18 julio, 2024 5:01 pm
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La Mejor Maestra

El primer día de clase, la señorita Thompson, maestra del último curso de Infantil, les dijo a todos sus alumnos que a todos quería por igual. Pero eso no era del todo cierto, ya que en la primera fila se encontraba, hundido en su pupitre, Teddy Stoddard, a quien la señorita Thompson conocía desde el año anterior y había observado que era un niño que no jugaba bien con los otros niños, que sus ropas estaban desaliñadas y que necesitaba constantemente de un buen aseado.

Con el paso del tiempo, la relación entre la profesora y Teddy se volvió desagradable, hasta el punto que ésta comenzó a sentir una preocupante antipatía por este alumno.

 

 

 

Un día, la dirección de la escuela le pidió a la señorita Thompson revisar los expedientes anteriores de cada niño de su clase para así comprobar su evolución. Ella puso el expediente de Teddy a lo último, dudando incluso de leerlo. Sin embargo, cuando llegó a su archivo se llevó una gran sorpresa.

La maestra de segundo año escribió que Teddy era un niño brillante con una sonrisa espontánea y sincera, que realizaba sus desempeños con esmero y que tenía buenos modales, haciendo que fuera un deleite tenerlo cerca.

Del mismo modo, su maestra de tercer año escribió que Teddy era un excelente alumno, apreciado y querido por sus compañeros, aunque tenía problemas en casa debido a la enfermedad terminal de la madre.

Pero la maestra de cuarto año ya mostró el cambio escribiendo que la muerte de su madre había afectado mucho a Teddy, y esta circunstancia estaba provocando un serio deterioro en su desempeño escolar, ya que no asistía a clase con la asiduidad y la puntualidad característica, y cuando lo hacía, provocaba altercados con sus compañeros o se dormía en el aula.

En ese momento, la señorita Thompson se dio cuenta del problema, y se sintió culpable y apenada, sentimiento que creció cuando al llegar las fechas navideñas, todos los alumnos le llevaron los regalos envueltos en papeles brillantes y preciosos lazos, menos Teddy, quién envolvió torpemente el suyo en papel de periódico.

Algunos niños comenzaron a reír cuando ella encontró dentro de esos papeles arrugados, un brazalete de piedras al que le faltaban algunas cuentas, y un frasco de perfume a medio terminar.

La señorita Thompson intentó minimizar las burlas que estaba sufriendo Juan, alabando la belleza del brazalete, y echándose un poco de perfume en el cuello y las muñecas.

Ese día, Teddy se quedó después de clase solo para decirle a la señorita Thompson que ese día olía como cuando él era feliz.

Después de que todos los niños se fueran, la señorita Thompson estuvo llorando durante una larga hora, y desde ese mismo día, renunció a enseñar solo lectura, escritura y aritmética, y comenzó a introducir la enseñanza de valores, sentimientos y principios a los niños.

A medida que pasaba el tiempo, la señorita Thompson empezó a tomar un especial cariño a Teddy, y cuanto más trabajaba con él desde el afecto y la comprensión, más despertaba a la vida la mente de aquél niño desaliñado.

Cuanto más lo motivaba, más rápido aprendía, cuanto más lo quería, más comprendía, y así, de este modo, al final del año, Teddy se había convertido en uno de los niños más despiertos de la clase.

Un año después, la señorita Thompson encontró una nota de Teddy debajo de la puerta de su clase contándole que ella era la mejor maestra que había tenido en su vida.

Después de aquellos episodios, pasaron 7 largos años antes de que recibiera una carta de Teddy donde le contaba que había terminado la primaria, que había obtenido una de las calificaciones más altas de su clase, y que todavía ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Pasaron otros 7 años, y recibió otra carta. Esta vez explicándole que no importando lo difícil que se habían puesto las cosas en ocasiones, y los esfuerzos que habían tenido que realizar para sacar adelante los estudios, había permanecido en la escuela y pronto se matricularía en la Universidad, asegurándole a la señorita Thompson, que ella seguía siendo la mejor maestra que había tenido en su vida.

Otros 7 años más tarde, la señorita Thompson recibió una carta más explicándole que después de haber recibido su título universitario, había decidido ir un poco más lejos y seguir estudiando y aprendiendo cosas nuevas.

En la firma de su carta, llamó la atención de la señorita Thompson la importancia del nombre de Teddy, Dr. Theodore Stoddard, mientras en la posdata aparecían las siguientes palabras: sigues siendo la mejor maestra que he tenido en mi vida.

Al poco tiempo, y sin la señorita Thompson esperárselo, le llegó otra carta en la que Teddy le contaba que había conocido a una chica, que se iba a casar, y que quería saber si ella accedería a sentarse en el lugar reservado para la madre del novio.

Por supuesto, ella aceptó.

Para el día de la boda, la señorita Thompson se vistió con sus mejores galas, se puso aquél brazalete de piedras faltantes que un día Teddy le regalara, y se aseguró de usar el mismo perfume que le recordaba los tiempos en que era feliz junto a su madre.

Cuando llegó el día señalado, y se vieron las escalinatas de la iglesia, el Dr. Theodore Stoddard, apenas la reconoció, se disculpó con sus acompañantes y se dirigió diligentemente hacia donde ella le miraba con emocionada admiración.

Con una sonrisa cómplice se fundieron en un intenso abrazo, mientras Teddy le susurraba al oído: “Gracias señorita Thompson por creer en mí. Muchas gracias por hacerme sentir importante y por enseñarme que yo podía marcar la diferencia”.

La señorita Thompson, con lágrimas en los ojos, le contestó a Teddy que estaba equivocado, que fue él quien le enseñó que se puede marcar esa diferencia, y le reconoció que no sabía cómo enseñar hasta que lo conoció.

Elizabeth Silance Ballard

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