Hace hoy medio siglo, yo vivía en Buenos Aires y tenía 14 años. Ya iba solo al colegio. Tomaba el 67, o íbamos hasta Retiro y tomábamos el tren hasta Belgrano. Cursaba segundo año. Fue entonces que supe que los militares habían asumido el gobierno. Me lo explicó mi padre, en la cena. Después aparecieron soldados por acá, tanques por allá. Estado de sitio. “¿Qué es eso?”, pregunté. “Los soldados pueden detener personas sin orden judicial, no se puede salir de noche, y no podés hacer reuniones”, me dijo el viejo.
“¿Y porqué?”, pregunté. “Era hora”, celebró, y me dijo: “Esto era un quilombo, un verdadero reguero de sangre, y estaban muriendo muchos inocentes”. Hice silencio para que siguiera. “En los últimos años estábamos en medio de una guerra entre el gobierno y los terroristas, con bombas por aquí, tiroteos por allá, secuestros día por medio”, explicó, y cerró: “Se veía venir”.
La vida siguió igual. Seguía yendo al colegio, al club, a lo de mi abuela, etcétera. Todo parecía más tranquilo que antes. Tal vez por eso, cada noche, el viejo ponía Radio Colonia para saber qué pasaba de verdad, pues los medios estaban todos calladitos. Y, cada tanto, un bombazo acá, acribillados por allá, una razia a la vuelta. “¿Qué es eso?”, le pregunté al viejo, y me dijo que eran redadas policiales o militares sorpresivas. Pero nunca sabías porqué habían sido.
Al poco tiempo, cuando comencé a salir de noche, las experimenté, pero nunca me pasó nada. Hasta vi como se veía un muerto a tiros, con la sangre acumulándose contra el cordón. Ni hablar en Rosario, a donde íbamos seguido. Casi sin querer, me di cuenta de que, a pesar del golpe, la guerra seguía, solo un poco más organizada, y cruenta. Y yo la vivía de cerca, en la calle.
Así pasaba el tiempo y a la gente se la veía más contenta y tranquila: había más orden y seguridad, la economía de Martínez de Hoz abrió la importación y se compraba todo barato, no había paros, ni nadie se quejaba, nos organizaron un Mundial, que encima ganamos, y le hicimos la guerra a los ingleses, que perdimos. Pero Radio Colonia nos contaba otra cosa, o una parte distinta, y no se sabía qué creer.
En ese contexto, me recibí y empecé la facultad, y me había puesto de novio, primero con una chica en San Isidro y después con otra en Temperley. En esos viajes sí que vi cosas, pero ya estaban naturalizadas. “Está bien”, “por algo será”, “algo habrá hecho”, escuchaba decir. Finalmente, después de 7 años, habilitaron las campañas para la presidencia. Ya tenía 22 años. Vi a Herminio quemar el ataúd y elegí a Alfonsín.
Esa fue mi experiencia, por la cual, después, cuando salieron a vender relatos convenientes para uno y otro lado, no los pude comprar. Así me criticaron por creer en “los dos demonios”. Yo, del 73 al 83, en toda una década, viví una guerra: la guerrilla de izquierda contra el Estado organizado, primero, en las manos de un gobierno democrático impotente con la Triple A, y, luego, en las de las Fuerzas Armadas, con su terrorismo de Estado. Sin buenos, ni malos, ni ideología que valga, solo interesados en el poder por el poder en sí mismo. Y sus cajas, claro.
Con el tiempo, me pidieron memoria, y yo la tengo porque me acuerdo de todo aquello. Me pidieron la verdad, y yo la tengo porque allí estuve, de primera mano. Y me pidieron justicia y, desde entonces, solo he visto pura injusticia, y un pueblo injustamente dividido que venía siendo reinado por los mismos, o sus herederos. Un pueblo que, después de 50 años, todavía sigue discutiendo si fueron 10 o 30 mil los desaparecidos, repitiendo como loros un relato del que no tienen la menor idea, simplemente porque no lo vivieron.
Que Dios nos perdone.
Norman Robson para Gualeguay21


















