12 julio, 2024 1:53 pm
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Días de furia


El hombre, agobiado y aturdido por supuestos problemas laborales, de salud y emocionales, inmerso en un estado de furioso desasosiego, decidió irse, quería terminar con todo, según dejó por escrito.

Así fue que, con lo puesto, marchó hacia el norte, hacia la zona de Paso de Alonso y, con la decisión tomada o no, encaró hacia el río Gualeguay, más precisamente hacia la Toma Vieja.
El hombre es Fabián Fahler, de 42 años, con familia, trabajador de Soychú. “Un tipo macanudo, extrovertido, simpático”, resumió una vecina. “La procesión va por dentro”, advirtió otra. Lo cierto es que nadie esperaba todo esto. Su pareja, desconsolada, apenas desapareció, pidió ayuda y avisó a la policía.
El hombre llegó hasta la costa, dejó su buzo, sus llaves y su celular a la sombra de un árbol. Si bien le había dejado una nota a su pareja dando un detalle de lo que le ocurría, antes de apagar el celular le mandó un último mensaje. Eran las 15:23 horas del pasado miércoles. Le dijo que terminaría con todo.
Debe haber enfrentado el agua, como decidiendo, y se tiró. Esto último sí lo aseguró el can de rastro. Tal vez dudó, o no, sobre que hacer, mientras la corriente lo fue arrastrando aguas abajo. Por alguna razón, no pudo terminar con su vida, y salió del agua. Los creyentes agradecerán a Dios, otros no, cada uno con su creencia.
Sea como haya sido, el hombre salió del agua y por ahí se quedó. La noche del miércoles lo sorprendió y, en algún lugar, al sur de la Toma Vieja, pasó la noche. A la intemperie, la ropa se le secó puesta, pero, atrapado en su torbellino emocional, ni le molestó.

Pasaron el jueves, el viernes, el sábado y el domingo. Cuatro días ausente, ahogado en la furia de su pesar, semiconsciente, por lo menos, de que atrás había dejado mucho, y de que alguien, seguramente, lo estaría buscando. Tal vez, solo tal vez, esa misma furia no lo haya dejado aceptarlo, y, conforme pasaba el tiempo, menos concebía un regreso. Tal vez. Vaya uno a saber.
El hambre, la sed, la incomodidad de la ropa sucia, el calor y la noche no deben haber sido un problema mientras estaba en el fondo de su depresión. Y si lo fueron, alguna razón lo obligó a seguir adelante.
Mientras tanto, los canes descubrían sus pertenencias y avisaban que él se había tirado al agua. De ese modo, todos presupusieron que se había ahogado, y procedieron a buscarlo en el agua. Pero pasaron los días y el agua no lo devolvía, a pesar de la bajante, y de la poca corriente, y de todos los recursos destinados a la búsqueda.
Cada noche de esos cuatro días una furiosa frustración se hacia presente en la consciencia de quienes buscaban al hombre. Cada noche, las redes sociales se hacían eco de la misma pregunta: “y Fabián…?”. La angustia se instalaba en la ciudad, rememorando, irremediablemente, los casos Micaela y Benvenuto, aún muy frescos.
Algo pasaba. “¿Y si no se ahogó y anda por ahí…?”, muchos se preguntaron el domingo a la noche, y, con renovadas expectativas, se levantaron el lunes. “Hay que insistir por tierra”, se dijeron, y así lo hicieron.
Al hombre lo debe haber despertado el sol, luego de una húmeda noche, por la reciente lluvia. Aún inmerso en sus irresueltas cuestiones, ajeno al mundo, vagó, siempre pensativo, por el monte costero de El Prado, a metros de la costa, un par de kilómetros al sur de donde había dejado sus cosas.

Sus parientes nunca habían dejado de buscarlo, y, en la mañana del lunes, improvisaron un rastrillaje justo en la zona al sur de la Vieja Toma. El operativo oficial hacia lo mismo, más hacia el río.
Un particular vio una figura entre el monte. Era temprano, tipo 8. Le gritó. El hombre huyó. La remera parecía la misma, aunque descolorida por los días de sudor. Pareció que tenía bermudas. Podría haber sido él. Lo corrieron y, a la corrida, se sumó también Policía, Prefectura y Bomberos.
Lo alcanzaron. Era Fabián. Estaba vivo. No lo podían creer. En estado de shock, jadeante, pero vivo. “Llamen la ambulancia”, ordenó alguien, mientras lo cargaban hacia un lugar más accesible. Lágrimas  de emoción brotaron en los ojos de quienes lo querían. También en los de quienes lo buscaban.
Los días de furia había terminado. De furia con el mundo, de furia con la vida. Ahora debe imponerse la contención, procurándole paz, luz, fuerza, para salir adelante. Todo un desafío.
La noticia corrió primero por whatsapp, luego por Facebook, y, finalmente, por los medios digitales, radiales y televisivos. Una ciudad, estigmatizada por las desapariciones, respiró aliviada. Por lo menos uno fue encontrado con vida.

Norman Robson para Gualeguay21

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