16 julio, 2024 12:43 pm
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La Iglesia en la calle


Jesús murió y resucitó, y ascendió a los cielos. Él, que confía en nosotros, nos dejó un encargo muy importante. Hoy leemos en las misas los últimos renglones del Evangelio de San Marcos, que nos cuenta que el Resucitado dijo a los discípulos: “«Vayan por todo el mundo, anuncien la Buena Noticia a toda la creación. (…)».

Después de decirles esto, el Señor Jesús fue llevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios. Ellos fueron a predicar por todas partes, y el Señor los asistía y confirmaba su palabra con los milagros que la acompañaban”. (Mc 16, 15-20)
Hay una Buena Noticia para anunciar. ¿Cuál? Que Dios es Padre y nos ama, que envió a su Hijo por amor a nosotros, que nos hace una misma familia suya por obra del Espíritu Santo.
En un mundo que nos empuja hacia el egoísmo, la soledad y la indiferencia, el cristianismo es Buena Noticia de solidaridad, compañía y encuentro. Dios nos ama hasta el fin, sin límites. Y nosotros somos testigos de la vida nueva que Él nos regala.
El Maestro nos envía a anunciar una Buena Noticia para toda la creación. Esto significa que es un anuncio universal en dos sentidos: geográfico y antropológico.
En el primero nos hace mirar al mundo entero, a todos los pueblos y naciones, a todas las culturas. En este sentido apenas un tercio de la humanidad acogió esta buena noticia. Nos queda mucho por hacer.
En el segundo sentido, se refiere a todas las dimensiones de la existencia humana. El evangelio es buena noticia para nuestras relaciones con Dios, sana y redime nuestra dimensión religiosa. Pero también abraza al amor humano, la familia, el trabajo, la economía, la justicia, los bienes creados… y en esta dimensión también nos queda mucho para trabajar, para que el Evangelio no tenga miradas reduccionistas que lo arrinconen en una piedad intimista, encerrada e individualista.
“Vayan por todo el mundo” es un mandato muy firme de Jesús. Peor no nos manda con una especie de voluntarismo propio de súper héroes, sino con la confianza en su promesa: “Yo estaré siempre con ustedes hasta el fin del mundo” (Mt 28,20); y con la fuerza del Espíritu Santo.
La misión la asumimos con sencillez y humildad de corazón, y con la andancia propia de quien tiene su apoyo en el amor de Dios. No estamos para pescar en la pecera, sino para asumir los desafíos de la evangelización.
Francisco reitera lo que varias veces había dicho en Buenos Aires: “Prefiero una Iglesia accidentada, herida y manchada por salir a la calle, antes que una Iglesia enferma por el encierro y la comodidad de aferrarse a las propias seguridades. No quiero una Iglesia preocupada por ser el centro y que termine clausurada en una maraña de obsesiones y procedimientos”. (Evangelii Gaudium 49)
Debemos vencer la tentación de vivir la fe recordando con nostalgia las glorias del pasado, o poner “piloto automático”. Somos protagonistas de la evangelización de este tiempo concreto.
Vivamos la fe en la calle, en las periferias geográficas y antropológicas.
El viernes pasado el obispo de La Rioja, Marcelo Colombo, cerraba la fase diocesana de investigación por el martirio de monseñor Enrique Angelelli, los sacerdotes Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, y el laico Wenceslao Pedernera.
El sábado que viene, 23 de mayo, será beatificado en El Salvador Monseñor Oscar Romero. Que el ejemplo de estos pastores y fieles nos aliente a vivir en el servicio a los pobres y en la búsqueda de justicia.
Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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