Es decir, nuestros vínculos con afectos, con colegas de trabajo, con amigos, en definitiva, no van a ser más que prolongaciones de esa matriz que aprendemos a pactar y a sostener bajo la ley de nuestro núcleo familiar y de cara a nuestros hermanos. Ellos son ese primer eslabón familiar al que le otorgamos una entidad de simetría.
Sin embargo, y vaya paradoja, los primeros hermanos sobre este planeta, según la narración bíblica, hicieron algo ligeramente distinto: se mataron. D-s, ante la desaparición de Abel, se presenta ante Caín y le pregunta: ¿Y dónde está tu hermano? Y Caín le responde: No sé. ¿Es que acaso soy el guardián de mi hermano?
Ése es, creo, uno de los interrogantes existenciales centrales. Y debería interpelarnos hoy con respecto a nuestras acciones cotidianas. ¿Somos guardianes de nuestros hermanos? Desplegar una verdadera humanidad, me parece, es no esperar esa pregunta. No ya tan solo no matar, que es casi una obviedad. Es decir, anticipemos ese interrogante. Seamos, activamente, guardianes de nuestros hermanos. No sólo de nuestros hermanos de origen. De todos. De nuestros vecinos, de nuestros prójimos, de nuestros conciudadanos. Preocupémonos por ellos y ocupémonos de ellos. Démosle al otro entidad en coexistencia, y no sólo de convivencia. Los miembros del reino animal conviven. Los seres humanos civilizados debemos coexistir.
Por otra parte, casi no existe un estado moderno en el mundo que no tome el vínculo entre hermanos como uno de los pilares de su constitución. Sin embargo, y a pesar de que estamos todo el tiempo discutiendo acerca de la libertad y de la igualdad, me parece que le prestamos bastante poca atención a la fraternidad. Y no hay sociedad que se sostenga sin ese cimiento fraternal. Los argentinos, sin ir más lejos, lo padecemos a diario. Si fuéramos más hermanos en nuestras diferencias, podríamos aspirar a más libertad y a más igualdad. Abandonemos de una vez y para siempre la idea de que el otro es u obstáculo al que hay que pasar por encima. El otro es esencialmente un hermano.
¿Qué pasaría en un hogar si cada hermano pensara únicamente en su interés personal, sin atender el bien de la unidad? Pues no habría armonía, ni desarrollo, ni posibilidad de futuro. Lo mismo, exactamente, sucede en una comunidad, en una sociedad, en un país. Hay que recuperar ese vínculo fraternal. Eliminar la demagogia retórica y pasar a la acción. En una Argentina rica en recursos no puede haber hermanos y hermanas que mueren de hambre. Somos un país abundante en recursos, pero pobre en su amor fraternal. No podemos reeditar, todo el tiempo, el relato de Caín y Abel. Debemos responder activamente por esos hermanos.
Fragmento del libro Ser humanos.
Sergio Bergman

















