Creo que es importante celebrar que todos los sectores pueden expresarse y hacer oír su voz en igualdad de condiciones y sin ningún tipo de censura. Pero es ante este contexto que me atrevo a escribir estas líneas con el fin de evidenciar cómo ciertos argumentos que se esgrimen como verdades absolutas o banderas políticas que pueden sonar muy bonitas son, en el fondo, muy endebles e, inclusive, muchas veces contradictorias desde una mirada técnica.
Si escuchamos a los sectores denominados progresistas o de centro izquierda, éstos le endilgan al Gobierno Nacional estar implementando un programa de ajuste económico y de corte neoliberal; mientras que en la otra vereda, donde se paran los economistas más ortodoxos, acusan al Gobierno de ser gradualista y no tomar medidas de fondo que permitan cambiar el modelo económico. Entonces, ¿dónde está la verdad?
Puede que ambos tengan parte de la verdad; pero vayamos a una descripción sencilla de nuestra realidad económica actual. La inflación hoy sigue en niveles elevados (20-22% anual, de acuerdo a las últimas proyecciones) pero mostrando una curva descendente, la tasa de desempleo se encuentra bajando al igual que los niveles de pobreza e indigencia, es justo decir que lo hacen luego de haber alcanzado niveles alarmantes. Asimismo, la actividad económica comienza a recuperarse aunque difiere entre sectores, con importantes alzas en algunos, mientras que otros aún demoran su recuperación. Pero hay un indicador clave y que históricamente ha sido uno de los generadores recurrentes de las crisis económicas de nuestro país y es lo que los economistas denominamos: gasto público. Resulta de vital importancia que nuestra dirigencia política, empresaria y gremial aborde esta cuestión con la mayor seriedad y objetividad posible.
En nuestra vida cotidiana, para poder comprar bienes y servicios necesitamos de ingresos y, si uno gasta más de lo que le ingresa, necesita financiar dicha diferencia. Para un Estado es exactamente la misma lógica, sólo que éstos poseen algunas herramientas adicionales. Durante los últimos años del kirchnerismo el gasto superó los ingresos y ese déficit fiscal se financió con mayor emisión monetaria (imprimiendo billetes); esta es una opción válida y que utilizada durante breves períodos no tienen mayores consecuencias. El problema aparece cuando deja de ser una situación transitoria para convertirse en permanente, lo cual se traduce en mayores niveles de inflación. El Gobierno actual dio un primer paso muy importante: ha fijado una meta de reducción del déficit fiscal (tenemos un horizonte al cual apuntar), generando el recorte de algunos gastos (principalmente por reducción de subsidios) pero, sobre todo, apostando a licuar dicho gasto a través de la expansión de la economía. Este proceso llevará tiempo, por lo que -vale aclarar- conviviremos varios años más con déficit fiscal. La gran diferencia es que ahora se financia con deuda.
Es en este punto en donde algunos cuestionamientos se tornan contradictorios y carentes de sustento técnico, lo cual vuelve, aún más importante, que nos tomemos un tiempo para reflexionar más allá de las consignas simplistas.
Ahora bien. ¿Tener déficit fiscal de forma permanente es malo para una economía? Definitivamente sí. ¿Y pretender reducirlo de forma abrupta? Algunos economistas dirán que sí, otros que no, pero, lo que es seguro es que hacerlo de esta forma genera un gran sufrimiento para gran parte de la sociedad. Entonces, hacerlo de forma gradual pareciera el camino más lógico y acertado de todos, ergo, como ya lo mencionara precedentemente, esto genera la necesidad de ir financiándose en el tiempo hasta haber saneado las cuentas públicas. Aquí, es en donde vuelvo a cuestionar posiciones simplistas que, por un lado, quieren mantener elevado el nivel del gasto público, pero, sin embargo, están en contra de tomar deuda.
Como ya lo señalara párrafos más arriba, la otra vía de financiamiento es la emisión monetaria, cuyo resultado ya fue constatado y, por ende, sabemos que se traduce en mayor inflación; otra opción es incrementar los impuestos, hoy inviable, dado que la presión tributaria actual es la mayor de nuestra historia.
Entonces, ¿el único camino que tenemos es emitir deuda y volver a los problemas que ya vivimos en el 2001? Definitivamente, no! Lo que debemos plantearnos como sociedad es realmente qué tipo de Estado queremos y cómo queremos que aquel asigne los recursos. No podemos reducir la discusión, entonces, a un Estado presente (e ineficiente), ó a un Estado ausente (eficiente pero inexistente).
Lo que debemos plantearnos de una vez por todas es si seguiremos avalando, o no, hechos de corrupción (del color político que fueren), que se despilfarren los recursos del Estado en programas que sólo tienen objetivos proselitistas, que el empleo público crezca de forma desmedida y sin control durante períodos de expansión de la economía, ó si estamos dispuestos a enfrentarnos con nuestra realidad tal cual es y, en base a ella, establecer las prioridades y pautas para el desarrollo económico y social con objetivos de largo plazo.
Para simplificar la conclusión, si el kilómetro de ruta que debiera salir 10 termina costando 50 -y muchas veces ni siquiera se termina o se lo hace de forma defectuosa-, si un Ministerio de Planificación destina millones de pesos al rodaje de telenovelas ó si un puesto que requiere de 1 persona lo ocupan 2 ó 3 personas a la vez, podemos concluir, sin miedo a equivocarnos, que el problema de nuestro déficit fiscal crónico no es económico, sino cultural.
Joaquín Meda, Economista, para Gualeguay21

















