Nada más analógico con lo que ocurre actualmente en nuestro Honorable Concejo Deliberante.
Una vaca, de naturaleza torpe, hosca, sin grandes dotes cerebrales, se desboca ante la realidad de saberse vaca y sin visión, y arrasa, voltea, destruye cualquier cosa erigida en su entorno.
Nada más gráfico, nada más real.
El bloque oficialista, un bloque magno de responsabilidades por su sola mayoría, se lleva puesto hasta las mismas instituciones al saberse sin la visión ni el intelecto que requieren las circunstancias.
Tal cual.
La hembra vacuna bellaquea en una desenfrenada locura alimentada por su propia ceguera y potenciada por el susto ante los mismos estragos que produce a su paso, mientras que la bancada oficialista, inmersa en su soberbia aún triunfalista, reacciona a su impotencia y su incompetencia con un exacerbado temor que se traduce en movimientos hoscos y desesperados que destrozan cualquier construcción política que pudiere existir en su entorno.
Lamentablemente cierto.
Tan cierto como que la vaca, en sus frenéticas contorciones, se autoinflige heridas que terminan provocándole la muerte.
Tan cierto como que al oficialismo, irremediablemente, se le deshojan los secos laureles electorales y, cegado, pero encaprichado en un orgullo incomprensible, arremete contra todo, sin darse cuenta que lacera mortalmente cualquier futuro que pudiera tener.
La arrogancia, la liviandad, el desprecio, la irresponsabilidad, la altanería, la necedad, la incompetencia, y la falta de respeto componen el sello oficialista en todos sus actos, actos que se caracterizan por el vacío formativo ideológico, el bajo nivel intelectual y la carencia de visión estratégica de esta gestión.
Actos que, indefectiblemente, terminan siempre resumidos en violentos atentados institucionales, como lo son el abuso de poder, el negarse al debate, el desprecio a las entidades intermedias, o el abandono arbitrario del recinto.
Norman Robson para Gualeguay21
















