Cuando quedamos presos de nuestras propias construcciones

Desde nuestros gustos y rechazos por ciertas comidas, ropa, música, deporte, etcétera, con nuestros miedos y nuestras pasiones, hasta nuestra forma de ver y pensar la vida y las relaciones, todas son conclusiones sobre nuestras experiencias. Cada gusto, vicio, pasión y concepto es una conclusión que construimos, inconscientemente, durante el proceso de vivir, según las circunstancias que vamos atravesando, aunque éstas no siempre sean correctas. Sintetizando esto, un viejo dicho dice: “El que se quema con leche ve una vaca y llora”. En este tradicional ejemplo, la conclusión construida es equivocada, pues el origen de su dolor nunca estuvo en la vaca.

El problema surge cuando nos aferramos desmedidamente a esas construcciones, cuando no nos damos cuenta de que son arbitrarias y pueden encerrar errores gruesos, o, peor aún, cuando nos volvemos intolerantes frente a cualquier variante diferente. El conflicto aparece cuando refugiados en falsas convicciones no damos lugar a replanteos, dejamos que nuestras construcciones, tal vez equivocadas, nos condicionen la vida, la rijan, sin permitirnos modificarlas, sea para ratificarlas, o bien para rectificarlas. Esto no quiere decir que todo lo asumido o adoptado esté mal, solo que merece convalidarse, y, de no lograrlo, replantearlo hasta validarlo. 

La historia de la humanidad ha sido dinámica gracias a esa virtud esporádica del hombre. En tiempos de Colón, la tierra estaba concebida como plana apoyada sobre cuatro tortugas en un mar de leche. Si Cristóbal no se hubiese atrevido a replantearse esos preconceptos y prejuicios, desafiando lo establecido, hoy la historia sería otra. Lo mismo con Galileo Galilei, perseguido por la Santísima Inquisición por sus “herejías”. Lo mismo con Gandhi, o Mandela, o Perón, o los mártires de Chicago, los antiapartheid sudafricanos, o Martín Luther King, o los movimientos pro libertad sexual, o los body positive. U Onassis, o Jobs, o Spielberg, o Zuckerberg, o Gates.

Todos y cada uno, a su manera, torcieron la historia con su rebelión, cada uno propició un cambio y dio lugar a una revolución que alteró la evolución de la sociedad humana. A pesar de todos esos antecedentes, el grueso de los individuos aún hoy se aferra a sus supuestas convicciones, y, así, retrasa o impide su propia evolución y la de su colectivo. Tan es así que una revisión de décadas para atrás nos permite comprobar y ponderar los saltos dados en la evolución humana, al igual que la intolerancia a la adaptación a éstos por parte de los individuos, desnudando el grado de resistencia al cambio imperante sin distinción etarea, racial o de género.

Esta permeabilidad del individuo a los cambios, dando lugar a una evolución positiva en el camino correcto, recién podrá comenzar a verse a partir de que la sociedad reconozca íntimamente el costo que debe pagar por resistirse. En ese sentido, la Educación Emocional, el día que se legisle y aplique sin intereses políticos, permitirá a las nuevas generaciones aprender a manejar ellos mismos sus propias emociones, y no que éstas los manejen a ellos, para, así, ir zanjando diferencias en favor de una sana, pacífica y productiva convivencia.

Norman Robson para Gualeguay21

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