Ellas se levantan a las cinco menos cuarto, y en veinte minutos están en Cinco Esquinas haciendo dedo, con la esperanza de que rápido las levante alguien. Pero no. Rápidamente son cuatro o cinco grupos, compartiendo el mismo frío y el mismo destino. Mientras pasa el tiempo, bajan la guardia, o se les cae, y las asaltan los cuestionamientos: Para qué, con qué sentido, tantos años, tanto esfuerzo, tanto sacrificio. Hasta se preguntan qué pasaría si la gente no las llevara. Son los fantasmas del cansancio.
Para contrarrestar la desazón, se permiten soñar. Todas sueñan lo mismo: Tener, algún día, un auto, o que les den para los gastos, o tener un salario digno. Entonces las asalta la desilusión, la decepción, y la espera se vuelve insoportable. Pero siguen. Se preguntan por qué no se quedan en el pueblo, y recuerdan que lo hacen para tener un mejor salario, y una mejor jubilación. Quieren ser viejas para jubilarse, se sienten viejas para hacer dedo. Son viejas para tanto sacrificio.
Nadie aparece para llevarlas, y se preguntan quien va a querer ser docente en esas condiciones. Entonces se enojan, las asalta la bronca, la rabia. Pero las sorprende un auto que se detiene, un conocido, como siempre. Justo a tiempo, antes de que se desmoronen. Son las seis cuarenta. Charlan, comparten historias, y llegan con lo justo a la lancha de las siete cuarenta y cinco. En un rato estarán izando la bandera.
La vuelta a casa después de la agotadora jornada es igual, pero sin compromisos. Atardece y están llegando a sus hogares. A los apuros, son madres, son esposas, son amantes, cocinan, hacen el amor, duermen un rato, y, a las cinco menos cuarto, otra vez están haciendo dedo.
Y lo hacen día tras día, semana tras semana, año tras año, por años. Son ejemplo de pasión, vocación, compromiso y amor, son apóstoles del conocimiento llevando el saber a cada rincón, sea donde sea que esté ese rincón. Honor a ellas.
Norman Robson para Gualeguay21


















