Para comprender esto, primero quiero hacer un poco de memoria.
Cabe recordar que, a partir de la caída del Muro, la izquierda fue desapareciendo como base ideológica, para quedar solo como discurso utópico, al igual que el anarquismo y tantos otros, mientras que todas las propuestas políticas que sobrevivieron adoptaron como base a su enemigo, el tan vilipendiado capitalismo.
Igualmente, esto no pasó en la Argentina, ya que acá las alternativas políticas mayoritarias, el radicalismo y el peronismo, siempre fueron de derecha, y la izquierda se redujo a una minoría que nunca logró seducir porciones importantes del electorado.
Esta minoría, inspirada en el mayo francés del 68, tomó las armas y enfrentó al propio General luego de que los echara despectivamente, dando lugar al más sangriento período democrático de la historia argentina, de 1973 a 1976, y que dio paso al más sangriento aún proceso militar que duró hasta 1983.
Pero, muerto Perón, y terminadas las dictaduras, el oportunismo político usurpó el peronismo para, luego de unos años volcado al neoliberalismo, autoproclamarse de izquierda a bordo de un proyecto nacional y popular de signo progresista, con mucho relato ideológico de inclusión, diversidad, derechos humanos, redistribución de la riqueza, etcétera, etcétera.
Cabe destacar que este proyecto fue de la mano de muchos referentes políticos que habían sido echados del peronismo en aquellos años sangrientos, o, bien, inspirados en aquellos.
Lamentablemente, a pesar del profundo discurso ideológico izquierdista, a lo largo de su gobierno no se lograron avances ni en igualdad de derechos, ni en la distribución de la pobreza, ni en la inclusión, sino que, muy por el contrario, solo se dividió al pueblo argentino en un evidente “divide y reinarás”, mientras que los círculos íntimos del poder se enriquecieron groseramente.
O sea, se trató de una izquierda que se munió de El Capital de Carl Marx para, a escondidas de su pueblo, engordar su propio capital con millones de verdosas imágenes de George Washington.
Esta realidad, finalmente desnudada ante los argentinos, comenzó a marcar el final del oportunismo político en 2015, con la llegada al poder de un gobierno que entiende que la recuperación de un país no pasa por ser de derecha o de izquierda, sino por políticas progresistas y desarrollistas que empoderen a su ciudadanía, que le devuelvan su dignidad, y que recuperen la institucionalidad de la República.
De este modo, quedó demostrado que aquel oportunismo político que encara hoy su decadencia nunca tuvo, ni tiene, ni tendrá, ningún contenido ideológico, sino que se ha basado, a lo largo de su hegemonía, en la inmoralidad y la inescrupulosidad de sus actos, solo orientados hacia el enriquecimiento particular y la perpetuación en el poder.
Vale remarcar que cualquier ideología debe cimentarse con sólidos preceptos morales, así lo prueban el radicalismo y el peronismo, mientras que el oportunismo político que gobernó este país hasta el 2015 se basó en un paradigma amoral donde nada era absoluto, todo era relativo, y había miles de verdades, y, sobre todo eso, edificó la perversión sistemática de la política y, así, de la realidad.
Ahora bien, esta revisión nos sirve para determinar la incidencia de la cuestión ideológica en las elecciones del pasado domingo, donde los argentinos, estafados en su honor y dignidad, rechazaron la inmoralidad del oportunismo y votaron por la moralidad de la República, indiferente a los costos personales que esto signifique, mientras que aquella minoría que insiste en pretender reivindicar al populismo, hoy sigue retrocediendo hacia un inevitable ocaso.
De este manera, la cuestión ideológica, aunque cueste creerlo, fue lo que marcó la pasada elección, en la cual el electorado bendijo la costosa política de la reconstrucción por sobre la inmediatez del comodismo y el facilismo, primando el interés común por sobre el individual.
Norman Robson para Gualeguay21

30 abril, 2026 2:14 am/
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