23 julio, 2024 9:15 pm
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Por cada hijo una flor

En un programa de TV se planteaba la situación laboral de las mujeres, especialmente desde la mirada de la maternidad.

Las mujeres y los varones se incorporan por lo general al mercado laboral en igualdad de condiciones: edad, horarios, sueldos. Pero ante el embarazo, cerca del parto, unas cuantas mujeres dejan el trabajo o el ejercicio de la profesión. No siguen el mismo ritmo de acumulación de experiencia o capacitación. Suele darse una intermitencia laboral (se enganchan y desenganchan con cada embarazo).

 

 

 

Se les concede un tiempo de licencia laboral en torno al parto, pero al poco tiempo —que varía según el convenio— deben reintegrarse en las mismas condiciones, como si los hijos no les necesitaran en la escuela primaria o secundaria, y en otras circunstancias de la vida.

Las mamás son supernecesarias. Estas situaciones generan tensiones que las dejan muchas veces cansadas y estresadas. Debemos cuidarnos mucho de no estar generando una nueva deuda social, con dimensiones afectivas y valorativas.

Otra reflexión acerca de la maternidad se me suscitó en una Parroquia hace poco tiempo. En varias comunidades, durante la novena de preparación a las fiestas patronales, se dedica uno de los días a rezar por las mamás. Suelen acudir desde las embarazadas o con niños pequeños, hasta las que ya tienen hijos bastante grandes.

Uno de los gestos emotivos que se realizan es ofrecer flores a la Virgen por cada hijo. Participando de una de estas celebraciones observé que las mamás —de diversas edades, como dije— tenían en sus manos flores, en general claveles blancos. Pero en algún ramo vi que había un clavel rojo. Le pregunté al Párroco por qué, y me dijo que la flor roja simboliza al hijo que había muerto.

En el momento indicado, las mamás se acercaban lentamente a dejar sus flores (= sus hijos) a los pies de una imagen de la Virgen.

Me detuve a mirar-contemplar aquella procesión de vida. Manos muy distintas, pequeñas, rugosas, suaves, fuertes, todas tomando las flores con delicadeza y ternura, casi como acunando el ramo. Me conmovió una mamá que traía en sus manos tres claveles rojos: mirada serena, pero atravesada por el dolor provocado por la ausencia. No quise preguntar; sólo recibir en silencio y ofrecer a Dios.

¡Cuánto le debemos a las mamás! ¡Cuántas cosas ocultas hay en su corazón! Hoy voy a intentar allegarme delante de la imagen de la Virgen llamada de “La Piedad” en la Basílica de San Pedro, y haré una oración por todas las mamás.

Por monseñor Jorge Eduardo Lozano, obispo de Gualeguaychú y presidente de la Comisión Episcopal de Pastoral Social

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