posibilidad radica en inculcar en ellos el agradecimiento. Jamás deberíamos sentarnos a una mesa y tomar sin agradecer. Nuestros hijos, los que tienen la bendición en lo privado de no estar privados, deberían recitar una bendición cada vez que abren la heladera. Nuestra misión es hacerles entender que allí hay esfuerzo y trabajo, y que jamás deberían banalizar o soslayar esa abundancia. Se trata de un recurso didáctico y espiritual que solo pueden encarar los padres.
En otro sentido, y aunque parezca casi un lugar común, tratemos de que nuestros niños digan esas palabras mágicas que a veces tanto trabajo les cuestan. Gracias y por favordeberían ser parte de un vocabulario cotidiano. O, por ejemplo, insistamos con vehemencia en la importancia del saludo. (…)
Ser padres plenos, me parece, es entonces ejercer, desde la ejemplaridad, esa educación en valores. Y esto no se puede tercerizar. Por más activo que sea un Estado, o por más sofisticada que sea la escuela, la responsabilidad formativa protagónica está en los padres. Jamás deleguemos ni mucho menos renunciemos a esta tarea. Huelga decir que con un aporte material no es suficiente. Los padres deben tener esa disposición amorosa y espiritual para edificar el ser de sus hijos. Hace falta una presencia ordenadora de lo espiritual. Y no se trata de cantidad de horas invertidas, sino de la calidad de ese tiempo.
Y este trabajo es, en última instancia, si se quiere, por nosotros, no por nuestros hijos. Abonar su humanidad potencia y desarrolla la nuestra. Porque generamos un recurso activo que beneficia al conjunto de la sociedad. Es como un sistema de riego progresivo por goteo. Esas pequeñas intervenciones, repartidas en el tiempo, fortalecen más a una planta que un balde de agua vertido de una sola vez. (…)
Nunca olvidemos, por último, que las normas son imprescindibles. No necesariamente las religiosas, o las dogmáticas, que fueron las que signaron durante siglos la educación de la humanidad. Pero sí las normas de la vida. Los límites. Quitemos a D-s del medio, si hace falta. (…) Elijamos las normas que nos parezcan pertinentes, y sostengámoslas a rajatabla, sin temor a errar. Después de todo, es preferible equivocarse como padre sosteniendo una norma que fracasar por no aplicar ninguna.
Muchos padres dicen: Quiero que mi hijo sea libre, por eso no le voy a ningún límite… Eso es, creo, un error de proporciones épicas. Solo se es libre gracias a las normas. Sin ellas, nuestros hijos solo serán esclavos. De sus impulsos, de la moda, del qué dirán… ¿Ansiamos que sean libres? Atémoslos a la norma. Ellos solo se van a liberar cuando las incorporen. Nuestro rol de padres es sujetarlos para vivir en la ley para vivir en ella. La vocación de padres no solo es traerlos sino fundamentalmente sostenerlos, para que no sean solo nuestros hijos sino también de los valores que los hacen profundamente humanos.
En amistad y bendición.
Rab. Sergio Bergman
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