El aviso de la casa fúnebre pasa como uno más, pero al recorrer el detalle un escalofrío asalta al cuerpo. La precocidad de la partida, por si sola, invita al desconsuelo y dispara los porqués de siempre. “¿Y Dios que estaba haciendo que no detuvo semejante injusticia?”, se preguntan todos. Sin dudas, es una injusticia, pues no existen respuestas a esos porqués cuando quien se fue apenas comenzaba a vivir. “La maldita muerte”, culpan algunos, pero tampoco consuela culpar a la simple consecuencia de la vida. Entonces, inevitablemente, más antes o más después, uno se pregunta qué fue lo que pasó.
Entonces, al escozor se suma el horror. Podría haber sido una enfermedad natural, o podría haber sido un accidente, o hasta podría haber sido un homicidio, pero no: Fue por decisión propia. No es que haya mejores o peores formas de morir, pero, de esa manera, se invalidan nuestros cómodos culpables. Ya no es un Dios distraído, ya no es la maldita muerte, ni, tampoco, es el inocente que se cansó tan temprano. Menos lo es su entorno íntimo. Las razones, querramos o no verlas, están de nuestro lado, como sociedad, como comunidad, como Estado.
Solo pensar en cuánto agobio y cuánta soledad ha de haber sufrido para tomar esa decisión, cuánta desesperante impotencia sin salida, ardd adentro, duele, a la vez que nos interpela como raza humana. Ni las cucarachas son tan indolentes. Pero lo peor es que este no es el primero. No. Ya son muchas las víctimas de este flagelo, y cada día es más común.
Hoy, y desde hace rato, los flagelos que asolan a la infancia y a la adolescencia son bien conocidos, tan conocidos como que el defenderse de ellos es imposible, tanto para las víctimas como para sus familias. Solo el Estado puede tener la capacidad y las herramientas para hacerlo, pero se aprovecha de la incertidumbre y el desconocimiento de la gente para seguir concentrados en el cómodo facilismo del discurso y las fotos.
Si elegimos la indiferencia, la indolencia, y permitimos estos trágicos desenlaces frente a nuestras propias narices sin reaccionar, somos sus cómplices, no somos sus víctimas. Si no nos sublevamos contra esta realidad, no somos distintos a ellos, creo que somos peores. Si dejamos que esto se naturalize, no tendremos perdón.
Es nuestro deber civil exigirle al Estado, de las formas que se pueda, que incluya en su agenda soluciones concretas a los flagelos que diezman nuestras infancias y adolescencias, los que atentan contra sus derechos, y que comprometen nuestro futuro.
Reaccionemos antes de que sea tarde.
Norman Robson para Gualeguay21


















