por eso estas noches ya no se escuchan tambores ensayando, ni se ve a nadie cosiendo lentejuelas, o acomodando plumas, o soldando carrozas en los galpones, ni se preparan las cantinas en los clubes, ni hay municipales pintando el corsódromo. Este año no. Este año Momo no vendrá, no habrá show, no habrá espuma, no habrá fiesta.

Esta temporada, al no haber carnaval, tres comparsas no saldrán al circuito. Unos 750 integrantes no desplegarán su brillo y color, y otros 250, entre los de las batucadas y los de las bandas, no le darán ritmo a las lunas de enero y febrero. Esta vez, el ejército de aguateros y aguateras no tendrán a quien acompañar. Esta vez, ese centenar de artífices que hacen a la fiesta desde mucho tiempo antes, como los directores, los diseñadores, los auxiliares, los cosedores, los colaboradores, y los carroceros, entre tantos, no tienen nada que hacer.

El alma de esta gente sufre y sufrirá la ausencia del carnaval. Ya sufren hoy la quietud de sus galpones, y sufrirán las nueve noches enero y febrero el silencio y la opacidad del corsódromo, esta vez, a oscuras. Sus corazones llorarán por dentro. Que difícil es imaginar a Anabela, a Pitu, a Gabriela, a Damián, a Marta, a Ramiro, a Lalo, a Johana, a Kevin, a Luciano, a Boly, a Turu, a Analía, a Alejo, a Anita, y a Chanchi, sin sus noches de carnaval.

Y como si eso fuera poco, a esa malaria emocional se agrega el significativo movimiento económico que esta vez no tendremos. Esta temporada, a números del año pasado, las comparsas no recibirán los 10 millones de pesos que volcaban a la ciudad en materiales, mano de obra, servicios y alguna inversión. Esta vez, los clubes, que sufren como nadie la pandemia, no tendrán las ganancias de las cantinas y de los estacionamientos, ingresos que, en casi todos los casos, significaban su supervivencia.

Todas estas instituciones y todos los "trabajadores del carnaval" que, año a año, ponen al servicio del espectáculo amor, esfuerzo y dinero, sufrirán profundamente la ausencia de esta fiesta, así como también la sufrirán la propia Municipalidad, los remiseros, los boliches de la zona, los mayoristas, los hoteles, y todo ese aparato que esperaba ansioso cada luna para hacer una diferencia.

En definitiva, no solo se suspendió una fiesta, la más importante, con más de medio siglo de historia, sino que el alma y el bolsillo de muchos gualeyos recibió un duro golpe al cabo de un año de muchas dificultades y muchos sinsabores. Pero la pasión sobrevive y sobrevivirá, y, de la mano de Momo, resucitarán los tambores, volverán a brillar las lentejuelas, la noche se cubrirá de blanco, y el espíritu del corso gualeyo latirá de nuevo haciendo palpitar a propios y ajenos.

Norman Robson para Gualeguay21