Con la liberación de las distintas actividades nocturnas, la comunidad va regresando a la normalidad, y, en este regreso, trae consigo los problemas de siempre, de la mano de la eterna incapacidad pública de ordenar la convivencia en la ciudad. Por ejemplo, si bien la normativa vigente, con o sin pandemia, establece que la oferta de locales bailables cese a las 6 horas, pasada esta hora, la "joda" toma la via pública al ritmo de poderosos estéreos, alterando la vida, y el sueño, de muchos vecinos. Como de costumbre, antes y ahora, las autoridades hacen oídos sordos a los reclamos de los vecinos.

Cabe recordar que la convivencia en la ciudad está ordenada por normativas bien claras que no dejan lugar a malentendidos, en la cuales se establecen aquellos límites entre los derechos de unos y aquellos de los otros, pero para que éstas se traduzcan en resultados debe haber autoridades que las hagan cumplir. Ahora bien, cuando las autoridades no actúan, o lo hacen según la cara del contribuyente, el descontrol promueve los excesos, la convivencia se recalienta, y se instalan el enojo y la violencia.

En estw.caso, la normativa vigente, desde hace mucho tiempo, establece que la nocturnidad termina a las 6 de la mañana, y, a esa hora, deben cerrar todas las ofertas nocturnas. De igual modo, ordena no beber alcohol en la vía pública, y establece máximos a los ruidos en el espacio público, sea de donde sea que provengan: de un local o de un vehículo. De acuerdo a esto, una multitud de gurises concentrados en la calle, desde antes de las 6 y hasta casi las 8, aún bebiendo, y escuchando música de sus parlantes a todo volumen, no solo es un atentado contra la paz de los vecinos, sino que es, también, una clara violación a las normas vigentes.

Si bien esto ha sido siempre moneda corriente en todos los ámbitos, y en cualquier horario, hoy vuelve a sufrirse en las calles del centro, y a la madrugada, cuando la oferta de boliches y demás reductos está obligada a cerrar sus puertas y cientos de gurises son lanzados a la calle en busca de más noche, aunque ya esté saliendo el sol. Ellos quieren más, pero esa no es la discusión. La cuestión es que esa extensión de la noche no afecte a quienes duermen, descansan, o están en paz, y, con más razón, cuando la ciudad cuenta con grandes espacios públicos como el parque o la Costanera.

Pero esta situación no parece ser relevante para quienes deben imponer ese orden necesario para una sana y pacifica convivencia. Mientras la Policía desoye los llamados de los vecinos casi rogando que intervengan en el caos para reducir el volumen y poder dormir, las inspectores municipales recorren boliches obligando, mediante actas, y solo a algunos, a disminuir un volumen que no tienen cómo medir y apenas se escucha desde la calle. El orden no parece ser una necesidad las autoridades, salvo, claro está, que involucre una recaudación.

Con o sin pandemia, la paz la da el orden, y el orden lo da la ley, pero solo si la autoridad así lo impone.

Gualeguay21